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| Nº705 - 24 de julio de 2006 |
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El Perú, salvado
por Miguel Ángel Aguilar Últimos viajeros llegados de Lima explican el verdadero sentido de la elección ganada por Alán García para la presidencia de la República y confirman que, en último extremo, el Perú se ha salvado. De manera que mientras sigue pendiente la pregunta de Conversaciones en la Catedral de "¡cuándo se jodió el Perú, Zabalita?", tal vez ahora podamos empezar a establecer cuándo se salvó. Me explica en carta clarividente mi amigo limeño Hugo Neira que Humala bien podía considerarse un nazi local andino. Se trata, me dice, de un ex militar de baja graduación, ambicioso, con voluntad de poder. Humala viajaba al frente de una extraña combinación formada por un movimiento de clases descompuestas, de lumpen proletariado, de gente a la vez colérica y anómica con implantación en el sur del país, la zona más arcaica, precapitalista y ajena a toda modernidad. Parecía montado en la ola victoriosa que ha ido ganando terreno en América Latina. De ahí que a su carro, de pronóstico triunfante, se subieran presurosos algunos intelectuales de izquierda, siempre disponibles para el aventurerismo que pasa factura a los demás. Tenía además a su favor Humala el respaldo decidido del presidente de Venezuela, Hugo Chaves, quien irrumpió en la campaña presidencial peruana sin atender a los mas elementales principios de no injerencia en asuntos de un país vecino. Hugo Neira piensa, como allí se dice, que Dios debe ser peruano porque al negarle a Humala las condiciones mínimas como orador le ha restado las posibilidades electorales que al inicio se le concedían sin discusión. Subraya mi amigo que el Perú tiene la inconfortable costumbrede elegir en las urnas a sus dictadores, como él tiene explicado en su libro El mal peruano dentro del capítulo titulado "La servidumbre voluntaria". Al final de su carta me comunica el gran alivio con el que la opinión del país ha recibido los resultados electorales. Aquí ha predominado la idea de que los peruanos estaban abocados a elegir entre dos imposibles y que al final han optado por el aparente mal menor. Pero Neira estima que estamos ante un Alán García maduro, muy distinto del juvenil presidente que gobernó pésimamente. Parece que se propone abrir líneas de trabajo con las derechas clásicas y con los propios nacionalistas de Humala. Se diría que Alán comparece impregnado del talante de concordia de la Transición, el que dominaba bajo el mejor Adolfo Suárez. Algo sin precedentes en un país inmerso en un clima de interminable guerra civil. Habría que recordar aquella exhortación de Ortega y Gasset –"¡Españoles, a las cosas!"– y pedirles a los peruanos que se aplicaran el mismo cuento al regresar de los horrores de Albero Fujimori y de las ensoñaciones indigenistas traicionadas por Alejandro Toledo. Porque al final del recuento la victoria se ha inclinado del lado más moderno del país –la costa norte, la costa sur, el centro andino y, sobre todo, la enorme Lima–. Mi amigo Neira describe bien el ambiente de pobreza en ebullición pero con acelerados cambios económicos y sociales, donde las gentes chambean como locos, al menos la primera y segunda generación de los que llegan a la ciudad, y ahorran como puritanos de la Alemania de Max Weber. Habría, pues, que adelantarse a brindar inteligente cooperación con ese nuevo Alán García que asoma. |
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