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| Nº 700 - 19 de junio de 2006 |
Elogio del fútbol
por Joaquín Leguina N o sé si quienes inventaron el balompié moderno idearon una metáfora de la guerra o si, simplemente, aquellos británicos crearon el deporte, tal como lo conocemos hoy, con el objeto de entrenar a la juventud victoriana en la lucha militar en pro de su imperio. Naturalmente, prefiero la primera hipótesis, pues me permite admirar la inteligencia de aquellos ingleses. Orientar las pulsiones agresivas al triunfo incruento es una genialidad humanitaria, filantrópica, aunque soy consciente de que la hipótesis se resiente al contemplar a hinchas, barras bravas, hooligans y otros animales cuando se agavillan en torno al fútbol para producir todo tipo de destrozos físicos y morales. Los torneos medievales pretendían reducirla lucha sin cuartel a una justa en la que los nobles caballeros se batían ateniéndose a unas reglas prefijadas, pero aquello tenía más de circo romano que de encuentro deportivo. El deporte moderno no es de élites, sino de masas y son éstas, las masas, quienes, de entre sus filas, suministran las élites, es de entre esas masas de donde salen los superdotados deportistas que hacen vibrar al público. También es fácil percibir en ese sentimiento masivo la admiración ante la superación de la dificultad, la loa a la excelencia, el reconocimiento del talento y también la identificación con nuestros colores. Y entre todos los deportes de equipo (porque es en equipo como, de verdad, se defienden nuestros colores) descolla el fútbol, al me-nos, en Europa, África y buena parte de América. ¿Por qué? No se trata, a mi juicio, de un fenómeno de psicología ignota y profunda, sino, pura y simplemente, de oportunidad. Quiero decir que el fútbol es un deporte-juego que produce más fácilmente que otros los incentivos que ha de tener todo gran espectáculo. A saber: 1) Admiración ante la dificultad superada, es decir, ante la perfección y 2) Emoción. 1) Dificultad: El fútbol es un juego de pelota que se realiza, básicamente, con los pies. De pelota, es decir, que pertenece a la clase más atractiva y extendida de los deportes y, además, con los pies, es decir, sin utilizar (excepto el portero y el saque de banda) las manos, lo que añade serias dificultades al aprendizaje y al manejo. Dominio del espacio-largo, el del fútbol, que sólo es superado por los buenos golfistas, pero el golfista domina un espacio-largo estático, mientras que el futbolista se enfrenta con un espacio-largo en movimiento, lo cual añade a las propias las dificultades del billar. Quienes, al oír expresarse torpemente a algunos futbolistas en la radio o en la televisión, concluyen que es un juego donde triunfan patanes sin un átomo de inteligencia, no saben lo que dicen. Todo deportista de élite posee un talento superior. Las facultades físicas ayudan pero eso de poco vale sin la inteligencia, es decir, sin una notable capacidad para adecuar los medios a los fines. Todo lo bello es muestra del mejor talento humano y el fútbol, el buen fútbol, es bello. 2) Emoción. La emoción en el fútbol es el resultado de la incertidumbre y de la escasez de goles. El fútbol, mucho más que la inmensa mayoría de deportes, está lleno de incertidumbre. A esa incertidumbre colaboran en gran medida las reglas y sus intérpretes, los árbitros. Un deporte que ha consagrado la regla del fuera de juego ha renegado de la sencillez (en las reglas y, sobre todo, en su interpretación). Intentemos definir la falta llamada fuera de juego(off side), que consiste en penalizar no una acción, sino una posición. Esta falta se sanciona cuando, en el momento en que el jugador A toca la pelota, entre el jugador B de su mismo equipo –a quien va destinada y estando B más allá de la línea que divide los dos campos– y la puerta contraria hay menos de dos jugadores adversarios. Lo más grave no es que la definición sea un galimatías, sino que aplicar la norma exige que el árbitro o juez de línea mire simultáneamente hacia dos puntos en movimiento. Como es sabido, el cerebro humano no está en condiciones de discernir en tales casos los mensajes que recibe a través del nervio óptico. Esto lo sabían quienes hicieron la norma y lo saben quienes la mantienen. Lo que se desea es que los árbitros se equivoquen... y, en efecto, éstos lo hacen muy a menudo. De hecho, la mayor parte de los fuera de juego que se pitan no lo son, reduciendo así el número de goles que se marcan. Y ya se sabe: número de goles y emoción mantienen una relación inversamente profesional. |
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