¿Puede ser Montilla presidente de
Cataluña?
Es ésta una cuestión embarazosa desde la
corrección política e inquietante desde el punto de vista democrático y de
integración social. Es una pregunta que, probablemente, no tendrá una respuesta
definitiva hasta que no estén contadas las papeletas depositadas en las urnas
el próximo octubre. Jordi Pujol fabricó una frase feliz cuando definió al
catalán como la persona que vive y trabaja en Cataluña, pero las frases felices
suelen responder más a los buenos deseos o a la propaganda que a la pura
realidad.
La respuesta no es, desde luego, obvia.
Recientemente, Pasqual Maragall, el presidente en retirada, expresaba sus dudas
respecto a que pudiera ocupar el palacio de San Jordi una persona que no
hubiera nacido en esta bendita tierra. Jordi Sevilla, el ministro del ramo, no
albergaba duda alguna cuando afirmó en voz baja pero al alcance de los finos
micrófonos periodísticos que era demasiado pronto para un charnego.
Para ser justos habría que hacer otra
pregunta no menos inquietante: ¿puede ser un catalán presidente del Gobierno de
España? Este interrogante tampoco ha sido probado en las urnas aunque pueden
plantearse algunos antecedentes poco edificantes. Ha habido muchos primeros
ministros en la España constitucional –de Isabel II hasta nuestros días– y
sólo recuerdo unos pocos presidentes catalanes: el general Prim, que se ganó el
puesto tras destronar a Isabel II en la revolución de 1968; Estanislao
Figueras y Françesc Pi y Margall, en la I República. Hasta ahora no ha habido presidentes de la Generalitat nacidos fuera de Cataluña pero la historia de la Generalitat moderna ha sido mucho más corta.
De la España actual hay que recordar la operación Roca, que se saldó con cero diputados, lo que es difícil explicar sin
la constatación de amplios prejuicios. Felipe González nombró a un
vicepresidente catalán, Narcís Serra, y a punto estuvo de designarle sucesor. No
está demostrado que su lugar de nacimiento fuera la causa de que finalmente
González no se decidiera, pero probablemente fuera un argumento que consideró.
Que Zapatero sea del Barça no parece una prueba suficiente de que tales
prejuicios hayan desaparecido y las reacciones generadas en amplios sectores de
la derecha por la OPA de Gas Natural parecen corroborarlo. También está por
ver, aunque en este asunto el proceso va más rápido, si una mujer puede
alcanzar tan alta responsabilidad.
Pero volviendo a la cuestión inicial –un
catalán de Córdoba en San Jordi– hay que considerar implicaciones muy
complejas. La respuesta a la pregunta maldita no se corresponde totalmente con
un supuesto rechazo de los catalanes de “pura raza”, si es que eso existe, o al
menos de los de larga genealogía acreditadora de apellidos de “pura cepa”, que
de ésos sí hay. Hay que rendirse a la evidencia sociológica de que estos
ciudadanos ya no son la mayoría gracias al dinamismo de la economía catalana.
Mientras se contabilicen todos los votos sin discriminación por apellidos y aun
suponiendo que todos los nacidos en esta tierra votaran como un solo hombre a los
nacionalistas, no tendrían asegurada la victoria.
Si la pregunta enunciada tiene validez no
es, pues, por el veto de los catalanes de hondas raíces, sino por la renuncia a
ejercer sus plenas responsabilidades ciudadanas por parte de los inmigrantes,
que hasta ahora no se han sentido implicados en las elecciones autonómicas a
diferencia de las municipales y las generales. El interrogante decisivo es si
estamos ante una ruptura histórica en la que todos los ciudadanos ejerzan todos
sus derechos, incluido el del voto en las autonómicas. Si es así, si los mal
llamados charnegos acuden en esta ocasión a las urnas un señor que se llama
Montilla (provincia de Córdoba) podría alcanzar el poder en Cataluña.
Naturalmente sólo obtendremos una
respuesta incontrovertible si Montilla gana las elecciones. En caso contrario
habría que estudiar el comportamiento electoral por barrios. Sabremos entonces
si ha primado el esquema izquierda-derecha sobre el de catalanistas-españolistas.
Por otro lado, siempre quedará la duda de si Montilla, un personaje de una
solidez extraordinaria y verdaderamente de izquierdas, ha conseguido, a pesar
de su aparente falta de carisma, entusiasmar a la gente, incluso a la izquierda
catalanista.
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