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Nº 700 - 19 de junio de 2006

La 'reflexión' continúa


Cuando se cumple un año desde que se decidió abrir un "período de reflexión" para hacer frente a las consecuencias del no francés y holandés al proyecto de Constitución Europea, el Consejo Europeo de la semana pasada decidía prolongarlo.

Bien es cierto que desde que éste se abriera algo se ha movido. Luxemburgo ratificó el Tratado Constitucional por referéndum, Bélgica culminó su proceso de ratificación parlamentaria (en el que han participado ¡siete Parlamentos!), Chipre y Estonia también, y el finlandés lo hará en los primeros días de su Presidencia, que comienza el 1 de julio.

Pero es poco y no basta. Y algunos Estados miembros que aún no lo han hecho no parecen tener ninguna intención de ratificarlo. Y ya es evidente que ni Francia ni Holanda van a hacer re-votar a sus ciudadanos el mismo texto.

Por tanto, la reflexión continúa.

El Consejo Europeo, al decidir continuar la reflexión, espera la llegada de tiempos mejores. Y como no se les espera hasta después de las elecciones francesas, y por tanto sin margen de maniobra para la Presidencia alemana de 2007, el nuevo período de reflexión corre el peligro de prolongarse indefinidamente.

Probablemente no haya otra solución. Y el que no la haya demuestra el profundo impasse en que se encuentra Europa. Ni siquiera la cuestión de la entrada de Bulgaria y Rumanía ha sido resuelta en plazo y la decisión ha sido trasladada a octubre.

En estas circunstancias es urgente esperar, pero también actuar. Los países que ya han ratificado el Tratado Constitucional no pueden permanecer inactivos. Deben empezar a actuar como grupo y apoyar al Parlamento Europeo cuando pide al Consejo que el proceso de ratificación continúe. Porque al final, tarde o temprano, habrá que contar cuántos países han ratificado y cuántos no, para saber a qué atenerse. Y según las previsiones del propio Tratado Constitucional, no es lo mismo que sean más o menos de cinco.

Además, todos sabemos que será difícil encontrar soluciones institucionales mejores que las propuestas por la Convención y aceptadas por unanimidad. Por eso no se puede decir que la Constitución Europea "está muerta". Ni la Unión Europea ampliada a 27 países miembros puede funcionar eficientemente con las instituciones y la estructura competencial heredadas del Tratado de Niza, ni es posible imaginar que se parta de cero para encontrar algo radicalmente distinto de lo que la Convención propuso.

La actualidad nos trae dos cuestiones de la máxima importancia que reflejan la inoperancia de esta Europa que reflexiona cómo encontrar el ovillo de Ariadna, o el Teseo que nos ayude a encontrar la salida al laberinto en el que nos encontramos.

Primero, la inmigración. Mientras aumentan las llegadas de subsaharianos a Canarias, la mayoría de los países de Europa, Gran Bretaña, Dinamarca, Holanda, Alemania y, por supuesto, Francia con la "inmigración elegida" predicada por Nicolas Sarkozy, endurecen sus exigencias a la entrada de extranjeros sobre su territorio. Pero la UE es incapaz de definir las perspectivas de una armonización de las legislaciones nacionales, como recordaba la semanapasada la vicepresidenta Fernández de la Vega en su visita al Parlamento Europeo .

Segundo, la economía. Europa tampoco avanza a nivel económico. El BCE decidía recientemente subir los tipos de interés haciendo caso omiso a las respetuosas llamadas a la prudencia del Eurogrupo.

Desde que se eligió para presidirlo, por dos años, a Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo, se esperaba mejorar la coordinación económica entre estos países. Pero tanto los egoísmos nacionales como las tentaciones proteccionistas han triunfado sobre la voluntad de avanzar juntos.

Globalización, proteccionismo, reformas, aumento del precio del petróleo, los debates ciertamente se multiplican. Pero hay pocas respuestas comunitarias. Y el Sr. Juncker podía impulsar el gobierno económico que le falta a Europa desde la creación del euro.

Pero en cuanto se trata de pasar a la acción los reflejos nacionales prevalecen. Juncker podría ser para el euro lo que Delors fue para el mercado único. Pero para ello haría falta que el eje francoalemán apoyara su acción y no parece que esté en condiciones de hacerlo.

Y Juncker sabe que poco se puede hacer en Europa contra sus dos grandes vecinos.

Economía y emigración, junto a la seguridad, la energía y la investigación, son problemas que requieren una Europa política. Sin ella ningún país podrá resolverlos por su cuenta. Sigamos con la reflexión pero evitemos que sea una forma de ocultar la parálisis.


José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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