Internacional
Nº701
26/6/2006
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BÉLGICA CORROMPE A SU CONGO

cuatro días en el Congo equivalen a toda una vida. Un mundo mucho más allá del tercero. Un país de mirada dura, de olor fuerte y manos sucias. Al entrar en el aeropuerto, de vuelta a casa, las infinitas colas de papeleo y registros te hacen recordar todos y cada uno de los días que has pasado allí. Sientes el alivio de que una compañía europea sea la que te lleve a casa pero... estás equivocado. Bruselas aún pisa fuerte en el Congo, y la tripulación de la compañía que lleva su nombre no son más que participantes de un juego de desigualdad y favoritismo que se sirven del poder y la fuerza para demostrar su autoridad. Llevábamos más
de siete registros y cuatro horas para entrar en el avión que nos llevaría a Europa. Yo estaba sediento de ropa limpia (mi maleta la había perdido Air France en mi primera escala y la había enviado al Congo a sabiendas de su futuro robo). Entré en el avión con mi compañera y me sentí fuera del caótico mundo en el que había estado. Una azafata se acercó a mí y me dijo que me levantara, que el que más tarde resultó ser el ministro de Energía del país se iba a sentar en mi asiento. Habíamos pagado un billete, nos habíamos sentado y una azafata detrás de otra nos exigían levantarnos de ahí. Me niego a participar de su injustificada discriminación que en cada momento se tornaba más cruda. Esos señores no tenían motivo para levantarme de mi asiento. Dije que no, que no y que no. Me enfadé, me negué. Ahíto de sorpresas, enredado entre tres idiomas, recurrí al comandante. De nuevo me equivocaba, nada tenía sentido, parecía que nadie hablaba inglés, o no querían, y es que a cada palabra hablábamos todos más fuerte, como si el volumen nos fuera a dar entendimiento, pero las dos partes teníamos las cosas demasiado claras. Una compañía europea, belga, Brussels Airlines y ese comandante nos estaban discriminando.

El ministro llegó al poco tiempo y esperó paciente a que yo me fuera, me bajaran o me hicieran desaparecer. Él no tenía prisa, simplemente esperaba. El comandante impuso que nos levantáramos para dejar asiento al que él había escogido dando un manotazo a los derechos que nos daba haber pagado 8.000 euros por sentarnos en ese avión. Ordenaba el fin de la discusión. Tras las cuatro horas que habíamos esperado en el aeropuerto el comandante ahora tenía prisa, así que nos dio tres opciones: sentarnos en turista sin reclamaciones ni preguntas, irnos a la calle o ser acompañados por la policía. Fuimos a turista pero no sin preguntas. Combatíamos contra dos pesos pesados: la tripulación cómplice del atropello y los policías que, a decenas, acudieron para bajarnos del avión. En cierto modo, las preguntas nos habían conducido a la calle. Pero no fueron ellos quienes decidieron bajarnos, fue el comandante. Aún me pregunto qué criterio siguió para dar la orden de que nos acompañaran fuera. Quizás ayudó el manotazo que un individuo de la compañía dio a mi bolsa instándome a bajar.

Ahora la policía tenía un problema con nosotros: el sello de salida que figuraba en nuestro pasaporte. Nos metieron en un cuarto donde el miedo se hizo protagonista. Un policía se encaraba a nosotros, no entendíamos lo que pasaba, nos increpaba, nos gritaba en un idioma que sabía que no entendíamos... Ella sintió pánico. La situación hacía rato estaba más que descontrolada. Nadie nos puso una mano encima pero en ese cuarto hubo armas, violencia y una madre de tres niños que sintió peligrar su vida. El jefe de policía llegó como un ángel que a su paso calla las voces; creo que todo acabó bien cuando, sin ser detenidos aunque sin pasaporte, pasamos la noche en el suelo del aeropuerto en una colchoneta mugrienta que nos cedió un policía. Por la mañana, con la llegada del responsable de la policía se resolvió el problema del sello y el pasaporte nos fue devuelto, así que corrimos a pisar suelo español, entramos en la Embajada y nos trataron como lo que somos: personas. El embajador notaba la gravedad del asunto. Sólo queríamos regresar a casa, no queríamos volver a sentir miedo: estábamos cansados, asustados y nerviosos. Allí nos dieron una noticia aún más impresionante, si cabía, acerca de la corrupción de la línea belga: la compañía posee una lista negra, en la que, por lo visto, sobra con el testimonio de una persona para que no te consientan ser su viajero. El corrupto comandante, o quizás una azafata, nos había incluido en esa lista negra por luchar por la justicia, por no someternos ante sus preferencias. La Embajada nos dio su protección y su ayuda, arregló el daño que causaron las indicaciones que ese comandante dio a la policía y nos protegió de una compañía que tiene el nombre de la sede de nuestra Unión. Pudimos volver a casa con la cabeza alta. Sentimos que la policía estaba de nuestro lado, aunque aún temblábamos del miedo que habíamos sufrido.

Air France y Brusseles Airlines se reparten el aeropuerto de Kinshasa: está conquistado, cautivo, así que no se molestan en dar servicios mínimos a sus clientes. La ley es clara: no hacer nada, sino aterrizar, cargar y volar. Bélgica sigue sintiendo la autoridad de pertenecer a otro mundo distinto a su Congo, la manga ancha de concederse licencias cuando actúa fuera. Tenemos que detener todo esto. Mostrémosles que hay otro modo, que existen la igualdad y la justicia; no nos embriaguemos de un gustoso y cómodo uso autoritario del poder y mostrémosles que democracia es algo más que una palabra. Viajemos para compartir y enseñar. ¡Europa, reacciona!

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