Nº 700- 19 de junio de 2006
 
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De un magnífico artículo del catedrático Casanova

Como viejo agnóstico, fervientemente respetuoso del mensaje evangélico de Jesucristo, leí el otro día con suma atención y especial interés el artículo publicado en El País, firmado por Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza. El título del comentario llamó mi atención: “Guerra Civil y religión”. Yo participé en la guerra del 36 al 39, viví muchos años de amargo exilio y contribuí en lo que pude a la consolidación de la II República, misión imposible porque la derecha reaccionaria, apoyada por sus amigos de otros países y el fascismo y nazismo emergentes, decidió abortarla aun a costa de un millón de muertos. Los únicos números que interesan de verdad a los conservadores montaraces son los de sus cuentas de resultados. No el de los muertos.

Casanova arranca su reflexión con estos párrafos: “¿Por qué, Señor, has tolerado esto?”, se preguntaba recientemente el papa Benedicto XVI tras la visita al campo de Auschwitz-Birkenau, el mayor complejo de exterminio construido por los nazis, donde se gaseó, desde marzo de 1942, a centenares de miles de hombres, mujeres y niños, la mayoría judíos.

Este catedrático aragonés, que cuenta con mi más sincera admiración,  salta enseguida a España y escribe: “La Iglesia (…) necesitaría hacerse la misma pregunta 70 años después del inicio de la Guerra Civil. Las imágenes de destrucción que ocasionó la violencia anticlerical en la zona republicana dieron la vuelta al mundo y generaron una corriente de simpatía a favor del bando franquista, mientras que la Iglesia amparó, silenció y ocultó la guerra de exterminio dirigida por los militares sublevados en nombre de la patria y de la religión”. ¡Lucidez extraordinaria, certera observación, la del profesor Casanova!

Tras resaltar que la Iglesia se sintió más tarde “feliz y gozosa” con los privilegios que le otorgó Franco, el autor del artículo señala que “nunca quiso saber nada de las víctimas del otro lado y rodeó a sus mártires de una mitología y de un ritual que dura hasta la actualidad”. Advierte que “puede ser el momento de revisar todo eso y de dejar de conmemorar con ceremonias de beatificación y canonización un pasado que poco tuvo de heroico y glorioso”.

Enumera Casanova, en todo caso, lo que ocurrió: “Quemar una iglesia o matar a un clérigo es lo primero que se hizo en muchos lugares tras la derrota de la sublevación. Más de 6.800 eclesiásticos, del clero regular y secular, fueron asesinados y buena parte de las iglesias y santuarios fueron incendiados, saqueados o profanados, con sus objetos de arte y culto destruidos total o parcialmente”.   Pero precisa que aunque “la Iglesia siempre ha querido demostrar la justicia de sus posiciones y actitudes a causa de ese anticlericalismo atroz” no fue ello lo que “puso a la Iglesia y a los católicos al lado de los militares rebeldes. Reforzó eso sí su posición, pero no la originó”.

El magnífico trabajo del catedrático citado no elude la cuestión de fondo. Y dice una verdad como un templo, y nunca mejor dicho lo de templo: “La Iglesia habló y actuó desde el primer disparo rebelde, se alineó sin rubor con el golpe militar, que celebró, con las masas católicas, como una liberación, pidió la adhesión a él frente al ‘laicismo-judío-masónico-soviético”, una expresión ya utilizada entonces por el obispo de León, José Álvarez Miranda, y convirtió la Guerra Civil en “una cruzada religiosa” (…) La complicidad del clero con el terror militar y fascista fue absoluta y no necesitó del anticlericalismo para manifestarse”.

El parráfo siguiente resulta estremecedor. Pero es exacto: “Desde Gomá (cardenal primado de España) al cura que vivía en Zaragoza, Salamanca o Granada, todos conocían la masacre, oían los disparos, veían cómo se llevaban a la gente, les llegaban familiares de los presos o desaparecidos, desesperados, pidiendo ayuda y clemencia. Y salvo raras excepciones, la actitud más frecuente fue el silencio, voluntario o impuesto por los superiores, cuando no la acusación o delación. La violencia de los militares sublevados era legítima porque “no se hace en servicio de la anarquía, sino en beneficio del orden, la patria y la religión”, declaró ya el 11 de agosto de 1936 Rigoberto Doménech, arzobispo de Zaragoza, cuando todavía no podía conocerse el alcance del anticlericalismo”.

“La victoria del ejército de Franco”, sostiene Casanova, “fue tan incondicional y rotunda como la deseaba la Iglesia católica. La violencia institucionalizada y legalizada por el Nuevo Estado ejecutó a 50.000 personas en los 10 años siguientes, después de haber asesinado ya alrededor de 100.000 ‘rojos’ durante la guerra. Pero la Iglesia no hizo un solo gesto a favor del perdón y la reconciliación. Más bien lo contrario. Una buena parte del clero se implicó sin reservas en la trama de informes, denuncias y delaciones que, siempre con el recuerdo de la ‘Cruzada’, mantuvo vivo el funcionamiento cotidiano de ese sistema de terror”.

Sigue el impecable alegato del catedrático zaragozano: “La Iglesia católica española pasó ya factura a los “rojos” y vencidos y consumó una larga y cruel venganza. Nada de ejemplar hay para ella en ese pasado. Sería un buen momento para hacer un gesto público para pedir perdón por bendecir y apoyar aquella masacre de infieles y a la dictadura que de ella emergió. Puede seguir la Iglesia beatificando a sus “mártires de la Cruzada”, pero las voces del pasado, siempre le recordarán que, además de mártir, estuvo también con los verdugos (…) Las familias de miles de republicanos asesinados sin registrar, que nunca tuvieron ni tumbas conocidas ni placas conmemorativas, andan todavía buscando sus restos. Es uno de los legados irresolutos que nos queda todavía de la Guerra Civil. La Iglesia, por un lado, y el Gobierno, por otro, tienen la palabra en este año de recuerdo y conmemoración”.

Atención. La Iglesia tiene muchas cuentas pendientes. Pero, en otro plano, el Gobierno también las tiene, como subraya Casanova. Confío muy poco en estos obispos que tenemos en España. Apenas confío en ellos y creo lamentablemente que con toda la razón. No me gustaría morirme sin haber asistido a una reparación aún pendiente. Y eso le corresponde al Gobierno. Zapatero no puede ni debe mirar hacia otro lado. Que se acuerde de su abuelo y de miles y miles de otros abuelos, fusilados por defender la libertad y la democracia.

Luis G. del Cañuelo

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