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| Nº700 - 19 de junio de 2006 |
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La Residencia del prestigio
por Miguel Ángel Aguilar Sabemos que una de las señas de identidad que mejor definen una sociedad es el lugar donde residencian el prestigio. De ahí el empobrecimiento que resulta cuando el único circuito habilitado es el de la mera acumulación económica. Conocemos sociedades donde el prestigio se gana con méritos obtenidos en distintos ámbitos como el de los saberes, la empresa, la milicia, la religión o las bellas artes y otras donde el aura máxima sólo se obtiene por nacimiento. Un personaje como Jacinto Pellón, consejero delegado de la Expo de Sevilla del 92, impulsó la modernización de la ciudad pero nunca pudo ser rey mago en la cabalgata. De Jerez se dice que allí sólo vale la pena ser o Domecq o caballo y quien carezca de la condición de maestrante tampoco puede en la capital del Guadalquivir alcanzar el círculo de la máxima consideración social. El prestigio más que personal es familiar y se mide por el número de generaciones que se han sucedido sin trabajar. Todo lo anterior es para volver sobre algunas nostalgias escuchadas de aquella II República que después de alborear no pudo llegar a ser. Decía Arturo Soria y Espinosa que en aquella época en España estaba instaurada la legítima autoridad, que la legítima autoridad en poesía era Juan Ramón; en música, Falla; en Derecho Penal, Jiménez de Asúa; en Física, Blas Cabrera, y así sucesivamente, y que hubo que hacer una guerra para que Luca de Tena fuese académico. Y cabría añadir también para que Emilio Romero o Jaime Campmany fungieran de maestros de periodistas o para que una ristra interminable de alféreces provisionales se apoderaran mediante el recurso a aquellas oposiciones patrióticasde las cátedras universitarias y de los escalafones de los grandes cuerpos del Estado, de donde el exilio y las depuraciones de posguerra habían eliminado a sus titulares. Estos días, en los que se quiere recuperar la mejor memoria de la II República y de sus propósitos en el área de la educación, de la cultura, de la investigación y de las reformas democráticas, han coincidido con la celebración de los veinte años de la segunda etapa de la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar, fundada por la Junta para la Ampliación de Estudios bajo el espíritu institucionista de Bartolomé Cossío y Alberto Jiménez Fraud, en la que coincidieron muchos de los mejores de su tiempo desde Buñuel a Dalí o Lorca. Pero un buen amigo periodista me mostraba hasta dónde llegaron las aguas en las inundaciones del encono de los años de la guerra y de la represión que siguió. Buena muestra es la pastoral del cardenal Gomá en abril de 1939 donde denunciaba "el liberalismo practicado durante un siglo, con la libertad dada a la propaganda del socialismo y comunismo entre las masas y a la acción demoledora de la Institución Libre de Enseñanza entre los intelectuales". Vale. |
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