Nº 705 - 24 de julio de 2006
 
Hemeroteca Esta semana

De la última frontera de Occidente, Zarzalejos

No seré yo, líbreme Dios, quien me dirija al director del diario ABC llamándole Carcalejos, como hace Federico Jiménez Losantos desde hace algunos meses. No me gusta ni el insulto ni el improperio. Pero, leyendo a José Antonio Zarzalejos en la tercera del domingo 16 de julio del año en curso, el vocablo carca, simplemente carca, sí que le cuadraría. Su defensa de Israel, “la última frontera”, según él, es bochornosa. O, al menos, me lo pareció a mí. Los esfuerzos de Zarzalejos por centrar ABC son encomiables, aunque estériles. Apenas se nota tal empeño en el día a día del periódico. Es cierto que han desaparecido determinadas firmas ultramontanas, pero otras parecidas continúan apareciendo en el rotativo. Salvo Darío Valcárcel, verdadero exponente de la derecha civilizada o centrista, díganme, por favor, qué otros periodistas o escritores de carácter moderado pueden leerse en las páginas de opinión de ABC.

Jiménez Losantos lo ataca por la extrema derecha, territorio sobre el cual el astro de la COPE cabalga gozoso. Este litigio tiene varias claves, entre las que no se ha de excluir el significativo capítulo de los intereses empresariales y económicos de unos y de otros. Zarzalejos no es Jiménez Losantos, desde luego; esto es una evidencia. Sin embargo, el director del periódico propiedad de Vocento en Madrid no oculta su tendencia conservadora implacable. El comentario suyo antes aludido certifica cuanto digo.

De entrada, el autor narraba un episodio protagonizado recientemente por él: “Era un judío español, septuagenario, enjuto y enérgico. Se puso en pie, y levantando la mano, pidió la palabra. Y dijo: “Dense cuenta de una circunstancia esencial todos los occidentales: Israel es la última frontera de su civilización; si cae el Estado de Israel, se vendría abajo el bastión que protege nuestro modo de vida, nuestros valores y nuestra democracia”. Asentí sin dudar ni un segundo después de haber hecho una exposición sobre la repugnante judeofobia que se percibe en España. Lo hice sólo hace unos meses ante un buen número de judíos españoles reunidos en las instalaciones que la comunidad tiene en Madrid (…)”

Firmes convicciones ciertamente las de Zarzalejos. No dudó un segundo, precisa, al escuchar a este septuagenario judío español advirtiendo de los riesgos que todos correríamos si sucumbiera el Estado de Israel. Tiene las cosas claras el director de ABC y parece que no se ha interrogado nunca a sí mismo acerca de las razones de esa judeofobia que, afirma, se percibe en España. Supongo que su clarividencia innegable no le llevará a pensar que el rechazo al Estado de Israel, que no judeofobia, no responde ni a confabulaciones, ni conspiraciones, ni conjuras, ni atavismos remotos. Los judíos fueron expulsados, quiero recordar, de nuestro país por los Reyes Católicos, promotores de la sacrosanta unidad de España, que tanto enardece a Zarzalejos. ¿Fue así o no fue así, señor director de ABC? También me permito señalarle que la frase aquella de la “conspiración judeomasónica contra la católica España”, para defender la legitimidad del 18 de julio, tuvo la marca indeleble del “Caudillo” y fue reiterada a lo largo de cerca de cuarenta años.

Si descartamos la memoria genética de un tiempo ya muy lejano, aludo a Isabel y Fernando, el espíritu impera, moriremos besando la sagrada bandera, yo creo modestamente que la antipatía de millones de españoles hacia Israel se sustenta única y exclusivamente en su sistemático atropello a los palestinos que, por lo demás, habitaban los territorios mucho antes de donde se levantó el Estado citado, una artificialidad sin base sólida alguna, aparte de la histórica; derechos históricos, a pesar de que el holocausto, que existió, claro que existió, produjo entre los hombres y las mujeres de bien de todo el planeta  una corriente de solidaridad y de simpatía hacia los judíos perseguidos, torturados y asesinados cruelmente por Adolf  Hitler. De Hitler han pasado poco más de cincuenta años. De la persecución de los palestinos, de la reinvasión de Gaza y de las canalladas contra el Líbano han transcurrido horas, semanas, meses y años. Hace mucho de todo esto y en la actualidad continúa la misma vulneración de los principios democráticos y de los derechos humanos más elementales.

Yo no creo en la guerra de las civilizaciones, como apuntaba su amigo judío, que ha cumplido, al parecer, setenta años (yo hace 23 años, por cierto, que los cumplí). No hay una civilización superior a otras civilizaciones. El problema es otro. En nombre de la defensa de la civilización digamos nuestra, la cristiano-occidental no se puede admitir la lógica del “ojo por ojo y diente por diente” del Antiguo Testamento. En el Testamento Nuevo, en el de Cristo, se predica exactamente lo contrario. Cristo lo predicó hasta dejarse matar por los judíos de su tiempo y los romanos colonizadores. Dígame usted, Sr. Zarzalejos, si me equivoco o no.

Zarzalejos despacha la masacre que lleva a cabo el Gobierno de Tel-Avuv de este modo: “El ataque del Ejército israelí al sur del Líbano y a la capital del llamado país del cedro es un episodio bélico de autodefensa que trata de acabar con la impunidad de Hizbolá, un grupo chií que practica el terrorismo contra Israel con el amparo del régimen sirio de Al-Assad, ante la impotencia del propio Estado libanés colonizado políticamente por Damasco (…)” A brutales bombardeos contra la población civil los califica Zarzalejos de “episodio bélico de autodefensa”. ¿Esta es la ética de la civilización que tanto entusiasmo despierta en usted?  Si Israel es la última frontera de Occidente no debería comportarse, en buena lógica, como la avanzadilla del terrorismo de Estado.

Hace unas semanas, Zarzalejos nos recordaba su fervorosa misa privada a la que el asistió y que fue oficiada por Juan Pablo II. Este Papa fue muy conservador en determinados aspectos morales y teológicos. Pero lanzó furibundas condenas contra los Gobiernos que montaron la invasión de Iraq. ¿Qué diría ahora, si siguiera vivo, el anterior Pontífice? Intuyo que no hablaría de la última frontera de Occidente para referirse al Estado de Israel y sí de la frontera que, en demasiadas ocasiones, se sitúa a las puertas del infierno.

Luis G. del Cañuelo

Hemeroteca Esta semana