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Nº 700 - 19 de junio de 2006

La UE lanza una campaña de cambio de hábitos cotidianos

Contra el cambio climático

El calentamiento de la atmósfera por el efecto invernadero, producido por las emisiones de CO2, ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una realidad palpable que ya se hace notar sobre la vida en el planeta, nuestras condiciones cotidianas y nuestra economía. Coincidiendo con la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, la Unión Europea ha lanzado una campaña de sensibilización ciudadana que tiene como objetivo impulsar el cambio de determinados hábitos de consumo para reducir notablemente estas emisiones, en aras del cumplimiento de los acuerdos recogidos en el Protocolo de Kioto. En España esta campaña está auspiciada por el Ministerio de Medio Ambiente y fue presentada el pasado 5 de junio por la ministra del ramo, Cristina Narbona. La situación medioambiental en nuestro país presenta peores parámetros, en general, que la media de la UE, en buena medida, porque el mayor crecimiento económico español se sustenta en actividades como la construcción y el turismo, muy agresivas con el medio y que necesitan de un mayor consumo energético y de recursos naturales.

Por Pedro Antonio Navarro

Coincidiendo con la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, la titular de esta cartera, Cristina Narbona, presentaba a los medios la campaña impulsada por la Comisión Europea, “Tú controlas el cambio climático”. El objetivo es el de sensibilizar a la población de la UE para que introduzca determinados cambios en sus hábitos cotidianos de consumo, y con ello conseguir una perceptible disminución de la emisión de CO2 a la atmósfera, para reducir el calentamiento que provoca el efecto invernadero. Se calcula que los hogares son los responsables del 16 por ciento del total de estas emisiones. De esta proporción, un 61 por ciento se debe a la producción y consumo de energía, sobre todo, calefacción y electricidad, mientras que otro 21 por ciento corresponde al transporte.

Para un objetivo tan ambicioso, no parecen excesivos los 4,7 millones de euros que la Unión Europea va a gastarse en sus 25 países miembros para la promoción de esta iniciativa. Y eso que la campaña incluirá anuncios en televisiones, radios y medios escritos. También, en próximas fechas, podremos contemplar algunas fachadas de edificios oficiales cubiertas por carteles gigantes, y hasta algunas de las más emblemáticas estatuas de nuestras ciudades lucirán de modo llamativo algunas de las enseñas de este programa europeo.

Durante la presentación, la ministra de Medio Ambiente reconocía que “España es un país bastante más vulnerable que otros al fenómeno del cambio climático, por la calidad de nuestros suelos y por nuestra situación geográfica”. Más optimista en sus declaraciones se mostraba el director de la Representación española de la Comisión Europea, José Luis González Vallvé, que en su declaración de intenciones explicaba que “lo que pretendemos con esta campaña es motivar a todos los ciudadanos europeos a sumarse a la lucha contra el calentamiento del planeta y a demostrar que la contribución individual de cada uno de ellos tien una importancia crucial. Si todos colaboramos, podemos lograr una reducción sustancial de las emisiones de gases de efecto invernadero, manteniendo nuestra calidad de vida y logrando, incluso ahorrar dinero. (...) Si todos los europeos aportamos nuestra contribución, ganaremos la batalla al cambio climático”.

La situación en nuestro país en este aspecto es peor que la de la media de nuestros socios comunitarios. El mayor crecimiento económico español (aproximadamente el doble de la media comunitaria, cada año), está directamente relacionado con un incremento sin parangón en el mundo del proceso de urbanización, y también de un uso intensivo de la energía y de los recursos naturales. Cada vez se aumentan las presiones sobre el medio ambiente. Las emisiones de gases de efecto invernadero se sitúan en cotas muy alejadas de lo que establece el cumplimiento de las establecidas por el Protocolo de Kioto (1997) para España. Por ejemplo, pese a las mejoras tecnológicas de los automóviles, cada vez menos contaminantes, el crecimiento del parque móvil y de la utilización del transporte arrojan unos datos globales poco estimulantes.

En términos generales también encontramos indicadores positivos; crecen los espacios naturales protegidos y la supertficie dedicada a la agricultura ecológica. Se incrementa notablemente la depuración de aguas residuales y se deja sentir el efecto del reciclado de residuos urbanos, al tiempo que van siendo más las empresas que cuentan con certificación ambiental.

Pero estos datos positivos no son suficientes para invertir la tendencia negativa que, no solo en España, sino también en el resto de naciones comunitarias y, por supuesto en Estados Unidos –el campeón destacado de la contaminación que, ni siquiera ha suscrito el Protocolo de Kioto-, China o India.

Durante el último siglo, la temperatura global del planeta ha aumentado 0,6º C -1ºC en Europa-, especialmente en la pasada centuria y en lo que llevamos de ésta. El siglo XX fue el más cálido, y la década de los 90 fue la más calurosa del último milenio. La inmensa mayoría de los científicos se han puesto de acuerdo en diagnosticar que este incremento de la temperatura global obedece a las concentraciones de gases de efecto invernadero emitidos como oinsecuencia de nuestra actividad económica. Los gases provocan que la energía que llega a la Tierra procedente del sol tarde más tiempo en ser devuelta al exterior. Hay que diferenciar este efecto del fenómeno natural del calentamiento atmosférico, imprescindible para la vida tal y como la conocemos, ya que sin su existencia, la temperatura del planeta descendería más de 30ºC.

El calentamiento artificial está provocando una serie de cambios no achacables a este fenómeno natural que tienen unas consecuencias imprevisibles y que cambiarán la faz del planeta tal y como ahora lo conocemos. Los casquetes polares se están fundiendo. Desde las últimas décadas, la superficie helada del Océano Glacial Ártico ha disminuido en un 10 por ciento, y el grosor de la capa de hielo se ha reducido en un 40 por ciento. El hielo de Groenlandia se funde y se trasvasa al mar en forma de agua a un ritmo vertiginoso. Mientras en 1996 se vertían 90 kilómetros cúbicos, en 2005 se pasaba a 220.

El aumento de temperatura también está acabando con los glaciares. Los científicos estiman que nueve de cada 10 glaciares en el mundo se están derritiendo. En 2050, el 75 por ciento de los glaciares de los Alpes habrán desaparecido. El vertido del hielo derretido al océano está haciendo subir el nivel del mar. En los últimos cien años ha ascendido entre 10 y 25 centímetros, según las zonas, y está previsto que suba 88 centímetros de media en 2100. Este cambio podría afectar más de 70 millones de personas en Europa que viven en las costas.

La pérdida de biodiversidad es otra de las consecuencias inmediatas. Un buen número de especies animales y vegetales desaparecerán por su incapacidad para adaptarse a la nueva situación. La fauna ártica y antártica está en primera línea de peligro,  mientras que ya se están detectando migraciones anormales de especies animales hacia latitudes más altas buscando un clima más frío. Otro tanto sucede con la producción alimentaria. Además de la erradicación de la diversidad de cultivos en beneficio de los más rentables, las olas de calor, como la que tuvo lugar en 2003, han ocasionado una caída en la producción de más del 30 por ciento. Si la temperatura ascendiera una media de 1,7ºC, las consecuencias serían catastróficas para la agricultura en las zonas tropicales y subtropicales, mientras que en Europa padeceríamos una ola de calor semejante a la de 2003, ¡cada dos años!. En aquel año, 20.000 ciudadanos comunitarios fallecieron como consecuencia directa de las altas temperaturas.

La escasez de agua, uno de los principales problemas actuales, con más de una quinta parte de la población mundial sin acceso a su consumo en condiciones higiénicas suficientes, afecftaría al doble de población si las temperaturas se incrementaran en 2ºC.

Otro de los efectos devastadores del cambio climático que ya estamos constatando es el del anormal incremento de catástrofes naturales. En la última década, el número de estos fenómenos se ha triplicado con respecto a la década de los 60. 2005 arrojó el récord absoluto de huracanes, nada menos que 15. A todo esto hay que añadir la multiplicación de incendios forestales relacionados directamente con el incremento de la temperatura.

El cambio climático encierra otras desagradables “sorpresas”. Un aumento de las temperaturas facilitará el desplazamiento de los mosquitos y los insectos que provocan enfermedades tropicales, como la malaria o el dengue, hacia zonas en las que hasta ahora no ha encontrado un hábitat adecuado. Se calcula que un incremento de 2º C situaría automáticamente en zona de peligro a 210 millones de personas que, hasta ahora, se han visto libres de esta amenaza.

Los expertos calculan que la temperatura global del planeta podría subir entre 1,4 y 5,8º C hasta final de siglo, lo que para europa representaría un incremento de entre 2 y 6,3ºC. Durante la última Edad del Hielo conocida –hace 11.500 años-, la temperatura global fue sólo de 5º C menos que la actual. Pero algo tendremos que ver en esto. La media de emisiones de gases de efecto invernadero por cada habitante de la UE, se sitúa en 11 toneladas por persona y año. Bien es cierto que el mayor porcentaje proviene de la actividad industrial, y no de los usos cotidianos, aunque constituyendo el siete por ciento de la población mundial, Europa consume el 20 por ciento de todos los recursos naturales de la Tierra, y su cuota de emisiones de gases supone el 14 por ciento del total mundial, pese a que, caso de cumplir sus compromisos internacionales en esta materia, en 2010 se verá reducida a sólo el ocho por ciento.

LA SITUACIÓN EN ESPAÑA

E spaña se encuentra más lejos del cumplimiento de sus compromisos medioambientales que la media de los países que integran la Unión Europea. El mayor crecimiento económico con respecto a nuestros vecinos se sustenta en áreas económicas que resultan más agresivas para el medio ambiente, y que también producen mayor consumo de combustibles y recursos naturales y, por tanto, mayor contaminación. La construcción y el turismo son los dos pilares fundamentales de este crecimiento, y a su vez, la causa del mayor grado de incumplimiento de estos compromisos.

En nuestro país está aumentando el tamaño de las aglomeraciones en zonas urbanas y la ocupación urbanística del litoral está llegando a cotas verdaderamente salvajes. La despoblación de las zonas rurales y la tendencia a la concentración en grandes municipios, además de la incidencia negativa directa sobre las actividades económicas como agricultura y ganadería, y del innegable impacto sobre la diversidad biológica, está produciendo unos desequilibrios territoriales de enorme magnitud. El 79 por ciento de la población española, y el 78 por ciento de la vivienda construida se concentra en el 12 por ciento de los municipios. Éstos sólo ocupan el 19 pòr ciento del territorio nacional. Esta situación se vuelve mucho más exagerada aún en las zonas del litoral, en las que la superficie urbanizada en el área comprendida en el primer kilómetro de costa ha crecido exponencialmente, de modo particular en la costa de la comunidad Valenciana, en la Región de Murcia, en Baleares, en la Comunidad Canaria y en zonas muy concretas de la Comunidad Andaluza –básicamente en la malagueña Costa del Sol-, donde la especulación urbanística ha hecho estragos. Este año se calcula que se construirán más de 800.000 nuevas viviendas en territorio nacional, de las que sólo la mitad serán habitadas una vez que lleguen al mercado. El otro 50 por ciento quedará en manos de especuladores. El ratio de personas por vivienda en España será de dos a finales de esta década, el más alto del mundo. En el pasado 2005 se construyeron más viviendas en España que en Francia, Italia, Reino Unido y Alemania ¡juntas!. En algunas provincias, el litoral urbanizado excede la mitad de la longitud de toda su costa.

Pero no es únicamente la indiscriminada construcción y la agresión al suelo que supone, el principal problema. Entre 1990 y 2003, las emisiones totales de gases de efecto invernadero a la atmósfera aumentaron en un 40,6 por ciento, lo que nos aleja un 25,6 por ciento del cumplimiento de los compromisos establecidos en el Protocolo de Kioto –que es de obligado cumplimiento para todos los países miembros de la Unión Europea-. En 2003, España emitió 402 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera.

Una parte importante de estas emisiones fueron debidas a las actividades de transporte. La demanda de transporte de mercancías y pasajeros ha crecido en nuestro país muy por encima de la media europea. En el mismo periodo 1990 – 2003, el transporte nacional creció un 84 por ciento –el de mercancías casi se duplica, con un 99 por ciento de incremento-. Además, fueron directos responsables de esta situación la enorme inversión en infraestructuras, la urbanización tan dispersa y el crecimiento exponencial del parque móvil que, pese a las nuevas tecnologías menos contaminantes de los nuevos automóviles, no consiguieron reducir las emisiones al haber muchos más vehículos circulando por nuestras carreteras. A esto hay que añadir el notable aumento del tráfico aéreo. Para corregir estos efectos se ha puesto en marcha un Plan Estratégico de Transportes e Infraestructuras, que abarca el periodo entre 2005 y 2020, con el que se pretende fomentar el uso del ferrocarril y el transporte marítimo, especialmente para las mercancías, al tiempo que se intentará promover el uso de los transportes públicos para el caso de los viajeros.

Otro dato alarmante está en el incremento de la producción de residuos, aunque en este capítulo, las estadísticas de la UE tampoco son mejores. La generación de residuos ha ido creciendo de modo constante en los últimos años. En 2003 ya eran más de 500 kilos por habitante y año, aunque como contraparte positiva, también ha aumentado notablemente el reciclado, especialmente de vidrio, papel y cartón, y ha decrecido el uso de vertederos.

Aunque la superficie de espacios considerados protegidos es mayor cada año, innumerables amenazas se ciernen sobre nuestros ecosistemas, tanto terrestres como marítimos. El efecto de la defoliación en nuestros bosques se ha hecho más patente, contando con un número cada vez menor de árboles sanos. En cuanto a especies animales, en 2005, el 13,7 por ciento de los vertebrados presentaba algún grado de amaenaza, según el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas. Afectaba en mayor medida a las aves, un 47 por ciento, un 10 por ciento de mamíferos y un ocho por ciento de reptiles. Del mismo modo, la capacidad de pesca de la flota española ha disminuido de modo alarmante. Entre 2000 y 2003, el descenso de capturas fue del 17,8 por ciento, y en aguas adyacentes ascendió al 37,6 por ciento. El mayor peso que se le está dando a la acuicultura en granjas marinas no suple este descenso, además de plantear nuevos retos medioambientales.

Está claro que las mayores amenazas al medio ambiente en España están ocasionadas por modelo productivo expansivo. El boom de la construcción conlleva una amplia ocupación del territorio, cambios de usos, la impermeabilización del suelo y la agresión y división de ecositemas y hábitats naturales de muchas especies. El incremento en la demanda de transporte ha provocado el desarrollo de gigantescas infraestructuras y ha disparado la demanda de combustible. El turismo, por su parte, ha ejercido una gran influencia negativa en muchos ecosistemas, especialmente en las zonas costeras. Mientras, la agricultura ha variado su desarrollo en los últimos tiempos. El hecho de las tierras fértiles cercanas a las ciudades hayan cambiado su uso por el urbano a través de la expansión de estas poblaciones, ha obligado a cultivar tierras menos fértiles que requieren de un mayor uso de fertilizantes, lo que provoca un incremento de la contaminación de los terrenos y también de los acuíferos. A pesar del Plan Nacional de Regadíos, con una clara intención de modificar la situación, es la agricultura de regadío, precisamente, la más voraz consumidora de un recurso tan escaso como es el agua. Este tipo de explotaciones agrícolas consumen el 77 por ciento del agua nacional.

Para conseguir la aspiración, casi universal, de un desarrollo sostenible, es preciso conseguir desvincular este crecimiento económico de la presión que ejerce sobre los recursos naturales y los ecosistemas. Es lo que se denomina ecoeficiencia. Uno de los aspectos en los que resulta más necesaria la racionalización de la explotación es el del agua. Entre 1990 y 2003 el consumo de agua en España creció por encima del incremento del Producto Interior Bruto (PIB). Del mismo modo hay que empezar a separar el desarrollo de un mayor consumo energético y, consecuentemente de una mayor capacidad de contaminación. En este periodo mencionado de 1990 a 2003, el consumo energético aumentó en un 50 por ciento, y en casi idéntica proporción, las emisiones de CO2 a la atmósfera, mientras que la media comunitaria marca una tendencia contraria.

En el terreno agrícola, además del exagerado consumo de agua, también nos encontramos con un abusivo incremento en el uso de pesticidas y plaguicidas. La utilización de estos elementos altamente contaminantes se disparó un 30 por ciento entre 1997 y 2004. Parecidas estadísticas arrojan los fertilizantes. Si en 1995 eran empleados 115 kilos por hectárea, de media, en 2004 se pasaba a casi 143 kilos por hectárea. Esta tendencia se ha demostrado mucho más acusada en las regiones mediterráneas.

A todo esto hay que añadir la creciente incidencia de los incendios forestales, las sequías, las inundaciones periódicas y el imparable proceso de desertización.

Frente a un panorama tan desolador, también se producen señales positivas. La tendencia marca un aumento constante y sostenido de los espacios protegidos en el territorio nacional. Entre 1994 y 2004, esta superficie se incrementado en un 104 por ciento, al tiempo que se han habilitado áreas de conservación de la biodiversidad, entre las que destacan las Zonas Especiales de Protección para las Aves y los denominados Lugares de Interés Comunitario. También se ha avanzado considerablemente en la depuración de aguas residuales, lo que redunda en la mejora de la calidad de las cuencas hídricas, las aguas subterráneas y el litoral.

La agricultura ecológica, aunque incipiente, va ganado espacio y mercados, como se va notando la conciencia ciudadana en el reciclaje de residuos. Igualmente se detecta una apuesta creciente por el uso de energías renovables. El porcentaje de estas energías en la producción de electricidad en España es superior a la media comunitaria, llegando en 2004 al 19,8 por ciento, ya muy próximo al objetivo fijado por la propia UE, del 22 por ciento para el año 2010. Estas energías renovables también ganan terreno en el consumo de energía primaria, situándose en 2004 en el 6,3 por ciento del total –la UE establece el 12 por ciento como objetivo en 2010-. España es el segundo país del mundo en implantación de energía eólica; ésta supone un 5,5 por ciento en nuestra producción de electricidad, mientras que un 0,8 por ciento se obtiene del combustible de biomasa, y el 0,72 por ciento restante se reparte entre biogás y energía solar fotovoltaica.

Se impone la acción: ¿qué hago?

Es evidente que la actividad cotidiana de cada ciudadano no es la responsable directa de la mayor parte de las agresiones que recibe el medio ambiente como consecuencia del modelo de desarrollo humano, especialmente en el primer mundo. Se calcula que en la Unión Europea, de todas las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera, un 16 por ciento son de origen doméstico. Pero, con ser un porcentaje pequeño en comparación al de las actividades económicas productivas, es una cantidad relevante sobre la que se puede incidir.

Desde hace años, los diferentes departamentos de Medio Ambiente vienen poniendo en marcha una serie de campañas en las que se ofrecen consejos para reducir consumos –y de paso conseguir un ahorro, también familiar- y contaminación. En la actual iniciativa de la Comisión Europea para la sensibilización ciudadana sobre el problema del cambio climático, se da un extensivo repaso a una serie de acciones sencillas que pueden conseguir un drástico recorte contaminante, que trataremos de resumir en estas páginas.

Tirar los envases de vidrio al contenedor adecuado y separar papel, cartón, plástico y latas del resto de la basura. El reciclaje de una lata de aluminio puede ahorrar el 90 por ciento de la energía empleada en fabricar una nueva. Por cada kilo de aluminio se emiten nueve kilos de CO2 a la atmósfera. Cada kilo de plástico reciclado evita 1,5 kilos de CO2, mientras que un kilo de papel reciclado supone 900 gramos menos de CO2.

Llevar una bolsa reutilizable al ir a la compra y no utilizar las bolsas de plástico.

Escoger productos con poco envase y adquirir botellas de plástico grandes. Una con capacidad de 1,5 litros requiere menos energía para su fabricación y produce menos residuos que tres de 0,5 litros.

Compartir el coche con compañeros para ir al trabajo; utilizar el transporte público o caminar si las distancias lo permiten. Por cada litro de combustible que quema el motor de un automóvil se emiten a la atmósfera 2,5 kilos de CO2.

Al cambiar de coche se debe tener en cuenta el consumo del nuevo vehículo. La legislación europea establece que los fabricantes están obligados a informar sobre las emisiones de CO2 y el consumo de combustible de los vehículos nuevos en su publicidad.

La velocidad es un factor muy importante en el consumo. Desplazarse a más de 120 kilómetros por hora aumenta en un 30 por ciento el consumo de combustible. Es aconsejable llevar el coche en las marchas altas (cuarta, quinta o sexta) la mayor parte de tiempo posible, porque requieren menos revoluciones del motor y, por tanto ayudan a un menor gasto.

Al poner el coche en marcha, debe hacerse sin pisar el acelerador. Procurar subir una marcha lo antes posible y mantener la velocidad constante. De este modo, el ahorro de gasolina o gas-oil será de un cinco por ciento.

Se debe revisar con asiduidad la presión de los neumáticos. Si la presión, por ejemplo, está 0,5 bares por debajo de lo indicado por el fabricante, el vehículo consume un 2,5 por ciento más para superar la mayor resistencia. A mayor consumo, mayor emisión de CO2 en proporciones equivalentes.

Utilizar con moderación el aire acondicionado del coche. Cuando está en funcionamiento, tanto el consumo de carburante, como las emisiones de CO2 se incrementan en un cinco por ciento, aproximadamente.

Conviene recordar apagar las luces de una habitación cuando se sale de ella. Si se apagan de este modo cinco luces en una vivienda, el ahorro puede ser el equivalente a 60 euros al año, pero, sobre todo, evita la emisión de 400 kilos de CO2 anualmente.

Es recomendable el uso de bombillas y fluorescentes de bajo consumo. Cada uno de estos artilugios puede ahorrar en la cuenta de la luz unos 60 euros al año y evitar, por cada una, la emisión de 400 kilos de Co2 a la atmósfera. Aunque su precio en el mercado es más caro, su duración media está calculada en diez veces más que una bombilla convencional, con lo que, a la larga, resultan mucho más económicas.

Otra recomendación interesante es la de no dejar los aparatos eléctricos y electrónicos, como televisiones o equipos de sonido en la posición stand-by (en espera). Es preferible desconectar por completo el aparato, pulsando el botón de apagado-encendido (on-off en la mayoría de estos electrodomésticos). Si la televisión permanece encendida tres horas al día, y las otras 23 queda en modo stand-by, en esta posición consume el 40 por ciento de la energía total que ha empleado este aparato.

Se reclama moderación en el uso de los aparatos de aire acondicionado domésticos, al ugual que con los de los vehículos. Es un electrodoméstico de alto consumo. De media, un aire acondicionado instalado en una habitación normal funciona a 1.000 vatios, generando emisiones de 650 gramos de CO2, además de tener un coste aproximado de 0,10 euros por hora.

Un cargador de móvil conectado permanentemente gasta sin estar recargando, el 95 por ciento de la energía empleada.

Se sugiere usar la lavadora o el lavavajillas sólo cuando estén a carga completa. Para casos en los que sea necesario emplearlos, a pesar de no tener suficiente ropa sucia o vajilla para llenarlos, se deben emplear programas de carga media o programas denominados económicos. Igualmente resulta conveniente no utilizar temperaturas altas, ya que con la nueva generación de detergentes, se consiguen resultados idénticos con temperaturas más frías y, así, también se evita consumo energético.

Otra forma sencilla de ahorro energético en la cocina consiste en tapar la cacerola mientras se cocina, aunque todavía resulta mejor el uso de ollas exprés, que ahorran hasta un 70 por ciento de energía.

Elegir una ducha en lugar de un baño permite utilizar cuatro veces menos energía. Incluso se mejoran estos resultados utilizando alcachofas de poco flujo, del mismo modo que es importante revisar los goteos de los grifos. Un mes de goteo de un grifo libera tanta agua como la necesaria para llenar una bañera. Para ahorrar aún más agua, además de limitar la capacidad de las cisternas de los inodoros, también es efectivo no mantener el grifo abierto durante el lavado de dientes o el afeitado.

No es preciso calentar una casa más de lo necesario. Bajar la temperatura un grado en el termostato reduce la factura entre un cinco y un 10 por ciento, y evita la emisión de 300 kilos de CO2 en un año.

A la hora de ventilar la casa no hace falta dejar las ventanas abiertas mucho rato. Basta con unos minutos. Si se deja una pequeña abertura durante todo el día, la energía necesaria para mantener el interior caliente durante seis meses, con una temperatura exterior de 10 º C, producirá unas emisiones de CO2 de casi una tonelada.

Instalar un buen aislamiento térmico es una de las soluciones más sencillas para ahorrar mucho en el recibo y en la energía necesaria. El calor que escapa por paredes, techo y suelo es más del 50 por ciento de todo el calor perdido en todo el espacio.

Frigorífico y congelador deben estar alejados de focos de calor, como los quemadores, vitrocerámicas o radiadores de calefacción. Si están cerca, consumirán más energía para mantener el frío. Si estos electrodomésticos son viejos, conviene descongelarlos periódicamente. Los frigoríficos nuevos no necesitan esta operación, que ya hacen automáticamente. Son más eficientes. No se debe guardar en un frigorífico ningún alimento caliente. Se debe esperar a que se enfríe fuera antes.

A la hora de comprar un nuevo electrodoméstico de línea blanca conviene asegurarse de que tiene la etiqueta europea de Grado A (menos contaminante y de menor consumo).

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