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Nº 701 - 26 de junio de 2006

José María Algaba, ganador del VII Premio de Poesía Aljabibe

SE HAN IDO LOS DIOSES Y NOS QUEDA EL LENGUAJE”

  Este poeta y filólogo sevillano acaba de alzarse, con el libro Poema de Ayax, con el triunfo en la VII edición del Premio de Poesía Aljabibe, uno de los más importantes en el escenario nacional. Escritor de larga trayectoria, en su carrera ha sido también galardonado por otras de sus obras con los premios Luis Cernuda, Ciudad de Cáceres, Ciudad de Jerez, Antonio Machado, Ángaro, José Hierro o el Ciudad de Salamanca, entre otros. Su obra, intensa y, a veces, difícil, parte de la experiencia interior para llegar al encuentro con el Otro; como él mismo define, con el Rostro.

Por P. A. N.

Habla atropelladamente, de modo incontenible. Se entusiasma con la literatura y la filosofía, con los autores, con las propuestas éticas y estéticas. Reniega de la mediocridad y de los escritores mediocres, al tiempo que se muestra huidizo de los homenajes, que le incomodan, como el propio acto de entrega de su más reciente premio que, al momento de realizar esta entrevista, iba a producirse en unos minutos en una de las más conocidas “salas elegantes” de la capital. Al acudir a la cita, donde le rodean famosos y halagos, propone una “huida” a la calle en busca de un lugar tranquilo donde conversar. Por el camino, antes de comenzar, habla de “buscar otro camino” y menciona “el símbolo del ángel de Paul Klee, que va hacia atrás, arrastrado por el futuro, mirando las ruinas del pasado, pero dándole la espalda al futuro”.

—¿Puede ser que la crisis de la poesía venga de que ahora no se encuentra un lenguaje social?

—Es el problema de siempre, oscuridad o no oscuridad. La poesía es un cuerpo que está hecho de elementos oscuros. Lezama Lima, el gran poeta cubano, zanjó la cuestión: hay poetas oscuros, y yo lo soy, y hay poetas muy claros. Pero Paul Celan, que era un poeta muy claro, y al mismo tiempo, muy difícil, sin embargo, toda su obra parte de una experiencia histórica concreta, que es Auschwitz, el exterminio de los judíos. Así que el lenguaje tiene que trabajarlo, tiene que regenerarlo, tiene que salvarlo de sus verdugos, que son los nazis y que han destrozado la lengua. Me acuerdo de una frase que le dicen a Bretón, el jefe del surrealismo: “tú haz la revolución, pero haz, sobre todo, arte”.

Decir simplemente que un poeta busco lo Otro, en mayúsculas, viene de la poesía hegeliana, le dan a la lengua, al ser, toda la función. Hacer de eso algo sagrado, absoluto, de modo que el hombre no es más que un pastor de todo eso, pero Celan se rebela. El hombre es el que sufre las experiencias y las escribe. Sí busca al Otro, pero parte del hecho del horror de Auschwitz y no lo olvida. Es blasfemo contra los hombres, sus verdugos, y contra Dios. ¿La conciliación?, él lo dice muy claro: “Herido de realidad, voy hacia la realidad”. Es como un apretón de manos que implica una confirmación de tú conmigo. Si nos damos la mano, estamos de acuerdo en algo. En otro momento determinado dice: “Es tiempo ya de que el tiempo vuelva”. Se sitúa al hombre en un contexto temporal muy definido y, sobre todo al rostro humano. Es la poética de las presencias.

—¿El libro nace de la experiencia personal o como una necesidad de compromiso?

—Yo puedo estar equivocado y, posiblemente, desde esa perspectiva, yo puedo estar muy limitado como poeta, porque no soy un poeta celebrativo en el sentido estricto de la palabra. No tengo el talento de Rielke, pero no puedo sostenerme sólo con lo que llaman el referente puro. Mi referente son hechos concretos y personas muy concretas.

—¿Personales?

—Sí, la cercanía; mi hija, mis padres, la muerte de la madre y el horror del mundo. Y a través de esos elementos que pueden adquirir un carácter simbólico, establezco un diálogo con ellos. Entonces, es posible que responda a esa doble dimensión del arte que dio Adorno, social y autónoma. El poema tiene una autonomía, el cuadro es autorreferencial, dice lo que dice el cuadro; no hay referente exterior, pero, evidentemente, hay también una función social. Mi padre, si es un ser que sufre, representa también a las víctimas del sufrimiento. Eso lo aprendí con “El Rey Lear”, cuando se encuentra solo en la tormenta y comprende lo que es el sufrimiento. Alguien que ha vivido ajeno a la problemática de los otros y un día se da cuenta de lo que es el sufrimiento.

—¿Y también es un dolor escribir?

—(Largo silencio) Esa respuesta es de las más complicadas porque se podría ser tan falso en la respuesta. Esa pregunta que se siente siempre insatisfecha de la respuesta, o ese sentirse insatisfecho con la respuesta que damos. En mi caso, por razones quizá genéticas, personales, porque mi vida yo la he construido y yo la he destruido, posiblemente sí. Escribo fumando y escribo compulsivamente, y después hago un trabajo inmenso. María Zambrano decía que la poesía es sueño, pero ella misma echa mano de las palabras de Paul Valery y matiza, “pero un sueño que hay que precisar”. En esa precisión hay un enorme trabajo; es una lucha con el lenguaje. Al menos, con cierta poesía. En lo que hago, un solo verso me puede estropear el poema entero. En la poesía se parte de la impotencia, de la esterilidad. Tú sabes que eres impotente ante el hecho de escribir. Escribimos a tropezones, fallando. Todo eso es doloroso. Lo que es radical abre siempre vías. Son propuestas que hay que meditar, pensar y enfrentarse a ellas. Es interesante esto, al menos para una persona como yo, que se interesa por el pensamiento –quizá por eso me aparto de otros poetas de mi generación, por decirlo de alguna manera; es porque realmente no hay lectura. Muchos poetas no suelen leer; desprecian... bueno, se desprecia lo que se ignora–.

—¿El papel de la poesía en la literatura?

—Seguir laborando por el lenguaje, ofreciendo una esencialidad, que también está, evidentemente en la novela. Las grandes novelas de grandes narradores no dejan de ser lírica. Lo que pasa es que la lírica exige otro tratamiento, pero creo que la función es aportar. Hablamos de la poética de las presencias, de aquéllos que se alejan de la utopía, que se sitúan por encima del tiempo. Eso es el arte, abstraerte del horror de la realidad es un proceso en el que la voluntad se autoaniquila, desaparece el hombre contemplativo y aparece lo esencial y la comunión con el todo. Es el romanticismo. Se han ido los dioses y nos queda el lenguaje. Apartar la muerte, al menos líricamente, es la fuerza de la palabra. También se ha dicho que la obra poética es imposible, porque las palabras se han manchado, incluso las mejores. Toda palabra está ya corrupta. Las grandes palabras, las mejores palabras se han marchado, carecen de significado.

—¿Qué el “El Poema de Áyax?”?

—Es un poema épico, el poema de Áyax, el guerrero ciego y encolerizado, objeto de burla de los dioses, que se suicida, porque enrtonces el honor era fundamental, y ha sido humillado. Es un guerrero que quiere matar, vengarse. Incluso cuando va Ulises a verlo, él está apartado; ni en el infierno perdona. Mi libro es un grito frente a la guerra y frente al ser anónimo que va a morir sin saber por qué. Esa conciencia que aparece de repente cuando uno comprende la integridad de lo que es, toma conciencia de su carne y comprende que va a desaparecer todo, sin un sentido, sin un porqué. Cuando se da la vida en la que lo fundamental es matar, es porque la dignidad del hombre no existe. En las constituciones aparece el derecho a la vida, pero la vida no tiene ningún valor.

—Ha ganado muchos premios en un mundo tan difícil como el de la poesía, ¿Se considera un poeta de éxito?

—No, no, no. Premian un sobre, un rostro en blanco. Una vez que me premian, vuelvo a ser nadie. Estoy sacrificado en algún sentido –entiéndame, sé que hay mucha hambre en el mundo-; sufro por la mediocridad de mis coetáneos –me refiero a Sevilla, mi ciudad, y a Andalucía- y de los que no son de mi generación.

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