Hemeroteca Esta semana
Nº 703 - 10 de julio de 2006

Ministros, presidentes autonómicos, parlamentarios y altos cargos de la Administración comparten el oficio de la escritura

Políticos novelistas
 

Todos ellos han pasado por los altos cargos de la Administración. Algunos han sido ministros, otros, secretarios de Estado, presidentes autonómicos, diputados... y representan distintas siglas. Pero a pesar de las diferencias políticas o generacionales tienen algo en común: son autores de novelas y libros de poesía. De amor, de desamor, de misterio, thrillers, de aventuras, costumbristas, históricas, de espionaje, de viajes... Los políticos españoles se han atrevido a tocar casi todos los palos. Unos con gran fortuna, llegando incluso a recibir importantes premios literarios, y otros con menos suerte editorial, desistiendo de tan noble oficio.
En todo caso hay que reconocer que, además de vocación y voluntad, a algunos no les ha faltado talento.

Por V. M.

La actividad política puede resultar agotadora y absorbente. Tanto, que parece mentira que a algunos les quede tiempo y ganas de dedicarse a otro oficio que no sea el de tramitar leyes, preparar debates parlamentarios, asistir a los plenos o gestionar los recursos públicos. Sin embargo, existe un puñado de políticos capaces de sacrificar horas de sueño y de descanso para dar rienda suelta al noble arte de la escritura. Muchos de ellos, la mayoría, escriben sobre lo que mejor conocen. Santiago Carrillo, Alfonso Guerra y últimamente José María Aznar se cuelan en la lista de los más vendidos en el apartado de no ficción. El argumento de sus obras: sus experiencias en el partido o en el Gobierno o el análisis pormenorizado de la situación política en España. Pero existe un reducido grupo de altos cargos que han hecho sus pinitos en la literatura. Y los hay incluso que han merecido el reconocimiento de la crítica y de los lectores, hasta el punto de compaginar la política con la publicación de novelas, ensayos y poesía.

Algunos de ellos fueron escritores antes de iniciarse en la política. El más insigne representante de estos autores es Manuel Azaña, un intelectual metido a político que acabó siendo presidente de la Segunda República. Sus obras fueron numerosas y hoy en día su producción merece un reconocimiento notable –el ex presidente Aznar es, curiosamente, uno de los mayores defensores de su obra–. Además de sus Memorias, Azaña publicó los títulos El jardín de los frailes (1926), memorias de su adolescencia con los agustinos de El Escorial; Plumas y palabras (1930); La invención del Quijote y otros ensayos (1934); o La velada de Benicarló (1937). El presidente de la República fue incluso Premio Nacional de Literatura con Vida de don Juan Valera (1926).

Hoy en día también se dan casos de escritores que se animan a probar suerte en algún partido y cargo público, aunque de alguna forma siempre han estado vinculados a este mundo. Se podría mencionar a Luis Alberto de Cuenca, José María Mendiluce y José Antonio Labordeta.

El primero, antes que secretario de Estado de Cultura, ha sido poeta. El madrileño publicó su primer libro de poemas en 1972 titulado Elsinore; al que siguieron Scholia (1978); La caja de plata (1985) y El otro sueño (1987). Al año siguiente publicó el libro de ensayos El héroe y sus máscaras, en el que el tema es el héroe en el sentido clásico de la palabra, el hombre que se erige como inmortal sin dejar de ser mortal: es decir, que vence al tiempo con medios humanos. En 1994 fue finalista del Premio Nacional de Poesía. También ese año participó como adaptador de la obra de Cervantes La gran sultana, cuya puesta en escena dirigió Adolfo Marsillach. Posteriormente publicó Bazar (1995), una recopilación de sus estudios literarios; o la antología De amor y de amargura (2004), que recoge lo mejor de su poesía amorosa. Entre sus premios literarios destaca el Premio Nacional de la Crítica 1985 por La Caja de Plata. Una de las facetas menos conocidas de Luis Alberto de Cuenca se remonta a principios de los años 80 cuando, junto con Eduardo Haro Ibars, colaboró en las letras de las mas conocidas canciones de Javier Gurruchaga para la Orquesta Mondragón, como Viaje con nosotros o Caperucita feroz.

José María Mendiluce ha sido representante del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), eurodiputado del grupo socialista en el Parlamento Europeo y candidato de la Federación Los Verdes-Izquierda Verde a la alcaldía de Madrid en 2003. Durante este tiempo, su faceta literaria siempre le ha acompañado. Entre sus obras figuran títulos como El amor armado (1996); Con rabia y esperanza (1997); Tiempo de rebeldes (1998); o Luanda, 1936 (2001). Con Pura vida fue finalista del Premio Planeta en 1998. Presentada bajo el nombre de Ariadna y con el seudónimo de Julián Santamaría, la protagonista de la novela es una joven catalana que trabaja para una organización internacional y es destinada a Centroamérica, donde conocerá a un hombre que cambiará el curso de su vida.

El zaragozano José Antonio Labordeta es un rara avis en el Congreso, donde en alguna otra ocasión ha sido objeto de comentarios malintencionados sobre su profesión artística. Aunque lo cierto es que el diputado de la Chunta Aragonesista comenzó siendo militante del Partido Socialista de Aragón y se ha presentado en varias ocasiones como candidato de algún partido de izquierda, pero no logró escaño hasta las elecciones generales de 2000. Labordeta ha hecho casi de todo; sus canciones son las que le han dado más fama –en 1993 fue candidato al premio Príncipe de Asturias de las Artes, dentro de la candidatura colectiva de cantautores de la transición–, y también la serie de televisión sobre la España rural Un país en la mochila, pero también es escritor y poeta. Su primer libro de poemas es Sucede el Pensamiento (1959), y en 2003 publicó la antología poética Dulce sabor de días agrestes. Entre sus novelas destacan Unamuno: diario poético (1965); Las Sonatas (1965); Cantar y callar (1971); Treinta y cinco veces uno (1972); Tribulatorio (1973); Aragón en la mochila (1983); Diario de náufrago (1988); Mitologías de mamá (1992) o Tierra sin mar (1995).

A pesar de estos casos de intelectuales metidos a políticos, por regla general son estos últimos los que dan el salto a la literatura. Y los casos se repiten en prácticamente todos los niveles de la Administración. Existe una nutrida representación de ministros que, durante su etapa en la Administración o tras abandonar el cargo, han probado suerte con la escritura.

El asturiano Fernando Morán, que ha sido ministro de Asuntos Exteriores con Felipe González, embajador y concejal en el Ayuntamiento de Madrid, atesora una variada bibliografía. Autor de novelas y ensayos, entre sus obras destacan También se muere en el mar (1958); El profeta (1961); La destrucción del lenguaje y otros ensayos (1982) o el libro de cuentos El días que..., (1997).

El pontevedrés Abel Caballero, ex ministro socialista de Transportes, Turismo y Comunicaciones y actual presidente de la Autoridad Portuaria de Vigo, compatibiliza desde hace años sus cargos públicos con la literatura. Aunque su pasión es la política, asegura que “cuando escribo ya no hago otra cosa y, hasta que acabo la novela, me paso un mes entero dedicado sólo a la escritura” (ver su entrevista en El Siglo número 694). Las intrigas de los templarios en Santiago de Compostela en torno al año 1300 le sirvieron de base para su primera novela, La elipse templaria, en 2001. Al siguiente año publicó El hombre que tenía miedo al mar. Su tercer trabajo se titula El invierno de las almas desterradas (2004) y hace unos meses publicó La puerta amarilla, una historia coral donde los personajes y sus circunstancias, las tramas financiera, política y policial y las relaciones de poder convergen en un final inesperado.

El leridano Josep Borrell, actual presidente del Parlamento Europeo y ex ministro socialista de Obras Públicas y Transportes, es una de las firmas habituales en la prensa escrita –es colaborador de El Siglo–. El compendio de estos artículos y de sus intervenciones parlamentarias aparecen en la obra Al filo de los días. Y en La república de Taxonia, expone una serie de ejemplos de política económica resueltos con criterios matemáticos.

Carmen Alborch, ex ministra de Cultura y candidata socialista a la alcaldía de Valencia, es la política que más se aleja de los cánones literarios que caracterizan a sus compañeros. Puede ser tan rigurosa como para escribir sobre El derecho de voto y el conflicto de intereses (1975) o La defensa del consumidor en la Comunidad Económica Europea (1986), como para publicar obras sobre mujeres, sin duda más celebradas por el público en general. Se trata de Solas (1999); Malas (2002) y Libres (2006). La primera, que fue un éxito con 300.000 ejemplares vendidos, trata sobre los cambios que han sufrido las mujeres y rompe estereotipos sobre el mundo femenino. La segunda, sobre la rivalidad que ha enfrentado históricamente a las mujeres. Y la última retrata a nueve mujeres que se han tenido que enfrentar en la vida a situaciones injustas.

Manuel Pimentel ha probado suerte con la novela de ficción después de abandonar la política. El sevillano, que fue ministro de Trabajo y Asuntos Sociales con el PP durante trece meses, abordó en su primera novela Peña Laja (2000) el tema de la experimentación genética. A esta primera incursión en el mundo literario le siguieron Monteluz (2001) una parábola a favor de la igualdad, la cultura y el entendimiento, y Puerta de Indias (2003), novela en la que reivindica el género de aventuras.

El que fuera presidente del Congreso y ministro de Defensa con el PP, Federico Trillo, mezcló dos de sus pasiones en una obra titulada El poder político en los dramas de Shakespeare. No se trata de un libro de ficción, pero sí se inspira las piezas que salieron de la imaginación del genial dramaturgo inglés; en la obra se reafirma la observación del autor de Hamlet o el Rey Lear, que considera el teatro como expresión estética del poder.

Si se desciende en los niveles de la Administración, se puede seguir encontrado otro buen puñado de políticos novelistas. José Miguel Hernández fue director general de Obras Hidráulicas del Ministerio de Obras Públicas y secretario de Estado de Defensa. Ahora, habiendo regresado a su profesión de ingeniero de Caminos, se está tomando en serio su afición por la literatura. La primera novela fue Sájarov ha muerto, cuyo desarrollo tiene lugar durante tres días en un hotel de Florencia, cuenta la historia de un escritor y periodista maduro y una joven reportera que se enfrentan a su posible ruptura sentimental. La segunda y de reciente publicación es Una tumba en Toscana, donde aborda la historia de dos familias y un amor intermitente durante la época franquista. Y la próxima, probablemente estará narrada en primera persona por una chica joven. Lo contó hace unos meses a El Siglo, y también dijo por qué se ha animado a escribir: “porque me divierte”.

En este grupo de altos cargos también cabe mencionar a Miguel Barroso, hasta el año pasado secretario de Estado de Comunicación y actual director de la Casa de América –antes ya había sido director del gabinete del ministro socialista de Educación y Ciencia, José María Maravall–. Su primera novela, Amanecer con hormigas en la boca (1999) fue llevada al cine en 2004 por su hermano, el director Mariano Barroso. Además es autor del libro de viajes Crónicas Caribes, en colaboración con Igor Reyes Ortiz.

Al sevillano Justo Zambrana, diputado socialista en varias legislaturas y subsecretario de Estado en dos ministerios en lo que va de legislatura –de Defensa y de Interior–, lo que le gusta es escribir de filosofía y de economía, dos ámbitos que conoce bien desde su época de estudiante –es licenciado en estas dos materias–. De temática filosófica son La política en el laberinto. Salidas por la izquierda (2003) y El ciudadano conforme (2006). El primero habla de la transformación social y las soluciones que plantea el progresismo. En el segundo explica por qué y cómo ha llegado el mundo del siglo XXI a lo que denomina la pérdida del relato) y se pregunta si el motor religioso y político que durante siglos han movido al hombre no pueden ser reflexivamente asumidos como impulsos válidos hacia un mundo diferente.

Zambrana, en todo caso, es de los que menos se alejan de la política en sus obras. Le ocurre lo mismo al portavoz del PP en la Comisión de Asuntos Exteriores, Gustavo de Arístegui. El título de sus libros es elocuente: La yihad en España; La obsesión por reconquistar Al-Andalus; y El islamismo contra el Islam. El diputado aborda en todos ellos el peligro del islamismo –que no del Islam–, un tema que conoce en profundidad por su experiencia diplomática y la de su padre, Pedro Manuel Arístegui y Petit.

En el capítulo de presidentes autonómicos destacan los nombres de tres políticos. Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos, Rafael Escuredo y Joaquín Leguina. El primero, ex presidente del Principado de Asturias, es autor de dos libros de poesía, La ciudad y La luna es un instrumento de trabajo, además de otras obras de ensayo referidas a temas específicamente asturianos: El regionalismo asturiano y Asturias, realidad y proyecto. En diciembre de 1989 presentó su poemario Los gestos de la tarde, escritos a lo largo de cinco años de trabajo.

El sevillano Rafael Escuredo fue presidente de la Junta de Andalucía. Presentó su primera novela, Un sueño fugitivo, en 1994. La obra parte de una anécdota de un escándalo financiero y narra la historia de un periodista que refleja en sus artículos un mundo marcado por la insolidaridad y los escándalos financieros. La segunda obra salió a la luz hace apenas unos meses bajo el nombre Leonor, mon amour y acaba de recibir, junto a otros autores, el Premio Andalucía de la Crítica 2005 por “su accesibilidad, cercanía con el lector y por ese equilibrio entre el sentimiento individual y el interés social”. La obra de Escuredo abarca, dice, los tres ingredientes que considera básicos “del alma humana”. Primero fue el amor, ahora la memoria y en su próximo libro abordará el miedo. “Como autor, tengo que escribir mucho para que me perdonen mi paso por la política”, dijo irónico durante la concesión del premio.

El más conocido en su faceta literaria es el ex presidente de la Comunidad de Madrid y actual portavoz de la Comisión de Defensa en el Congreso de los Diputados, Joaquín Leguina. Historias de la calle Cádiz (1985); La fiesta de los locos (1989); Tu nombre envenena mis sueños (1992) –llevada al cine por Pilar Miró–; La tierra más hermosa (1996); El corazón del viento (2000); Cuernos (2002); Ramón Franco. El hermano olvidado del dictador (2002, con Asunción Núñez); Por encima de toda sospecha (2003) –su primera incursión en el género negro–; El rescoldo (2004) o Conocer gente (2005) son algunas de ellas. La última, Las pruebas de la infamia (2006), es una novela negra donde el protagonista trata de desentrañar un enredo jurídico-político con el Madrid castizo de fondo salpimentada con justas dosis de humor y erotismo. Con motivo de su publicación, Leguina confesó a El Siglo, dándole a elegir entre política y literatura, que “me divierte más la literatura. Como lector y como escritor. La política es un oficio normalmente bastante duro. La literatura también puede ser un oficio, aunque sólo se pueden dedicar a él de forma exclusiva los que venden muchos libros o los que se han dedicado siempre sólo a escribir”.

Y hubo uno que lo intentó, lo de ser presidente autonómico y lo de ser poeta, pero fracasó en lo primero y en lo segundo apenas se puede hablar de una experiencia de juventud. Adolfo Suárez Illana, candidato del PP a la presidencia de Castilla-La Mancha en las elecciones de 2003, presentó en Madrid en 1990 un libro de poemas titulado Sueños, colección de 42 poemas suyos y 82 serigrafías del pintor Miguel Angel Lombardía. Sin embargo, después de la expectación inicial ante la primera obra del hijo del ex presidente Adolfo Súarez, la publicación pasó sin pena ni gloria por las librerías.

Dirigir un partido no debe dejar mucho tiempo para otros menesteres porque son pocos los líderes de las diferentes formaciones los que se han atrevido a compatibilizar esta tarea con el arte de la escritura. Apenas se podría mencionar los casos de Julio Anguita y Patxi Zabaleta. El primero es autor de las obras Desamortización Eclesiástica en la ciudad de Córdoba (1836-1845) y Otra Andalucía. Y aunque son escasas, el que fuera coordinador general de IU puede presumir de haber sido de las poquísimas personas que firman un libro junto a Rafael Alberti –la última obra mencionada–.

Lo de Patxi Zabaleta es más que una experiencia esporádica. El coordinador general de Aralar, fundador de Herri Batasuna y ex seminarista es miembro de la Academia de La Lengua Vasca. Sus obras, todas en euskera: las novelas Euskomunia ala Zoroastroren artalde (1995); Ukoreka (1995); Arian ari (1996); Badena dena da (1996); Euskomunia ala Zoroastroren astelde (1997); Errolanen Harria (1998); y Eneko aritzaren hilobia (2005) y la obra de teatro Nafarroako gudalostearen azken mariskala (1991).

Entre los escaños de senadores y diputados también se pueden encontrar un buen número de escritores vocacionales. La Cámara baja, Carme Chacón, tal vez habría sido una renombrada poetisa si no fuera porque le tiraba más la política. Escribir poesía es una de sus grandes aficiones, y durante su adolescencia llegó a reportarle ciertos éxitos: la socialista ganó todos los certámenes poéticos del instituto.

Gabriel Elorriaga Fernández, senador del Partido Popular y periodista de profesión, publicó en su juventud la obra Mañana está en nosotros. Y de reciente aparición es Arte y política. Valencianos en el Senado, una obra profusamente ilustrada y comentada por Elorriaga que aproxima al panorama artístico de la Comunidad Valenciana de los siglos XIX y XX desde una original perspectiva: la vinculación de la producción artística de esta autonomía con el mundo de la política. Se trata de las obras de valencianos que forman parte de las colecciones de la Cámara Alta; cuadros historicistas, retratos o testimonios políticos de momentos de especial trascendencia en la historia constitucional.

El que fuera senador popular y presidente de la Asamblea de Madrid, Juan Van Halen, además de político y periodista es un reputado escritor de novela y poesía. Autor de una treintena de obras literarias, publicó su primer libro de poesías, Lejana palabra, en 1963. Diez años después apareció una antología de toda su poesía titulada Poemas del hombre que pasa. Otras de sus obras son La gran hora; Posesión de tu nombre; La frontera; Huésped del milagro; Lugar donde encontrarte; Crónica; Cuaderno de Asia; Lo que yo llamaba olvido; Laberinto de arena y Memoria secreta del hermano Leviatán, novela histórica sobre Fernando VII con la que fue finalista del Premio Plaza y Janés de Novela 1988 y ganó el Premio Manuel Machado 1994. En el apartado de galardones, Van Halen atesora el Premio R. Tagore (1987); el Premio Francisco de Quevedo de Poesía Ayuntamiento de Madrid (1986); el Premio Aguacantos de Sonetos (1987) y el premio de narrativa breve Ciudad de Peñíscola por Frente al ventanal.

Quien también fuera senador y escritor, en este caso socialista, es José García Ladrón de Guevara, uno de los fundadores del Partido Socialista Popular (PSP) en Granada. Colaborador de la Gran Enciclopedia de Andalucía, firma títulos muy ligados a su tierra, como Tránsito al mar; Mi corazón y el mar; Plazas de Granada (1973); Solo de hombre (1975); y Cancionero / sur (1982). También es autor de Romancero de la muerte del Che Guevara (1976).

El ya fallecido Joan Reventós, ex presidente del Partido Socialista de Cataluña y del Parlament, diputado nacional y senador, fue un destacado poeta y miembro del Ateneo de Barcelona. En los años 50 publicó Antologías Universitarias y un largo poema titulado Delta, con el que fue finalista del premio de poesía Ossa Menor. A finales de la década de los sesenta publicó, en colaboración con su primo Jacint, el libro de relatos Dos infants i la guerra, que recoge testimonios desde los años de la clandestinidad (1945) hasta aproximadamente el año 1960. A finales de 1984 presentó Amb un altre nom (Con otro nombre). En aquel periodo también publicó Un sol combat; Companys, amics y mestres y Petjades: Evocacións i semblances.

De la escuela diplomática también ha salido una notable representación de escritores. Javier Rupérez es uno de ellos. Director ejecutivo del Comité Antiterrorista de la ONU con una larga trayectoria diplomática que comenzó a finales de la década de los sesenta en la Embajada en Addis Abeba (Etiopía), y continuó en Varsovia (Polonia) y Helsinki (Finlandia), es autor de numerosas obras de carácter político, aunque también se ha adentrado en el mundo de ficción. En 1990 publicó el que llamó Primer libro de relatos (1990) dividido en tres apartados: Narraciones africanas, Cuentos rutavianos e Historias de aquí.

Inocencio Arias, ex embajador español en Naciones Unidas y actual cónsul español en Los Ángeles, es tal vez de los diplomáticos más conocidos, probablemente por aquellos aspectos que menos relación tienen con su profesión. Apasionado del fútbol –llegó a presentarse a las elecciones para la presidencia del Real Madrid–, ha escrito dos libros dedicados a este deporte: Diccionario del Mundial del 82 y Los tres mitos del Real Madrid. Di Stéfano, Butragueño y Raúl.

Quien más dedicación ha prestado al oficio de escritor es José María Ridao, actual embajador representante permanente de España en la UNESCO. En 1998 escribió su primera novela Agosto en el Paraíso y un año después el libro de relatos Excusas para el doctor Huarte. También ha publicado varios libros de ensayos, entre ellos Contra la historia (2000); La desilusión permanente (2000); La elección de la barbarie (2002) –obra en la que realiza un análisis crítico sobre el desafío de la inmigración– y Los tres mundos. También es autor de El mundo a media voz (2002), donde rinde tributo a Angola, del libro de viajes El pasajero de Montauban (2003); de Weimar entre nosotros (2004), en el que reflexiona sobre las causas de la emigración y de La paz sin excusa: sobre la legitimación de la violencia.

El barcelonés embajador y asesor de Política Internacional de la Presidencia del Gobierno, Carles Casajuana, también tiene una nada desdeñable nómina de novelas a sus espaldas. Debutó en la literatura en 1987 con Tap d’escopeta, una crónica sobre el desencanto de los nacidos en los años 50. Posteriormente publicó la comedia existencial Bondage (1989), y un año después La Puresa del porc, en la que intenta crear el mito de un instinto puro, situado por encima del bien y del mal. En 1992, Casajuana publicó Punt de fuga, una novela en la que contrapone a un ex hippy y un yuppy. Su experiencia como embajador en Malaria le animó a ambientar en este país asiático la trama de Kuala Lumpur: cuando se descubre que el director de una de las empresas contratistas en la edificación de las Torres Petronas de Malasia ha sido asesinado, otro ejecutivo español es acusado y encarcelado. Jordi Sureda, secretario de la embajada española en Malasia, decide investigar por su cuenta lo que las autoridades ponen demasiado empeño en considerar resultado de un simple lío de faldas. Una crítica reciente en el diario El País preguntaba de forma retórica si había nacido el thriller diplomático. Y comparaba esta obra con otra de reciente aparición llamada Gutiérrez y el Imperio del Mal. El argumento: el KGB se ha hecho con las claves de la cifra de la Embajada española en Moscú, el sistema que permite codificar y descodificar los telegramas que se envían o reciben de Madrid. No es que los telegramas contengan información secreta, pero España acaba de entrar en la OTAN y si el asunto sale a la luz el país quedará lógicamente desprestigiado. El embajador De la Cruz está, pues, muy nervioso. La obra la firma Andrés Gastey, el pseudónimo que oculta a un diplomático español destinado en Moscú en la época de la perestroika.

Para cerrar la lista de políticos novelistas, cabría mencionar a personas de prestigio nombradas por el Consejo de Ministros para gestionar las instituciones culturales más importantes del país. La Biblioteca Nacional, que también dirigió Luis Alberto de Cuenca en tiempos del PP, está ahora bajo el mando de la barcelonesa Rosa Regás. Las novelas Memoria de Almator (1991); el Premio Nadal Azul (1994); Luna lunera y La canción de Dorotea, con las que consiguió los Premios Ciudad de Barcelona (1999) y Planeta (2001) respectivamente; el libro de viajes Viaje a la luz del Cham (1995); el de relatos Pobre corazón (1996); Diario de una abuela de verano. El paso del tiempo (2004) –dedicado a sus nietos, con quienes la autora se reúne cada verano en la casa de campo que tiene en el Ampurdán, una pequeña masía del siglo XVIII– y Volcanes dormidos (2005), sobre sus viajes a países centroamericanos con el también escritor Pedro Molina Temboury, son algunas de sus obras más destacadas.

Por el Instituto Cervantes también suelen pasar autores españoles. El Gobierno de Aznar nombró a Jon Juaristi director del centro. Poeta y ensayista, autor en euskera y castellano, está en posesión del Premio Nacional de Ensayo 1998 y el Espasa 1997 en la misma modalidad. Su obra poética comenzó en la década de los ochenta e incluye títulos como Diario de un poeta recién casado (1986); Suma de varia intención (1987); Arte de marear (1988); Flor de baladas vascas (1989); Paisajes domésticos (1992) y Tiempo desapacible (1996). Su primer ensayo de 1976 recibe el título de Euskararen ideologiak. A éste siguieron, entre otros, La leyenda de Juan Zuría, la recopilación La tradición romántica (1989); o El Chimbo expiatorio: la invención de la tradición bilbaína (1994). En 2000 publicó El bosque originario, un estudio sobre los mitos que han originado los diversos nacionalismos europeos a lo largo de la Historia. Con un tono más reflexivo y filosófico editó en 2002 Prosas (en verso). En el capítulo de galardones destacan, además de los mencionados, el Icaro de literatura 1988, el Premio El Correo Español 1988, o la Pluma de Plata del Club de la Escritura 1998. 

Su sucesor en el cargo, nombrado en este caso por el Gobierno socialista, es el escritor y periodista César Antonio Molina. Autor de medio centenar de libros, de su obra poética destaca Últimas horas en Lisca Blanca (1979); La estancia saqueada (1983); Finisterre (1987); Fin de un milenio, antología de la poesía gallega (1991); El fin de Finisterre (1992); Para no ir a parte alguna (1994) y En el mar de las ánforas (2004). De su obra ensayística cabe mencionar Nueva escritura francesa (1980); Viajes imaginarios y reales (1986); o Nostalgia de la nada perdida (1996). En 2003 presentó la novela Regresar a donde no estuvimos. Memorias de ficción.

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