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Nº 703 - 10 de julio de 2006

Algo más que comercio


R ecientemente asistía en Guatemala a la reunión de los Parlamentos de Integración Regional que trata de impulsar la lánguida vida del Parlamento Centroamericano (Parlacen) y que me han permitido tomar de cerca el pulso a al situación en la región.

América Central y Sudamérica se encuentran en un ciclo electoral que está cambiando sus perspectivas de futuro. A expensas de lo que ocurra finalmente en México parece que algo se mueve en la región. Y por eso la UE debe más que nunca no perder de vista lo que allí acontece.

En Guatemala el momento es propicio para recordar su trágica historia y asomarse con alguna esperanza al futuro. El próximo 29 de diciembre se cumplirá el décimo aniversario de los acuerdos de paz, y la UE ha decidido, en la pasada Cumbre de Viena, iniciar las negociaciones de un Tratado de Asociación con Centroamérica como el que ya tenemos con México y Chile.

No hay guerra abierta, pero la paz es violenta e insegura. La guerrilla ha desaparecido de las montañas pero no se ha enraizado en el sistema de partidos políticos. Guatemala, con 44 asesinatos conocidos por 100.000 habitantes al año; es el tercer país más violento de la subregión, después de El Salvador y Nicaragua.

La paz tampoco ha traído prosperidad. El clima de violencia frena el turismo y la población sigue emigrando. La pobreza y la desigualdad social no se han reducido.

En ese contexto, ¿qué ha hecho Europa por América Central? ¿Cómo podemos ayudar?
En realidad, las relaciones entre la UE y Centroamérica son un buen reflejo de los vaivenes de las relaciones eurolatinoamericanas en los últimos 20 años. El interés de Europa por Centroamérica ha disminuido, mientras crecía el interés de Centroamérica por EEUU, con quien han firmado un Tratado de Libre Comercio (TLC), y los países asiáticos.

El Acuerdo de Asociación (AA) que ahora vamos a negociar puede y debe acercarnos de nuevo. Sin olvidar el déficit político, económico y social de la mayoría de países de la región, ni las diferencias de desarrollo, ni unas relaciones caracterizadas por la alta concentración del comercio en pocos países, gran dependencia de la exportación de productos tradicionales y baja inversión directa de la UE en América Central.
Esta situación tiene su lógica, atendiendo a las tres fases recientes de las relaciones entre la UE y América Central.

La primera, en los años 80 del pasado siglo, se concentra en el diálogo político. Europa se vuelca en apoyar el proceso de paz en la región. Para no hablar solamente del papel de España, recordemos la actitud del gobierno de Mitterrand, vendiendo armas a los sandinistas nicaragüenses para reducir su dependencia de los suministros soviéticos en tiempos de guerra fría.

En la segunda, en los años 90, marcados por las catástrofes naturales de los huracanes Mitch y el Stan en la región, la UE aporta su solidaridad y cooperación, con España y Alemania a la cabeza, seguidos de Holanda y Suecia.

La tercera fase debe ser la del AA, que será "algo más que comercio", como viene indicando la parte europea desde el principio, incorporando otros dos pilares: el diálogo político y la cooperación al desarrollo.
Para la UE un AA es algo muy diferente de un TLC como el que han suscrito los países de América Central con EEUU (ALCAC). Debe establecer un estrecho vínculo entre la paz, la democracia, el Estado de derecho, el desarrollo económico, la integración regional, la lucha contra la delincuencia y el narcotráfico. Debe apoyar el fortalecimiento institucional, la lucha contra la corrupción y la impunidad.

Para los europeos es una forma de demostrar que el proyecto de Asociación Birregional sigue vivo y de recordar a Washington que la UE tiene intereses políticos en la región. Aunque el interés primordial de los gobiernos del istmo centroamericano sea esencialmente económico, su sociedad civil, desconocedora del AA y temerosa del ALCAC, tiene mucho que ganar con el proceso negociador que ahora se abre entre la UE y América Central.

También deberá favorecer reformas fiscales. Con unos ingresos fiscales que no llegan al 10% del PIB, como es el caso de Guatemala, un país apenas puede considerarse un país, es decir, una organización política capaz de ejercer, como mínimo, el monopolio de la fuerza, la protección de la vida y garantías para el ejercicio de la actividad económica. Pero las resistencias de las oligarquías, atrincheradas en la defensa de su posición dominante, apoyándose en una ideología ultraliberal, lo harán muy difícil.

Pero a pesar de todas las dificultades, Europa no puede desentenderse más tiempo de esa parte del mundo. Hace 10 años ayudamos a que los fusiles callaran, ahora hemos de intentar que nuestras relaciones sean algo más que comercio.

José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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