Nº 701 - 26 de junio de 2006
 
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De cómo podría quizá regresar Aznar

Escribe Enric Juliana en La Vanguardia un bien construido artículo, publicado el 20 de junio, dos días después del referéndum catalán. Acostumbro a leer a Juliana con cierto deleite. Se refería en esta ocasión a una buena parte del paisaje periodístico existente en Madrid.  Me parecen interesantes la mayoría de sus párrafos. “En algunas radios (…) se siguen diciendo cosas que harían palidecer de envidia a los redactores jefes de Política, el diario que más contribuyó a la excitación de los deudos del mariscal Tito”, asegura. Enseguida alude a Federico Jiménez Losantos, quien llegó a vaticinar en antena, según subraya Juliana, este estremecedor escenario: “Ya veremos correr sangre por el Llobregat”.

El articulista señala: “El argumento balcánico vuelve con fuerza, meses después de que José María Aznar lanzase en octubre del 2005 la metáfora al ruedo. En el diario La Razón, el señor Gabriel Albiac, que de joven fue docto en filosofía marxista, auguraba ayer masacres: “Anoche entramos en los Balcanes. ¡Bienvenidos! Nadie que se adentre en el laberinto puede albergar mucha esperanza de salir indemne.” En el mismo diario, el señor Alejandro Muñoz-Alonso auguraba el derrumbe de una Europa corroída por sus tribus. La culpa  –sostiene Muñoz-Alonso– la tiene el presidente norteamericano Woodrow Wilson que en 1919 “sembró imprudentemente el virus del impreciso y equívoco principio (…) de autodeterminación”.

   En un estilo que cultiva cierto escepticismo, semejante de alguna manera al de Josep Pla, Juliana reflexiona así: “Son lecturas interesantes, pero conviene acometerlas con el estómago lleno; con el centro de gravedad bien asentado, porque la primera impresión –siempre hay una primera impresión, fuerte y rotunda, cuando se leen según qué cosas en los papeles de Madrid– es que esta literatura gótica se mueve a diario entre la convicción y la farsa. Entre una idea furiosa y angustiada de la realidad circundante y la impostura profesional y bien remunerada.”

  Enfoca en la recta final al Partido Popular: “En el oficio de tinieblas a la dirección del Partido Popular le corresponde tocar el órgano. Y desde el domingo por la noche, los tubos han adquirido una resonancia grave. El PP se está preparando mentalmente para elecciones legislativas anticipadas al filo de la primavera, antes de las municipales y autonómicas de mayo. Y se halla en un carril del que ya no puede salir. Convertido en fuerza casi marginal en Cataluña y el País Vasco, y embridado en Andalucía, la única opción a ganar o a empatar con el PSOE pasa por polarizar al resto de España con la cuestión nacional. Son horas difíciles en la calle Génova. Los poderes económicos no están intranquilos con el PSOE. El PP puede perder la legislatura, pero se empleará a fondo en evitar que el PSOE se escape hacia la mayoría absoluta (…) José María Aznar, dicen, está sopesando presentarse por Valladolid para estar de guardia en el Congreso de los Diputados. Por lo que pueda pasar”.

¿Regresa quizás Aznar? No caerá esa breva. Si con Rajoy la temperatura política hierve peligrosamente y provoca calenturas sin aparente control en dirigentes, militantes, simpatizantes y votantes del PP, así como en un nutrido y selecto grupo de periodistas, aparte, en efecto, de un compacto ejército de capellanes, monjas, obispos auxiliares, obispos con mando en plaza y cardenales, ¿qué no acontecería aquí con el retorno de Aznar?  Sería una orgía incontenible de tensiones y de crispaciones varias, aderezadas sin duda por militares que saldrían del armario después de una época de abrumador silencio, sólo quebrado por un par o tres de héroes como el general Alfonso Pardo de Santayana o el general Mena cuya arenga patriótica le costó el cargo y un severo castigo más en la forma que en el fondo, todo sea dicho.

Con Aznar montado en el bravo corcel de su grupo parlamentario, el espectáculo sería inenarrable, desbordante, majestuoso, formidable, excitante. Se reagruparía alborozado su coro de periodistas de cámara, prestos a derrocar de una vez al desdichado Zapatero y con él a los restos de la progresía ahora gobernante. España volvería a ser una nación sin complejos, presta a enterrar en el mar a los nacionalismos periféricos, a todos: a los supuestamente moderados y a los más radicales. ¡España, España! clamaría otra vez el resucitado para esas fechas Luis María Ansón. ¿Qué se hizo de Ansón, el académico? La ETA temblaría pensando que le había llegado la hora del llanto y el rugir de dientes. ¡Qué coño negociar con ETA!  Otegi, al paredón. Apunten, fuego. Ya no más claudicaciones. José Francisco Alcaraz sería designado sucesor de Gregorio Peces-Barba. Las víctimas de ETA, sólo aquellas que pudieran demostrar su afiliación a la AVT, naturalmente, pasarían a formar parte del Consejo de Administración de Endesa en calidad de vocales.

 ¿Aznar, otra vez? ¡Qué maravilla! Ana Botella, vicepresidenta. ¡Olé, olé, olé! España de nuevo irá bien.

Luis G. del Cañuelo

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