Pere Saborit (Manlleu, Barcelona, 1961)
es doctor en Filosofía y realiza su docencia en la Facultad de Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y en el IES Banús de la
localidad barcelonesa de Cerdanyola del Vallès. Autor de libros como Breu
assaig sobre el no res (Breve ensayo sobre la nada), El plat preferit dels cucs
(El plato preferido de los gusanos) y Anatomía de la ilusión, Saborit resultó
finalista del XXXIV Premio Anagrama de Ensayo por su último libro, Vidas
adosadas. El miedo a los semejantes en la sociedad
contemporánea. En esta entrevista, Saborit plantea que el ser humano “es un
gran desconocido para sí mismo”. Asegura que “el miedo
es el elemento central” en los seres
humanos. Considera que frente a la “tendencia totalitaria, o totalizante, de
toda ideología, tenemos la ventaja, hoy en día, de limpiar el campo del
pensamiento. Se trata de que nadie se erija como representante de toda la
especie humana y todos hablemos desde el punto de vista histórico”.
Por Paco Soto (Barcelona)
Según Julia Kristeva –usted la cita en
su libro Vidas adosadas–, somos “extranjeros para nosotros mismos”. Vivimos en
compartimentos estancos y siempre a la defensiva. ¿Cómo hemos llegado a esta
situación en nuestra sociedad capitalista posmoderna?
—Julia Kristeva, en uno de sus libros,
Extranjeros para sí mismos, siguiendo la tradición psicoanalítica de Freud,
destaca que el hombre, y con él la ciencia y la filosofía contemporáneas, ha
descubierto que es un gran desconocido para sí mismo. Es lo que planteo en mi libro.
Pero pienso que esto no es negativo en sí mismo. El problema no es tanto el
miedo a los semejantes, sino cuando esto se toma como motivo de desorientación,
al pensar que como no hay conocimiento claro de uno mismo y de los demás, nunca
podremos saber cuál es la mejor manera de relacionarnos.
—En cualquier caso, usted destaca que, si
bien no es un fenómeno nuevo en la historia, sí se ha acrecentado en la
sociedad contemporánea. ¿Cómo ha sido este proceso?
—Creo que el miedo es el elemento
central. El miedo y los recelos. Siempre hay muchos motivos para el miedo,
históricamente, pero también desde el punto de vista antropológico y
sociológico y hasta biológico. El ser humano siempre ha manifestado cierta desconfianza
a los demás a la hora de repartirse el territorio y el espacio y convivir. Esto
es un elemento que está en la naturaleza humana. En todo caso, a mí lo que me
interesa es analizar los nuevos tipos de miedo que se añaden, complementarios a
los demás. Es el miedo del que Nietzsche habla en El último hombre. Los nuevos
miedos de nuestra época están directamente relacionados con la desorientación
que vive la humanidad.
—¿A qué se refiere exactamente?
—Pues a que se han perdido las formas
tradicionales de reparto de identidades entre hombres y mujeres, niños y
adultos, los nuestros y los extranjeros. Es mucho más difícil ahora
identificarse con una posición y a partir de ahí relacionarse con los demás.
Las formas tradicionales de reparto de identidades han entrado en crisis.
—Sin embargo, usted piensa que somos
seres sociales abocados a la convivencia.
—Efectivamente. A pesar del subtítulo de
mi libro, “El miedo a los semejantes en la sociedad contemporánea”, tenemos que
aprender a convivir y asumir que todos somos extranjeros, en el fondo. Somos
extranjeros para los otros y para nosotros mismos. Lo que nos falta son nuevas
pautas, pero, de todos modos, no es necesario añorar las viejas formas del
pasado, ni sentir nostalgia por esas formas que clasificaban tan nítidamente a
las personas. El hecho de que se hayan perdido y caído en desgracia no tiene
que ser un motivo de lamento, sino todo lo contrario: tenemos que aprender a
asumir la semejanza entre los seres humanos y entender que ya no son necesarias
las formas tradicionales de relación y de sociabilidad. Si lo asumimos, sería
la oportunidad para desarrollar un tipo de convivencia más afirmativa.
—En su libro desenmascara el mito del yo
plenamente autónomo. ¿Este mito es la nueva ideología de la posmodernidad?
—Sí. Lo que pasa es que el yo autónomo, o
totalmente autónomo, lo que ha traído es una nueva forma de autismo social. No
me refiero a la autonomía como forma de tener iniciativa y no depender
exclusivamente de los demás, que es una idea que nos viene del pensamiento
libre de la Ilustración, sino a la autonomía entendida como rechazo de los
demás. El problema es que esta autonomía, cuando se lleva al extremo, se
convierte en una patología. Ya no es autonomía, es una huida de la necesaria
dependencia de los demás. En el marco de estos mitos contemporáneos, esta
autonomía nos lleva a negar todo tipo de relación con los demás, a no aprender,
a negar al otro, a no amar. Yo defiendo el yo que equivale a espíritu libre e
independiente, pero hay que criticar el yo ’autista que no nos lleva a ninguna parte.
—¿Este yo tiene connotaciones ideológicas
y políticas?
—Por supuesto. Es el yo que habla de
individuos al margen de la sociedad, que es todo lo contrario de lo que
hicieron los grandes pensadores de la Ilustración, el propio Marx, o antes de él también Kant. Estos pensadores defendían la autonomía del ser humano en
cuanto a que éste no dependiera de la religión o de las costumbres. Hoy en día
se entiende la autonomía en el sentido individual; se habla de que uno no
dependa de los demás. Es un yo al margen de la sociedad real y concreta, como
si la sociedad fuera un ente metafísico y al margen de nosotros mismos.El
pensamiento neoliberal ultraconservador se nutre de esta ideología y rechaza
todo lo que huela a necesidad. Ahora todo se guía en función del deseo, como lo
demuestra la publicidad, que trata a los seres humanos como objetos que
consumen y sin iniciativa.
—¿Cree que el desarrollo de las nuevas
tecnologías ha contibuido a expandir el mito del yo patológico?
—Por un lado sí, pero, al mismo tiempo,
la tecnología no sería la que es si antes no hubiera una demanda. Siempre hay
que recordar que el mismo desarrollo de la tecnología presupone una escala de
valores previa. La tecnología, sin duda, contribuye a la posibilidad de llevar
a cabo una vida más cómoda y poder prescindir en mayor medida de los demás,
pero no es el factor explicativo del yo autista.
—En Vidas adosadas, desarrolla una
crítica muy dura contra el relativismo total que vivimos en las sociedades
occidentales. ¿No cree, de todas maneras, que los grandes mitos de la
modernidad, como la idea de progreso, han entrado en crisis, y con ellos las
ideologías totalitarias que pretendían tener respuesta a todo? ¿No es lícito
que se cuestionen las verdades absolutas?
—Yo lo que critico es el relativismo
total, y lo critico cuando se convierte en una ideología, en otra religión. El
relativismo total es la pretensión de hablar desde un punto de vista desde el
cual se olvida que sólo es un punto de vista parcial. El relativismo total, el
todo vale, ha sustituido al pensamiento divino religioso. El ser humano, aunque
se nutre de la posibilidad de hablar desde el punto de vista global,
intelectual, no puede olvidar que lo hace también desde el punto de vista
histórico, aquí y ahora. Hacerlo de otro modo es construir una nueva religión,
en el sentido de que se olvida el contexto histórico. No se puede olvidar nunca
este punto de vista desde el que se controla todo, pues lo realiza un ser
humano que vive un momento en la historia y en el espacio. La parte positiva es
que el relativismo contemporáneo permite hacer un poco de limpieza en el mundo
del pensamiento, replantear las cosas. En este sentido, creo que vivimos un
buen momento histórico porque, ahora que las grandes ilusiones y creencias se
cuestionan, se puede relanzar un pensamiento nuevo. La crisis de las grandes
certezas no tiene que ser motivo de miedo, sino de celebración, hay que
celebrar que tenemos una gran oportunidad para hacer limpieza.
—De todas maneras, ¿no le parece que la
pretensión totalizante es el problema de toda ideología, que, en palabras del
propio Karl Marx, no deja de ser “una falsificación de la realidad”?
—Sí, desde luego. Pero frente a esta
tendencia totalitaria, o totalizante, de toda ideología, creo que tenemos la
ventaja hoy en día de limpiar el campo del pensamiento. Se trata de que nadie
se erija como representante de toda la especie humana y todos hablemos desde el
punto de vista histórico.
—En el terreno estricto de la política,
plantea en su libro que hemos reducido el interés por la cosa pública a la
ética. ¿Daremos un nuevo paso y reduciremos la ética a la estética?
—Estamos en ello. Yo lo planteo en el
sentido crítico. El yo individualista reduce toda la cuestión social a la
satisfacción de relaciones personales y reduce la política a una cuestión
meramente ética o al ámbito de las leyes y las instituciones. Esto es una
barbaridad, porque la política, aunque hoy en día esté muy desprestigida, no se
puede reducir a una cuestión meramente ética. La política es un hecho, y es
absurdo que un individuo pretenda mirar la política como un fenómeno externo.
El juego político, nos guste o no, siempre forma parte de nosotros. Otra cosa
es cómo se utiliza la política. Por eso se corre el peligro de que la ética se
convierta en una actividad estética y puramente personal. Eso sería otra vuelta
de tuerca a ese individualismo encerrado en sí mismo. Históricamente, la
estética y el individualismo se desarrollan juntos. Es lo que ha ocurrido con
la modernidad, que reduce la estética al mundo personal de las sensaciones o de
los sueños.