Hemeroteca Lista Mundanal ruido
Nº 701
26/6/2006

Todos derrotados

En los años 90, la posibilidad de que un partido isla-mista ganara limpiamente las elecciones en Argelia provocó la intervención militar, con la anulación de los comicios y una sangrienta guerra civil de la que el país apenas se ha recuperado como consecuencias. Porque algo se aprendió de la tragedia generada el triunfo de los islamistas, en Turquía pocos años después se trató con muchos más miramientos, permitiendo que hicieran su juego político y lo perdieran, pero sin cuartelazos que deshicieran lo conseguido en las urnas. La pureza democrática de los promotores occidentales ha sido llevada a sus extremos en las elecciones de Iraq, facilitando incluso el triunfo chiíta e islamista, pero ha sido puesta en grave aprieto en Palestina , porque al haber sido ganador el partido que menos gustaba, desde el día de la victoria se le viene haciendo la vida política imposible, marcando las preferencias por Al Fatah a costa de Hamas. En Palestina tal vez se quiso hacer algo intermedio entre lo que se hizo en Argelia y se evitó en Turquía. Sin embargo, a medida que los días pasan y la situación se ensombrece, los promotores han ido rectificando ligeramente de rumbo, aunque ya Palestina encaja en el modelo de Líbano, años 80, y de Iraq en la actualidad.

A los 40 años de ocupación militar, seguidos de auténticas sanciones internacionales por la victoria de Ha-mas, en Palestina todo apunta al colapso institucional y al caos social, con el enfrentamiento con Israel de paso. Apoyar a Mahmud Abbas contra Hamas y conseguir que éste fracase en su labor de gobierno son las dos caras de la opción que con diversos matices se maneja, como si Al Fatah no hubiera sido vencido con los votos. Pero la derrota de Hamas difícilmente podrá apuntarse como un triunfo para nadie, en particular por los enfrentamientos en intensidad creciente de las facciones palestinas que provocaría, abriéndose una mayor preferencia aún por las actuaciones extremistas. Una vez más, la manipulación y el favoritismo mostrados hacia las facciones, en particular hacia Mahmud Abbas, que hoy representa el estereotipo del buen palestino, contribuirá a deslegitimar los procesos democráticos en el mundo árabe y en Oriente Medio, desacreditando también a ese gobierno de la Autoridad Nacional Palestina que sigue portándose como si hubiera ganado las elecciones. De la misma manera, Hamas sigue actuando como si estuviera en la oposición, un mero movimiento de resistencia, entre otras cosas porque, pese a sus resultados electorales, se le sigue tratando como a un vulgar terrorista.

O sea, que en Palestina, como en Iraq, Occidente ha promovido la democracia pero también ha desencadenado la violencia fratricida y la desintegración nacional, lo que se ha hecho hasta tal punto que se añoran tiempos que, por muy imperfectas que fueran las formas políticas y débil la protección de los derechos humanos, se estiman preferibles a esta parafernalia de milicias, tribus y sectas religiosas en Estados fracasados que parecen ya la salida normal al enésimo movimiento de penetración extranjera en Oriente Próximo. El Estado fracasado y el país ingobernable o la dictadura serían el resultado y la amenaza que se avecinan, los que por designio o negligencia se configuran como modelo no querido pero inevitable para Oriente Medio. Es que la promoción democrática, por muy bien intencionada que se conduzca, puede dejar por detrás un paisaje más áspero y sangriento del que con anterioridad existía La pobreza y la desesperación de los palestinos, que tanto contribuyeron a la victoria de Hamas, junto con la corrupción de los otros, no van a moderar sus actitudes; posiblemente, las radicalicen aún más.

Tampoco el fracaso anunciado de Hamas y las venganzas de Israel se ve muy bien de qué manera podrán ayudar a Mahmud Abbas y Al Fatah. A base de entorpecer el triunfo de Hamas y de dificultar al máximo su labor de gobierno, lo que se está haciendo es propiciar el fracaso de la democracia palestina. El fracaso de Hamas es el triunfo de nadie, asustándose uno por observar desde Bagdad a Gaza un mismo paisaje de desolación y agresividad en que se movilizan los milicianos, se almacenan armas y, por si fuera poco, se anuncia que Al Qaeda ya ha abierto sus siniestras delegaciones para aportar su granito de arena y que la lucha sea más letal y completa aún. Desde los años de la crisis libanesa y de la experiencia de vida en Beirut, se traslada uno para Gaza o para Mogadiscio, para Bagdad, incluso para Sarajevo en su día, y uno ya no sabe en qué ciudad se encuentra, quizás siempre en la misma ciudad, con la persistente sensación de lo déjá vu o de no haber salido de casa, una casa transportable con los horrores habituales, como ese modelo que de una ciudad a otra se está exportando, con democracia aparente, pero con la realidad de la violencia en todas direcciones y la vida miserable. Que nadie se considere vencedor.

Ignacio Rupérez

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