Nº 702 - 3 de julio de 2006
 
Hemeroteca Esta semana

Del mal que ya está hecho, señores obispos

Monseñor Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha dicho cosas sensatas: “La unidad de España es algo que no nos incumbe a los obispos.” Exactamente lo contrario de lo que había declarado, horas antes, el portavoz de la Conferencia , Juan Antonio Martínez Camino: “La unidad de España es un asunto que preocupa y los obispos no lo van a rehuir”. El problema de Blázquez, uno de los muchos problemas que tiene el prelado de la diócesis de Bilbao, es que Camino no es hombre de su confianza, sino que, por el contrario, goza de la máxima confianza de Rouco Varela, cardenal y arzobispo de Madrid, quien lo nombró para el cargo de portavoz cuando fue jefe del episcopado español. ¿Ha dejado de serlo, Rouco Varela? No, en absoluto. Comparte el puente de mando con el arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, cardenal recientemente nombrado por el Papa Benedicto. Blázquez hace lo que puede, que es más bien poco. No controla el aparato y su influencia real se ve desbordada siempre por el sector más reaccionario, el que encabezan Rouco y Cañizares. Su figura recuerda en algunos aspectos a la de Rajoy, secuestrado por Aznar y el dúo Acebes-Zaplana.

Lo sorprendente es la obsesión patriótica de Rouco-Cañizares, líderes de los prelados conservadores, cuya línea doctrinal confluye en no pocos temas con la del PP. Recuérdese que salieron juntos en manifestación algunos de los Roucos de turno y de los Acebes de turno en la marcha contra el matrimonio de los homosexuales. Es decir, contra los homosexuales por mucho que dijeran que ésa no era la razón de la protesta. Fue lo nunca visto desde los años del Caudillo de España por la gracia de Dios, cuando las autoridades de la dictadura y los mandamases de la Iglesia se exhibían públicamente en actos religiosos, procesiones y misas solemnes. El Generalísimo iba bajo palio y todos eran felices. Entre los procuradores en Cortes y consejeros del Movimiento, así como entre los componentes de instituciones como el Consejo del Reino, se encontraban obispos de alto copete. Y es que, ciertamente, por el Imperio se llegaba hasta Dios, o así lo creían ellos.

En efecto, y como ha susurrado Blázquez, ¿qué tendrá que ver la unidad de España o la independencia del cantón de Cartagena con la religión católica? Este tufillo nacionalcatólico de los obispos con más poder ahora mismo en España resulta tan sospechoso como repugnante. Ejercen de tartufos, más preocupados por  la política y el poder que por el legado de Jesucristo. La unidad de España puede ser políticamente buena, mala o regular. Pero nada tiene que ver con los planteamientos del cristianismo. ¿Dejaron en bloque de ser católicos los portugueses cuando Portugal se emancipó en España? Menuda estupidez, cuánta demagogia clerical consumen no pocos de los jerarcas religiosos.

La jerarquía católica, toda en su conjunto (incluidos en el punto al que aludiré de inmediato los que presumen de puertas adentro de mala conciencia pero que son incapaces de plantarse; tampoco, pues, ni Blázquez ni sus amigos), polemiza sigilosamente sobre si la unidad de España es o no un valor moral, mientras elude con claridad enfrentarse sin ambages con la realidad de la COPE. ¡Pandilla de timoratos! Les da miedo afrontar el gran escándalo del catolicismo español y, por omisión, de la Iglesia católica universal.  Se acogen a este tipo de razonamientos: que no se diga, que no se nos interprete mal, que yo ya quería, pero… Especialistas en la restricción mental, los dirigentes de los curas, empezando por Blázquez, hacen como si no vieran ni, sobre todo, oyeran. No se atreven a terminar radicalmente con un escándalo sin paliativos. Encienden, los jerarcas católicos, una vela a Dios y otra, por supuesto, al Diablo.

La última revelación de Jiménez Losantos (27.6. 2006), en el diario El Mundo, es que “ni la Iglesia financia a la COPE ni viceversa, ni lo hace ahora ni lo ha hecho nunca, porque se trata de una empresa que, a diferencia de (…) ésas que el Gobierno favorece con descaro, la COPE se financia total y exclusivamente con sus ingresos publicitarios, pese a los disfavores del Gobierno.” Supongamos por un momento que Losantos dice la verdad, lo que no deja de ser una contradicción en sus propios términos. Supongamos que, en efecto, desde el punto de vista de la financiación, la COPE va por un lado y los obispos, por otra. ¿Y qué? No cuestionamos muchos españoles la COPE en función de si se financia sólo con publicidad o se financia gracias a los dineros del Domund o gracias al Concordato vigente. O bien porque los prelados regentan una casa de meretrices o porque jueguen cada noche al bingo y les toque siempre.

El contencioso es otro, más allá de conocer de dónde salen los dineros que hacen posible esa cadena radiofónica. Lo que crea estupor no son, de entrada, los dineros, sino cómo es posible entender que los representantes máximos del cristianismo español dispongan de una cadena de emisoras cuyo principal objetivo es defender a la derecha y atacar a la izquierda, lo que la COPE hace mediante la falsedad y el atropello dialéctico y hasta conceptual.

Es plausible que relevantes monseñores digan no a debatir si es buena o no, desde la lógica católica, la unidad de España. Felicidades, señor Blázquez. Pero es denigrante que la propiedad de la COPE , una máquina perversa y antievangélica, pertenezca a la Iglesia. Se trata de una ignominia y no basta con imaginar que dentro de un par de siglos, como mínimo, el Pontífice entonces felizmente reinante pida disculpas o perdón por la COPE. El mal ya está hecho.

Luis G. del Cañuelo

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