Hemeroteca
Esta semana
Lista sin maldad
Nº 701
26/6/2006

¿Puede ser Montilla presidente de Cataluña?

  Es ésta una cuestión embarazosa desde la corrección política e inquietante desde el punto de vista democrático y de integración social. Es una pregunta que, probablemente, no tendrá una respuesta definitiva hasta que no estén contadas las papeletas depositadas en las urnas el próximo octubre. Jordi Pujol fabricó una frase feliz cuando definió al catalán como la persona que vive y trabaja en Cataluña, pero las frases felices suelen responder más a los buenos deseos o a la propaganda que a la pura realidad.

La respuesta no es, desde luego, obvia. Recientemente, Pasqual Maragall, el presidente en retirada, expresaba sus dudas respecto a que pudiera ocupar el palacio de San Jordi una persona que no hubiera nacido en esta bendita tierra. Jordi Sevilla, el ministro del ramo, no albergaba duda alguna cuando afirmó en voz baja pero al alcance de los finos micrófonos periodísticos que era demasiado pronto para un charnego.

Para ser justos habría que hacer otra pregunta no menos inquietante: ¿puede ser un catalán presidente del Gobierno de España? Este interrogante tampoco ha sido probado en las urnas aunque pueden plantearse algunos antecedentes poco edificantes. Ha habido muchos primeros ministros en la España constitucional –de Isabel II hasta nuestros días–  y sólo recuerdo unos pocos presidentes catalanes: el general Prim, que se ganó el puesto tras destronar a Isabel II en la revolución de 1968;  Estanislao Figueras y Françesc Pi y Margall, en la I República. Hasta ahora no ha habido presidentes de la Generalitat nacidos fuera de Cataluña pero la historia de la Generalitat moderna ha sido mucho más corta.

De la España actual hay que recordar la operación Roca, que se saldó con cero diputados, lo que es difícil explicar sin la constatación de amplios prejuicios. Felipe González nombró a un vicepresidente catalán, Narcís Serra, y a punto estuvo de designarle sucesor. No está demostrado que su lugar de nacimiento fuera la causa de que finalmente González no se decidiera, pero probablemente fuera un argumento que consideró. Que Zapatero sea del Barça no parece una prueba suficiente de que tales prejuicios hayan desaparecido y las reacciones generadas en amplios sectores de la derecha por la OPA de Gas Natural parecen corroborarlo. También está por ver, aunque en este asunto el proceso va más rápido, si una mujer puede alcanzar tan alta responsabilidad.

Pero volviendo a la cuestión inicial –un catalán de Córdoba en San Jordi–  hay que considerar implicaciones muy complejas. La respuesta a la pregunta maldita no se corresponde totalmente con un supuesto rechazo de los catalanes de “pura raza”, si es que eso existe, o al menos de los de larga genealogía acreditadora de apellidos de “pura cepa”, que de ésos sí hay. Hay que rendirse a la evidencia sociológica de que estos ciudadanos ya no son la mayoría gracias al dinamismo de la economía catalana. Mientras se contabilicen todos los votos sin discriminación por apellidos y aun suponiendo que todos los nacidos en esta tierra votaran como un solo hombre a los nacionalistas, no tendrían asegurada la victoria.

Si la pregunta enunciada tiene validez no es, pues, por el veto de los catalanes de hondas raíces, sino por la renuncia a ejercer sus plenas responsabilidades ciudadanas por parte de los inmigrantes, que hasta ahora no se han sentido implicados en las elecciones autonómicas a diferencia de las municipales y las generales. El interrogante decisivo es si estamos ante una ruptura histórica en la que todos los ciudadanos ejerzan todos sus derechos, incluido el del voto en las autonómicas. Si es así, si los mal llamados charnegos acuden en esta ocasión a las urnas un señor que se llama Montilla (provincia de Córdoba) podría alcanzar el poder en Cataluña.

Naturalmente sólo obtendremos una respuesta incontrovertible si Montilla gana las elecciones. En caso contrario habría que estudiar el comportamiento electoral por barrios. Sabremos entonces si ha primado el esquema izquierda-derecha sobre el de catalanistas-españolistas. Por otro lado, siempre quedará la duda de si Montilla, un personaje de una solidez extraordinaria y verdaderamente de izquierdas, ha conseguido, a pesar de su aparente falta de carisma, entusiasmar a la gente, incluso a la izquierda catalanista.

  José García Abad

Hemeroteca Lista sin maldad