Del mal que ya está hecho, señores
obispos
Monseñor Blázquez, presidente de
la Conferencia Episcopal
Española, ha dicho cosas sensatas: “La unidad de España es algo que no nos
incumbe a los obispos.” Exactamente lo contrario de lo que había declarado,
horas antes, el portavoz de
la
Conferencia
, Juan Antonio Martínez Camino: “La unidad de
España es un asunto que preocupa y los obispos no lo van a rehuir”. El problema
de Blázquez, uno de los muchos problemas que tiene el prelado de la diócesis de
Bilbao, es que Camino no es hombre de su confianza, sino que, por el contrario,
goza de la máxima confianza de Rouco Varela, cardenal y arzobispo de Madrid,
quien lo nombró para el cargo de portavoz cuando fue jefe del episcopado
español. ¿Ha dejado de serlo, Rouco Varela? No, en absoluto. Comparte el puente
de mando con el arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, cardenal recientemente
nombrado por el Papa Benedicto. Blázquez hace lo que puede, que es más bien
poco. No controla el aparato y su influencia real se ve desbordada siempre por
el sector más reaccionario, el que encabezan Rouco y Cañizares. Su figura
recuerda en algunos aspectos a la de Rajoy, secuestrado por Aznar y el dúo
Acebes-Zaplana.
Lo sorprendente es la obsesión patriótica
de Rouco-Cañizares, líderes de los prelados conservadores, cuya línea doctrinal
confluye en no pocos temas con la del PP. Recuérdese que salieron juntos en
manifestación algunos de los Roucos de turno y de los Acebes de turno en la
marcha contra el matrimonio de los homosexuales. Es decir, contra los
homosexuales por mucho que dijeran que ésa no era la razón de la protesta. Fue
lo nunca visto desde los años del Caudillo de España por la gracia de Dios,
cuando las autoridades de la dictadura y los mandamases de
la Iglesia
se exhibían
públicamente en actos religiosos, procesiones y misas solemnes. El Generalísimo
iba bajo palio y todos eran felices. Entre los procuradores en Cortes y
consejeros del Movimiento, así como entre los componentes de instituciones como
el Consejo del Reino, se encontraban obispos de alto copete. Y es que,
ciertamente, por el Imperio se llegaba hasta Dios, o así lo creían ellos.
En efecto, y como ha susurrado Blázquez,
¿qué tendrá que ver la unidad de España o la independencia del cantón de
Cartagena con la religión católica? Este tufillo nacionalcatólico de los
obispos con más poder ahora mismo en España resulta tan sospechoso como
repugnante. Ejercen de tartufos, más preocupados por la política y el poder que por el legado de
Jesucristo. La unidad de España puede ser políticamente buena, mala o regular.
Pero nada tiene que ver con los planteamientos del cristianismo. ¿Dejaron en
bloque de ser católicos los portugueses cuando Portugal se emancipó en España?
Menuda estupidez, cuánta demagogia clerical consumen no pocos de los jerarcas
religiosos.
La jerarquía católica, toda en su
conjunto (incluidos en el punto al que aludiré de inmediato los que presumen de
puertas adentro de mala conciencia pero que son incapaces de plantarse;
tampoco, pues, ni Blázquez ni sus amigos), polemiza sigilosamente sobre si la
unidad de España es o no un valor moral, mientras elude con claridad
enfrentarse sin ambages con la realidad de
la COPE.
¡Pandilla de timoratos! Les da miedo
afrontar el gran escándalo del catolicismo español y, por omisión, de
la Iglesia
católica
universal. Se acogen a este tipo de
razonamientos: que no se diga, que no se nos interprete mal, que yo ya quería,
pero… Especialistas en la restricción mental, los dirigentes de los curas,
empezando por Blázquez, hacen como si no vieran ni, sobre todo, oyeran. No se
atreven a terminar radicalmente con un escándalo sin paliativos. Encienden, los
jerarcas católicos, una vela a Dios y otra, por supuesto, al Diablo.
La última revelación de Jiménez Losantos
(27.6. 2006), en el diario El Mundo, es que “ni
la Iglesia
financia a
la COPE
ni viceversa, ni lo hace
ahora ni lo ha hecho nunca, porque se trata de una empresa que, a diferencia de
(…) ésas que el Gobierno favorece con descaro,
la COPE
se financia total y
exclusivamente con sus ingresos publicitarios, pese a los disfavores del
Gobierno.” Supongamos por un momento que Losantos dice la verdad, lo que no
deja de ser una contradicción en sus propios términos. Supongamos que, en
efecto, desde el punto de vista de la financiación,
la COPE
va por un lado y los
obispos, por otra. ¿Y qué? No cuestionamos muchos españoles
la COPE
en función de si se
financia sólo con publicidad o se financia gracias a los dineros del Domund o
gracias al Concordato vigente. O bien porque los prelados regentan una casa de
meretrices o porque jueguen cada noche al bingo y les toque siempre.
El contencioso es otro, más allá de
conocer de dónde salen los dineros que hacen posible esa cadena radiofónica. Lo
que crea estupor no son, de entrada, los dineros, sino cómo es posible entender
que los representantes máximos del cristianismo español dispongan de una cadena
de emisoras cuyo principal objetivo es defender a la derecha y atacar a la
izquierda, lo que
la COPE
hace mediante la falsedad y el atropello dialéctico y hasta conceptual.
Es plausible que relevantes monseñores
digan no a debatir si es buena o no, desde la lógica católica, la unidad de
España. Felicidades, señor Blázquez. Pero es denigrante que la propiedad de
la COPE
, una máquina perversa y
antievangélica, pertenezca a
la
Iglesia. Se
trata de una ignominia y no basta con imaginar
que dentro de un par de siglos, como mínimo, el Pontífice entonces felizmente
reinante pida disculpas o perdón por
la COPE. El
mal ya está hecho.
Luis G. del Cañuelo
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