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Lista Al trasluz

Nº 699
12/6/2006

Todo valió entonces y todo vale ahora

Felipe González ha regresado al escenario, tras haber practicado más el mutismo que la locuacidad. No ha sido ajeno a este retorno el libro que sobre él ha escrito el director de EL SIGLO, José García Abad. En los últimos tiempos, su presencia era invisible, pero sus comentarios, críticos o sarcásticos, sobre la situación política circulaban de boca en boca hasta convertirse en leyenda. Ahora la reaparición del ex presidente se ha producido en carne mortal de modo que su imagen se contempla a menudo en las televisiones. No ejerce de palmero de Rodríguez Zapatero, y menos aún de consejero. No acostumbran a ser fáciles este tipo de relaciones. A los sucesores les molesta que haya tutelas e incluso les enoja la sospecha de que las haya.

No debe olvidarse que González llegó a La Moncloa saliendo de la Transición y con el 23-F incrustado en la memoria colectiva. Los cuarteles eran en aquella época muy receptivos a los ruidos de sables, como supieron de primera mano tanto Suárez como Calvo-Sotelo. Téngase presente que el tejerazo se hizo contra la UCD, una derecha moderada a causa de sus complejos de origen. Pero la otra derecha, la derechona, andaba asustada e irritada porque los socialistas hubieran ganado por mayoría absoluta. González creyó oportuno amortiguar las euforias, redoblar las cautelas y promover un clima de confianza. No erró en el diagnóstico ni en la terapia. Uno de sus objetivos reiterados a lo largo de la campaña electoral fue simplemente "que el país funcione". Sin embargo, sus reformas socialdemócratas en materia de educación y sanidad, entre otros capítulos, contribuyeron sin duda a cambios profundos. No se equivocó Guerra: "A España no la va a conocer ni la madre que la parió".

González optó por el coitus interruptus en la espinosa asignatura de la OTAN. Frenazo y cambio brusco de dirección. Había apostado por la estabilidad y por proyectar una imagen de izquierda seria y responsable, bien vista por la Casa Blanca. La guerra fría languidecía, pero aún se mantenía viva. Estuvo más pendiente de la modernidad que de la ortodoxia progresista. Fue un presidente heterodoxo desde la lógica del socialismo clásico. Aun así, los poderes fácticos de toda la vida procuraron hacerle la vida imposible. Lo consideraban un impostor que se había colado en el paraíso sin permiso, sólo gracias a las urnas. Asumió que no tocaba mirar hacia atrás ni recuperar la historia silenciada de la II República, la Guerra Civil y el franquismo. Batalló contra los sindicatos que le montaron dos huelgas generales y algunas protestas solemnes. No midió bien los riesgos y se metió en los GAL, mientras le brotaban casos de corrupción que no supo atajar a tiempo.

Zapatero representa otra historia. Entró en La Moncloa después de ocho años de derecha dura y autoritaria. Procuró distinguirse nítidamente de Aznar. Pero también de González, aunque más a través de la elipsis que de la evidencia. La actitud de González incomoda a Zapatero. Hoy por hoy, no deja de ser una actitud anecdótica. Pero se equivocaría Felipe si acentuara su discrepancia. Ha de entender que ZP es mucho más joven y que los tiempos han cambiado. Aunque quizá debiera pensar también que no han cambiado tanto. Al fin y al cabo, la derecha montaraz que luchó sin escrúpulos hasta derrotar a Felipe es la misma que pretende hacerle lo propio a ZP. Para el PP todo valió contra González y todo vale ahora contra Zapatero.

Enric Sopena

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