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| Nº 702 - 3 de julio de 2006 |
Mis libros viejos
La calidad literaria no depende, obvio resulta decirlo, del punto de vista o del talante que adopta el escritor en su obra, pues los hay despiadados, desde Quevedo a Valle-Inclán, cuya calidad resulta indiscutible y, sin embargo, a la hora de tomar la pluma no les tembló la mano y nos presentan a sus personajes crudamente, en toda su negritud y sus mentiras. Mas el placer estético que me produce su lectura, la excelencia de su envidiable nivel literario, me resulta, con frecuencia, desapacible. No porque las cosas no sean como ellos las describen, sinoporque tiendo a pensar que las cosas y, ante todo, los hombres no son sólo así. En todo caso, la labor del escritor, el resultado de toda obra literaria buena, es una "buena obra", en el sentido moral de la frase, pues nos otorga un poco de orden con el que atemperar el caos de nuestras existencias. Fui desde muy pronto, como he dicho, lector ávido y poco sistemático y en mi niñez se mezclaron La isla del tesoro con la novela policíaca inglesa, aunque no sólo ni principalmente la de Agatha Christie. Los escritores marineros me han conducido con fortuna y he navegado con ellos por todos los mares del planeta: Stevenson, pero también Melville, London y Conrad. Sin olvidarme de Salgari, que, sin haberse movido de su casa italiana, me llevó, como a tantos, a los mares de Oriente. Recuerdo que los Episodios Nacionales, en la edición en papel biblia de Aguilar, los comencé a leer en la Navidad de mis catorce años y Galdós me tuvo prácticamente sin salir de casa durante aquéllas y otras vacaciones. Pío Baroja, que llegó a mis manos desde la biblioteca del Ateneo santanderino, aún me acompaña. Dickens y Balzac también salieron a menudo del Ateneo hacia el domicilio familiar. Al préstamo de libros, que el Ateneo practicaba entonces entre sus socios, debo yo muchas horas de placer solitario. "Éste es un libro que debes leer, casi por obligación", me dijo un día la esposa de mi padre, mientras me alargaba dos gruesos tomos. La novela se titulaba Los miserables. Más que leerla, la bebí, aunque lo hiciera en muchos tragos. Tragos gozosos, que no se compadecían con los permanentes malos tragos a los que tenía que enfrentarse la aperreada vida de su protagonista, Jean Valjean. Durante una larga temporada me dio también por leer teatro (los clásicos, Benavente, Jardiel, García Lorca... ) y recuerdo que lo hacía los jueves por la tarde en la Biblioteca Municipal de Santander. Una biblioteca que lleva el nombre de Don Marcelino. En Santander, decir Don Marcelino significa referirse a Menéndez Pelayo, cuyo nombre ostenta la citada biblioteca. En efecto, si uno habla de Don Marcelino en Santander no necesita poner los apellidos, pues todo el mundo allí entiende que el patronímico se refiere a Menéndez Pelayo. Algo injusto, pues el descubridor de las Cuevas de Altamira también era cántabro y se llamaba Marcelino (de apellido Sanz de Sautuola) y fue, aunque quizá pocos lo sepan, el bisabuelo de los hermanos Botín, los banqueros. Como se ve, quien se ocupó con éxito del lejano pasado, también dejó tras de sí un brillante y dorado futuro. Pero volvamos a la Biblioteca Municipal, cuyos fondos iniciales fueron legados, a su muerte, precisamente por Menéndez Pelayo, hombre tan reaccionario como polifacético y erudito. Un tipo, en verdad, muy notable, que dirigió durante muchos años la Biblioteca Nacional. Ésta, que fue edificada para conmemorar el IV Centenario del Descubrimiento colombino, tenía enfrente, Castellana de por medio, el más notable burdel de Madrid, al que acudía puntualmente nuestro ultracatólico personaje para darse un respiro en compañía de las hetairas que allí ejercían su oficio, al parecer, con gran solvencia; quizá por eso Don Marcelino está enterrado en la catedral santanderina, y digo esto porque la Iglesia hubiera querido subirlo a los altares... pero este solterón –¡qué pena!– guardaba en su corazón otras fogosidades, aparte de la inquisitorial. Leí sin despreciar las novelas del Oeste (¡Ay, Marcial Lafuente Estefanía!) o del FBI (Alf Manz: Alfonso Manzaneque, era uno de los autores) que nos pasábamos en el colegio de los Escolapios de mano en mano. Por supuesto, también devoré El Coyote, la serie de José Mallorquí, que aún conservo en mi casa. A mis quince años cayeron en mis manos dos novelas, una detrás de otra, que dejaron en mí una fuerte impresión: Castillos en la arena, de Jan Valtin y La hora veinticinco, de Virgil Gheorghiu. Ambas se desarrollaban en la Europa convulsa y amenazadora de los años treinta, aunque la segunda abarcara también los años de la guerra (1939-1945) y el mundo concentracionario creado por los nazis. La descripción de cómo salió del huevo la serpiente que emponzoñaría Europa me llenó de horror, porque, aunque hasta entonces lo desconociera (mis espantos infantiles pertenecen a las historias orales acerca de nuestra guerra civil), sabía que Valtin me estaba contando, novelada, su propia vida de luchador vencido y La hora veinticinco no parecía exagerar lo que había detrás de la fanfarria militar alemana, que llegaba a España, tan brillante, a través de la propaganda nazi, en aquellas revistas gráficas guardadas en el desván, que yo leí en las tardes inacabables que componían los inviernos en Guarnido, el pueblo de mis abuelos paternos, donde viví tres años, después de la muerte de mi madre, de los seis a los nueve de mi existencia. Los franceses: Voltaire, Stendhal, Zola, el citado Balzac, Anatole France... vinieron a mis manos pronto –ya lo he dicho– por indicación de la segunda esposa de mi padre, buena lectora, de acendradas ideas republicanas, asturiana, pariente de Palacio Valdés, sobrina del periodista Adeflor, hermana, como era, además, de un escritor prolífico, Alicio Garcitoral, a quien la guerra llevó al exilio en Argentina y luego a Nueva York, para desvanecerse, como tantos de los exiliados, de la conciencia de los españoles. Luego llegaron a mí Maupassant y el gran descubrimiento: Flaubert. Leer a Flaubert no constituye una actividad inocente, pues cualquier alevín de escritor que se le acerque, o bien queda atrapado por su "orgía perpetua", en el decir de Vargas Liosa, o bien se le quitan las ganas de intentar la escritura. Tal es la perfección que con un esfuerzo sobrehumano consiguió aquel "idiota de la familia". Así lo apodó Sartre en la biografía monumental que le dedicó. El Tolstoi de Guerra y Paz también es de esa época. Camus, algunas novelas del ya citado Sartre, de Gide... pertenecen a mis primeros años en la Universidad. Hemingway, también Dos Passos y Fitzgerald, son de esa misma época. Recuerdo haber leído El Gran Gatsby en vísperas de un examen y en mi propio perjuicio académico. A impulsos cinematográficos se debe mi afición de entonces, que perdura, a la novela negra. A Chandler y Hammet, a quienes leí como se debe, sin dejar que el libro se apoye en la mesilla de noche hasta que no se le da fin. Vasco Pratolini, Moravia, Pavese, Elsa Morante... también llegaron por entonces. Giorgio Bassani y Lampedusa con su Gatopardo se les unirían más tarde. La novela de Ferrara de Bassani es una obra a la que sigo acudiendo con placer. La montaña mágica fue compañera, no sin esfuerzo –he de reconocerlo– de mis noches en la residencia, dentro de la Universidad, que los jesuitas habían levantado en Deusto, donde viví dos cursos. Las biografías escritas por Stefan Zweig y, entre los novelistas de lengua inglesa: Henry James, Somerset Maughan, Saroyan o Steinbeck, fueron lecturas de aquel tiempo. También por entonces los de mi generación conseguimos recuperar en parte y en las trastiendas de algunas librerías bilbaínas lo que se nos seguía hurtando, es decir, la obra de los escritores españoles del exilio: Max Aub y Arturo Barea, por ejemplo. La trilogía autobiográfica de este último, La forja de un rebelde, es una de las obras literarias que más me han marcado y a la que rindo homenaje cuanto puedo. Los poetas de esa misma condición, la de perdedores (Salinas, Cernuda, Garfias, Altolaguirre, Alberti...), llegaron a nosotros por esa misma vía, iluminando todos ellos con su potente luz el lado de la luna que se nos ocultaba. |
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