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Los líderes del PP se engañan a sí mismos En la ultraconservadora Época, Eduardo Zaplana da por hecho que –como le pregunta el periodista– "nos encontramos ante un cambio de régimen". "Sí, creo que es evidente", señala el portavoz del Grupo Popular. Metidos ya en profecías, Zaplana añade otro órdago: "No descarto que Zapatero convoque elecciones anticipadas". Y puntualiza: "Vivimos situaciones muy complicadas, y ésa puede ser una de sus principales opciones para intentar salir de ellas". El ex ministro de Trabajo parece olvidar, no obstante, que esas "situaciones muy complicadas" las está viviendo, o sufriendo, más bien el PP. Desaparecida la carta Estatut, en la que tanto confió la derecha para convertir la tramitación del texto estatutario en una especie de plebiscito centrado en "España, sí, España, no", sólo los dos o tres millones de votantes de extrema derecha con los que cuenta el PP pueden seguir sosteniendo que España se ha roto, aseveración ésta que cada mañana, por cierto, reitera la COPE. Claro que los dirigentes conservadores confían todavía en la carta ETA, que es la última que le queda al PP en la manga. Si se quebrara el proceso de paz y los terroristas volvieran a matar, Mariano Rajoy aún mantendría la esperanza de triunfar en las urnas. Esta es la ventaja electoral de la que se podría aprovechar el PP, si no se alcanzara finalmente la paz. Esta es la razón de fondo que explica la actitud montaraz de la derecha contra la política de José Luis Rodríguez Zapatero sobre Euskadi y sobre las posibilidades de acabar con el terrorismo mediante el diálogo. Felipe González y José María Aznar no corrieron ese riesgo porque Alianza Popular primero y el PSOE después no eludieron –en las dos primeras negociaciones con ETA– su sentido de Estado. AP y el PSOE hicieron exactamente lo contrario de lo que está haciendo ahora el PP. Por eso este PP practica aquello de "cuanto peor, mejor". Gracias únicamente al desastre colectivo que significaría el retorno de ETA a sus siniestras andanzas, podría el PP derrotar a los socialistas. Esta es la situación en la que se encuentra, pues, Zapatero, una vez superada la mitad de la legislatura. Domina el partido y domina en el marcador, pero su victoria no es segura, aunque sí muy probable. Su rival va a por todas, presiona siempre que puede y no se "para en barras" a la hora de repartir leña en el campo. Tiene a los hooligans excitados, aunque muchos de sus seguidores, los menos fanáticos, vacilan y no acaban de entender bien si la táctica es la más acertada o la más suicida. Algunos andan sumidos en el desconcierto y no descartan que se acabe registrando una debacle. Es decir, que el PSOE gane por mayoría absoluta o casi. Zapatero dispone, además, de aliados: desde CiU y el PNV, por ejemplo, a IU y ERC, sin omitir el resto de partidos parlamentarios. El PP, hoy por hoy, carece de socios. Está enclaustrado en su soledad y es víctima de sus obsesiones. O también víctima de la resistencia numantina de los dirigentes del partido a perder su postrera opción de continuar en Génova con mando en plaza. El aznarismo se niega a pasar a la historia, aunque Aznar presumiera en su momento de que él, voluntariamente, había decidido alejarse de la política. Lo peor que les sucede –y lo mejor para Zapatero– es que sumergidos en el engaño han terminado por engañarse a sí mismos. Enric Sopena |
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