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Nº 699
12/6/2006

Fracaso en Timor Oriental

Las fiestas de la independencia en Dili, Timor Oriental, el 20 de mayo de 2002, fueron tan emotivas y estuvieron llenas de tanta ilusión que en absoluto hacían imaginables los desórdenes de sólo cuatro años después que enrarecerían la efemérides. Tampoco se podía imaginar en día tan hermoso que el procónsul de las Naciones Unidas, el muy llorado Sergio Vieira de Mello, moriría trágicamente pasado un año en Bagdad, junto con otras veinte personas, despachando rápidamente para el baúl de los recuerdos la posibilidad de una transición política y una reconstrucción nacional en el Iraq recién conquistado. No olvido a Sergio Vieira de Mello eufórico en Dili por coronar con la independencia de la mitad oriental de la isla de Timor un largo proceso llevado a cabo con extremo cuidado gracias a la actuación muy escrupulosa de la llamada Administración de la Transición de las Naciones Unidas (Untaet). La or-- ganización internacional asumió de forma decidida la solución del conflicto timorense, consiguió que fuerzas multinacionales entraran en la isla para controlar la situación, restaurar la paz y la seguridad, y que las ONG participaran de manera muy activa.

Desde entonces el proceso de pacificación, transición política, actuación de Portugal como antigua potencia colonial, y de Indonesia como potencia ocupante, se ha estudiado en todos sus aspectos como modelo de lo que debería ser la conducta de las Naciones Unidas y ejemplo de construcción nacional. Pero después de que unos pocos centenares de soldados descontentos con la paga y unas bandas armadas con machetes hayan puesto en serio riesgo la seguridad de la mitad de la isla, generando una grave crisis política y obligando a evacuaciones de nacionales y extranjeros, elementos de Naciones Unidas incluidos, con la intervención urgente de fuerzas expedicionarias australianas, tenemos la impresión de haber estudiado en balde y de que el experimento modélico de Timor Oriental no lo es tanto, ni es ejemplo a seguir ciegamente para otros casos pendientes de pacificación, estabilización, transición política y construcción nacional. En Dili, como en Bagdad, peligran de enterramiento ciertos experimentos de las Naciones Unidas y el Banco Mundial, brillantemente concebidos pero ejecutados a corto plazo y, por ello, irremediablemente frágiles.

¿Qué ha sucedido? En Timor Oriental se gastaron miles de millones, se enviaron fuerzas multinacionales y miles de cooperantes porque el tema gozó de una inmensa popularidad internacional, colmada por la concesión del Premio Nobel de la Paz a los activistas exiliados José Ramos Horta y al obispo Carlos Filipe Ximenes Belo, con campañas frenéticas de Amnistía Internacional, etc., a favor de un pueblo adorable, sometido a la brutalidad de la ocupación indonesia, un pueblo además en su mayoría católico y que hablaba portugués. Al parecer nada más se pudo hacer y se hizo todo lo que se pudo en la parafernalia montada que en el caso de Timor Oriental, pero también en otros casos de desastres naturales y naciones en crisis, dispuso de esos espectáculos que luego resultan tener mucha virtualidad de luz y sonido, con conferencias de donantes y conciertos de rock, etc., luminarias que se apagan cuando los extranjeros se han marchado para asistir al próximo espectáculo internacional, mucho más pronto de lo debido pero contentos y aliviados en sus conciencias, los muy frívolos, por haber arrojado dinero sobre los problemas, con la intención de apagar el fuego como si el dinero fuera agua, pero que no impide que el fuego se active, como en Timor Oriental. Vamos, una pésima inversión.

Modelo de transición política, beneficiaria de la generosidad internacional, favorita de los medios de comunicación, Timor Oriental es una muestra más de economía y de política subvencionadas por el extranjero que se vienen abajo con la desaparición de la subvención y del extranjero. De nuevo pareció en la mitad de la isla como si hubiera prisa en soltar el dinero y marcharse, a sabiendas de que con ello no se creaba un modelo sostenible de buen gobierno, desarrollo y riqueza, lo que por lo demás ya venía objetando el mismo Banco Mundial en recientes informes previos a la revuelta de los soldados por la paga. Cuando tanto se predica superar la filosofía de la beneficencia y se recomienda sustituir o acompañar la ayuda humanitaria con ayuda al desarrollo, nos encontramos, y temo que nos encontraremos, con casos para la beneficencia y la ayuda humanitaria a espuertas, ampliamente difundidas y jaleadas en los medios de comunicación, sin advertirnos de que también pueden ser fuentes de corrupción, que se agotan por sí mismas y no dejan apenas nada, siendo alimento de sátrapas y espejismos de salvación para buenas gentes como las de Timor Oriental; en realidad hoy más pobres que nunca, más que con portugueses e indonesios, sin trabajo y sin seguridad.

Ignacio Rupérez

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