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| Nº 699 -12 de junio de 2006 |
Lampedusa habla con Basan Por José María Ridao El ayuntamiento de San Pellegrino Terme organizó un encuentro literario durante el verano de 1954, al que asistieron algunos de los más destacados escritores italianos del momento, como Giorgio Bassani, autor de un extraordinario ciclo de novelas sobre Ferrara, y el poeta Eugenio Montale, autor de Huesos de sepia. Este acontecimiento estival, condenado como tantos otros a caer en el olvido, quedaría grabado, sin embargo, en la historia de la literatura por un intrascendente episodio de sociedad. Montale había preparado una intervención para presentar a un poeta desconocido, el barón Lucio Piccolo, a cuyos versos acababa de tener acceso. El escritor revelación de aquel encuentro, un hombre de más de cincuenta años extremadamente tímido y cordial, según relataría Bassani, había llegado en tren desde Sicilia, rodeado de una parafernalia poco frecuente en el ambiente literario de la época: le acompañaban un sirviente y un primo algo mayor, que no se separarían de él durante el día y medio que pasaron en San Pellegrino. El éxito de Piccolo fue absoluto y su reconocimiento, inmediato. Sus poemas se publicarían poco después en una de las más prestigiosas editoriales de Italia, con las páginas de presentación de Montale como prólogo. La crítica calificó el volumen de un auténtico descubrimiento literario. Pero aquel encuentro de San Pellegrino en el verano de 1954 estaba lejos de haber agotado todos sus inesperados efectos. Algunos años después, Bassani había aceptado el encargo de preparar una colección de narrativa; enterada de su nueva tarea como editor, una amiga le había llamado por teléfono para decirle que acaba de leer, mecanografiada, una novela sorprendente que le habían hecho llegar desde Sicilia. A los pocos días Bassani recibió el texto, en el que no constaba el nombre del autor. Le aclararon, sin embargo, que se trataba de un noble siciliano que acababa de morir en Roma, víctima de una enfermedad fulminante. Bassani ha dejado testimonio de su sorpresa al escuchar el nombre del novelista secreto: Giuseppe Tomasi, duque de Palma y príncipe de Lampedusa. Es decir, el autor no era otro que el primo algo mayor que había acompañado al poeta Lucio Piccolo en San Pellegrino. Al hacer balance retrospectivo de su breve relación, Bassani advirtió que se había limitado a una presentación cortés en la que el príncipe había inclinado la cabeza, sin pronunciar una palabra. Todo lo que llegó a saber de él fue gracias a su viuda, una baronesa originaria de los países bálticos, y dedicada a los estudios de psicología. Según le diría a Bassani, Lampedusa había regresado de San Pellegrino con la firme decisión de poner en práctica un proyecto que le rondaba desde siempre: escribir un gran fresco histórico sobre los tiempos de la revolución nacionalista en Italia. Había consagrado dos años a la tarea, con obsesiva meticulosidad: salía temprano de su casa y se instalaba en el Circolo Bellini de Palermo, de donde no salía hasta las tres. Además del manuscrito de la novela, la viuda le entregó a Bassani algunos cuentos y estudios sobre artistas y escritores del siglo XIX, como Merimée, Stendhal y Flaubert. Lampedusa dejaba testimonio, así, de las opiniones estéticas y literarias que le habían llevado a escribir esa prodigiosa narración que es El gatopardo, la obra para la que había estado preparándose toda una vida. El gatopardo se construye alrededor del príncipe Salina, un personaje al que Lampedusa describe con los rasgos de un coloso que se enfrenta a la decadencia de su fuerza y de su vida. De enorme estatura, goza de un apetito voraz y de un deseo que no se aviene con los rigores de la omnipresente religión católica. Salina ha consagrado la juventud y la primera madurez a satisfacer sus intensas y heterogéneas pasiones, que van desde la astronomía y las matemáticas hasta un apetito insaciable hacia las mujeres. El curso de la vida le ha ido rodeando de cargas familiares, empezando por su esposa e hijos y terminando por el único personaje hacia el que siente un amor teñido de admiración y de benevolencia, su sobrino Tancredi. Cuenta, además, con un paradójico cómplice para sus heterodoxas reflexiones filosóficas, cargadas de sabiduría, y también para sus correrías nocturnas con las muchachas plebeyas de su región: el padre Pirrone, un sacerdote riguroso con los principios de su fe pero condescendiente con las desviaciones y provocaciones de Salina. Juntos forman una pareja cuyas sutiles y complejas relaciones recuerdan a las de Don Quijote y Sancho, con los que Lampedusa llega a compararlos en alguna ocasión. Aunque el propósito inicial al redactar El gatopardo hubiera sido el de crear un fresco histórico, según explicó la viuda de Lampedusa a Giorgio Bassani, el resultado sobrepasa con mucho la intención originaria de su autor, como suele suceder con las más grandes novelas. A través de la peripecia de Salina, Lampedusa recrea, en efecto, el clima político en época de Garibaldi, cuando al mismo tiempo que se forja la unidad de Italia se asiste a la radical sustitución de las clases dirigentes, a la decadencia de la nobleza y la incontenible aparición de una burguesía ajena a los viejos linajes. Pero se trata sólo de uno de los innumerables hilos narrativos que se van tejiendo en el relato, quizá el que le sirve de marco, de contexto. Dentro de él aparecen otros muchos, entre los que se pueden advertir algunos de los grandes temas de la literatura universal. Lampedusa escribe, así, una subterránea y estremecedora historia de amor. Tancredi, el sobrino adorado de Salina, el inteligente y arrojado aventurero, parecía destinado a contraer matrimonio con Concetta, su prima, asegurando una larga vida a la estirpe que exhibe un gatopardo como emblema heráldico. Pero la irrupción de Angélica, la bellísima heredera de un hombre de pueblo que ha sabido amasar una fortuna, provoca un giro radical en una historia personal y social que parecía escrita de antemano. La sensación que pretende transmitir Lampedusa se confirma al término del relato: Concetta Salina no es sólo una víctima de esos tiempos en los que, de acuerdo con la frase más famosa de la novela, todo ha de cambiar para que todo siga siendo lo mismo; es también una mujer a la que una pasión frustrada marcará para siempre. En paralelo con esta historia de amor que se desarrolla en los silencios de la novela, que fermenta en lo que la novela deliberadamente elude, aparece otro hilo narrativo, tratado con singular maestría: la vejez. En realidad, el ocaso de la nobleza como clase es el escenario colectivo de un ocaso individual, que Lampedusa relata en sus más íntimos pormenores: el del príncipe Salina. Los signos anunciadores del declive se muestran desde las primeras páginas, y van encontrando en los sucesivos episodios hitos, puntos de no retorno, nuevos escalones en un doloroso descenso hacia la extinción y hacia la nada. La irrupción de la bella Angélica en la vida de los Salina y su inmediata simpatía por Tancredi hace que el príncipe conozca la impotencia de los celos: por primera vez en su vida, alguien le arrebatará la victoria sobre una plebeya. Salina tiene que aceptar la derrota no sólo por respeto hacia su sobrino Tancredi; en esta ocasión, no le han tomado la delantera en una simple escaramuza amorosa, sino que sabe que la batalla está perdida para siempre, porque sus tiempos de seductor se encuentran definitivamente a sus espaldas. Lampedusa dedica todo un capítulo, un magistral capítulo, a la muerte de Salina, que va apagándose en medio de una ensoñación en la que la sabiduría destilada en años de pasión adquiere tintes épicos, como corresponde al último coloso de una estirpe varias veces centenaria. La vejez y sus estragos serán la conclusión de esta epopeya del crepúsculo. Lampedusa recrea, a modo de epílogo, uno de los últimos encuentros entre los ancianos que han sobrevivido a la historia de la revolución nacionalista y de la casa de Salina. El retrato es despiadado, como si pretendiese recordar la naturaleza efímera de la existencia: Tancredi ha muerto; su prima Concetta es una anciana que ha desarrollado, gracias a su cruel soltería, un sentido práctico del que carecen los demás supervivientes; la viuda Angélica sólo conserva de su rara belleza de antaño el fulgor de la mirada, en un cuerpo minado por la enfermedad y las varices. Lampedusa evoca, además, el destino del amor arrebatado que sintió por Tancredi: el anciano que la acompaña en su visita al palacio que preside el gatopardo gozó fugazmente de su belleza. El mundo aparece como un magma imperfecto, al que ni los seres ni los sentimientos han conseguido nunca imponer su voluntad. El príncipe que en aquel encuentro literario de San Pellegrino Terme, en el verano de 1954, se había limitado a inclinar la cabeza cuando le presentaron a Giorgio Bassani había tomado por fin la palabra. El resultado fue una de las novelas más extraordinarias del siglo XX. |