![]() |
|
| Nº 706 - 4 de septiembre de 2006 |
por Joaquín Leguina
La Constitución Española de 1978 otorga a los partidos un papel central en el sistema político. Concretamente, en su artículo 6 dice lo siguiente: "Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y su funcionamiento deberán ser democráticos". A cambio de tan completas competencias en la esfera pública, la Constitución Española impone a los partidos la democracia interna en sus estructuras y funcionamiento. Ante una declaración genérica, como ésta de la Constitución española, era de esperar que una ley concretara esas obligaciones democráticas, pero la Ley de Partidos, varias veces modificada, sigue sin decir absolutamente nada acerca de la estructura y el fun cionamiento de éstos. Así las cosasen la práctica, los partidos políticos españoles se han convertido en estructuras burocráticas cuyo funcionamiento contradice de forma indubitable la democracia, cualquiera que sea la interpretación que se le quiera dar a esta palabra. La puesta en escena ha sustituido al debate y la cooptación a la elección. Y todo ello en beneficio de un liderazgo fuerte y la consiguiente unidad interna. En efecto, se ha ido construyendo una "imagen positiva" en torno a la bondad del liderazgo fuerte y otra negativa que confunde, interesadamente, el debate, es decir, la confrontación de ideas, con la desunión. Y, ya se sabe, un partido desunido no puede aspirar a ganar elecciones (al menos eso dicen los periódicos). Los medios han jugado en esta construcción imaginaria un papeltan decisivo como perjudicial. Los líderes, convencidos de su misión histórica y engañados por las apariencias, han respondido con entusiasmo a las exigencias mediáticas de ser fuertes. No les ha temblado la mano a la hora de poner firmes a sus huestes, colocando fuera de juego, no sólo a los discrepantes, también a los tibios. La selección de los responsables políticos hace tiempo que dejó de tener en cuenta el mérito y la capacidad para atenerse, tan sólo, a la confianza. La confianza del líder, claro está. A este proceso, intelectualmente plano y orgánicamente burocrático, han colaborado decisivamente dos hechos: a) La reducción del espacio político, es decir, el consenso sobre cuestiones básicas en el campo socioeconómico –al fin y al cabo, ¿qué se puede debatir cuando casi todo está predeterminado?–, y b) El sistema electoral español –listas cerradas y bloqueadas– ,que pone en manos de los aparatos partidarios la confección de listas y con ello el futuro político-institucional de los afiliados. Las elecciones internas han sido sustituidas con absoluto descaro por la pura cooptación y con ella se ha convertido en moneda común la presencia en cargos ejecutivos (gobiernos) o de representación (diputados, senadores, concejales...) de personas, en verdad, extravagantes, de las cuales es difícil imaginar que hubieran llegado a posiciones relevantes en cualquier otro oficio de la vida civil. En el campo de la toma de decisiones, por transcendentes que éstas sean, el debate y la posterior votación han quedado muy disminuidos, cuando no eliminados, en la práctica política. Dos ejemplos significativos pueden ilustrar lo que acabo de decir: la decisión de entrar en la guerra de Iraq (2003) y el proceso territorial puesto en marcha por el PSOE (2005). El presidente del Gobierno español José María Aznar tomó la decisión de entrar en Iraq sin consultar a su partido ni a su Gobierno y, por supuesto, sin previo debate parlamentario. Una decisión soberana que resultó perversa para los intereses del PP, tal como se demostró en las elecciones del 14 de marzo de 2004, pero que respondía a un cambio estratégico en la política exterior española. Esa decisión estratégica la había tomado Aznar mucho antes y por el mismo procedimiento de Juan Palomo ("Yo me lo guiso y yo me lo como"). Lo mismo puede decirse del melón abierto por Rodríguez Zapatero, bajo el ocurrente impulso de Pasqual Maragall acerca de la redacción ex novo de los Estatutos de Autonomía. Ni una sola discusión interna, que pueda llamarse tal, se ha realizado en el PSOE a propósito de tan relevante decisión. En estas condiciones medioambientales cabe preguntarse, entre otras cosas, qué papel se les reserva a los afiliados. La respuesta es sencilla y cinematográfica (a lo Cecil B. de Mille). En efecto, toda gran representación teatral precisa de un buen número de figurantes. Los afiliados, antes militantes, se han convertido en eso, en el atrezzo de una representación cuyo texto no han escrito ellos. Pero juegan también otro papel de mayor enjundia: el de cubrir los puestos en las listas a las cuales se accede por fidelidad y no por cualesquiera otros méritos. Veinticinco años después de aprobarse la Constitución Española, como es natural, una nueva generación de políticos ha pasado al primer plano. Un grupo humano a quien bien podemos llamar la generación de la imagen. Muchos de los políticos de mayor relevancia en España son hoy hombres y mujeres (más los primeros que las segundas) cuya vida profesionalmente activa se reduce a su trabajo dentro del partido, bien como burócratas, bien como representantes en las más variadas instituciones. Mientras que la anterior generación, la de la transición democrática, provenía de los más diversos ámbitos profesionales, compatibilizados en muchos casos con el activismo político antifranquista y clandestino, la generación de la imagen se profesionalizó dentro de la política desde edades muy tempranas. Independientemente de la valía de estas personas, sus currícula señalan un hecho: el de la endogamia. Pero dejemos asunto tan espeso, que daría ocasión a varias tesis doctorales, y volvamos, para concluir, a la sociedad y, más precisamente, a dos elementos claves para cualquier toma de decisiones, a saber: la información y la intercomunicación. No son problemas fáciles de resolver, en primer lugar porque la cantidad trabaja aquí contra la calidad. La acumulación de información, el bombardeo comunicacional, obturan los sentidos y requieren de la selección para ser entendidos y esa selección es ardua. Mas la solución de los grandes problemas suele encontrar su mejor camino en lo abarcable. Si McLuhan tuviera razón y estuviéramos ya en la "aldea global" la mitad del trayecto estaría recorrido. Desgraciadamente aún no hemos construido esa aldea, más bien nos encontramos en la turbamulta de lo incomprensible. Un lugar donde los árboles no dejan ver el bosque, sitio ideal para el rebrote de todo tipo de fundamentalismo identitario. |
| Hemeroteca | Lista La trinchera de papel |
