Nº 698 - 5 de junio de 2006

 

El compromiso del escritor

por Joaquín Leguina

La palabra "compromiso", según el diccionario de la Academia, significa, entre otras cosas, obligación contraída, palabra dada, fe empeñada y también dificultad, embarazo, empeño.

El intelectual, el escritor, el artista, tengo para mí que sí debe asumir un compromiso con su arte y, como todo ciudadano, también con el mundo que le rodea. Dado que el intelectual tiene por oficio la reflexión, sus opiniones, ha de suponerse, tendrán un valor añadido, aunque quizá eso sea demasiado suponer.
La palabra intelectual o, más genéricamente, "los intelectuales", son términos que comenzaron a manejarse en Francia a raíz de la intervención, ciertamente decisiva, de Émile Zola en el "asunto Dreyfus". El Yo acuso, que Zola publicó en defensa del militar judío, injustamente condenado, marcó un hito, aunque su actitud tuviera notables precedentes. Sin salir de Francia, basta pensar en Victor Hugo para ilustrarlos.
El poder o, por mejor decir, quienes lo detentan, no gustan de tolerar a los subversivos y el pensamiento suele serlo. El pensamiento radical, claro está, aquél que intenta desvelar las raíces de las cosas, descubrir los lazos que anudan la realidad social.

En este sentido, el compromiso se confunde con la honradez intelectual, pero en este siglo que acabamos de dejar atrás, el "compromiso" ha tomado, a menudo, la vereda del dogmatismo sectario y, más concretamente, ha conducido a la izquierda hacia callejones sin salida, hacia posiciones que, vistas a la distancia que el tiempo procura, son, sencillamente, detestables.

En efecto, durante demasiado tiempo, muchos intelectuales se sometieron a lo que puede denominarse compromiso de consigna. No fueron los comunistas quienes inventaron el procedimiento, pero sí fueron ellos quienes lo manejaron con especial maestría, desde los tiempos de Willi Münzenberg hasta que Gorbachov dejó caer el muro de Berlín.

Un tipo notable este Münzenberg, que, perseguido a la vez por los comunistas y por los nazis, acabó asesinado en Francia a manos de agentes estalinistas durante los negros días de la primavera de 1940, en los cuales el ejército alemán invadió Francia. Fue él quien, por cuenta del Kominterm, inventó el halago político hacia los intelectuales europeos para utilizarlos en beneficio de la causa. Con cierto desdén, Münzenberg se refería a ellos como "el club de los inocentes". Cuando se imponían los tiempos más oscuros del estalinismo, Münzenberg logró que la Unión Soviética apareciera ante la opinión progresista del mundo como el gran adversario del totalitarismo.

Pero volvamos a la literatura. "Comprender las transformaciones históricas -ha escrito el crítico Raymond Williams a propósito de Cumbres Borrascosas- no significa ponerse a buscar hechos públicos directos y reacciones a ellos. Cuando existe una ruptura histórica real no tiene por qué buscarse en una huelga o en una revuelta. Puede surgir, radical y auténtica, en todo aquello que, aparentemente, alude sólo a experiencias personales y familiares".

El mismo Raymond Williams, refiriéndose a Balzac, ha sostenido que éste "se volvió hacia el origen decisivo de su propiaépoca: los años de la Revolución Francesa. De este modo aprendió, buscando ese origen, cómo escribir la historia de su tiempo". Este juicio es aplicable, palabra por palabra, a Benito Pérez Galdós, a Lampedusa y a tantos otros escritores. En efecto, buena parte de la literatura pretende "escribir la historia de su tiempo". Que lo consiga o no dependerá del pulso narrativo y de la calidad literaria de la obra, pero ese intento se nos presenta como una constante en buena parte de las novelas de ayer y de hoy.

Rescatar su tiempo, trasladando bellamente al lector la emoción de lo ya vivido, fue el "compromiso" asumido por Max Aub. Las novelas que componen el Laberinto mágico lo atestiguan de forma contundente. Pero Aub se negó siempre a marcar el paso con la tropa. Nunca perteneció al "club de los inocentes", aunque ello le costara buenos disgustos. Privado por el franquismo de su público natural, del lector español, Aub tuvo que pelear en dos frentes. Contra Franco y su implacable censura y contra quienes, desde el estalinismo, pretendían marcarle el camino, sujetarle a base de consignas. Es más, su actitud crítica con los comunistas españoles exiliados en México, tan estalinistas entonces, le trajo no pocos desencuentros y distancias con personas a las que había querido mucho y a las que siguió queriendo a pesar de todos los pesares. Sus diarios están plagados de referencias y reflexiones a este respecto. Como republicano y socialista, en nada comulgante con la política norteamericana de la época, nunca quiso oír los cantos de sirena, por ejemplo, de las agencias culturales (El congreso para la libertad en la cultura, por ejemplo) convenientemente engrasadas por el Departamento de Estado norteamericano, y se encontró entre la espada y la pared, frente a un dilema.

"El hombre de nuestro tiempo –dicen– está forzado a escoger entre dos soluciones políticas contrapuestas... Para nosotros, españoles republicanos, se añade el dilema de nuestra situación especial. Es evidente que la política de los Estados Unidos es favorable a Franco y que la de la URSS le es contraria... Pero ¿será cierto que debemos escoger? ¿No existe la posibilidad de un mundo donde se dé a la igualdad lo que es de la igualdad y a la libertad lo que es de la libertad?" ("El falsodilema", en Hablo como hombre). Pero no se trataba tan sólo de una posición política, tenía también que ver con su oficio, con su propia vida de escritor.

Queda claro, por lo tanto, que el compromiso de Max Aub o el de Camus y el de tantos otros creadores parte de la honradez intelectual y complementa su otro compromiso, el que sostienen con su propia obra. Un doble compromiso y una lección moral y civil.

Esos compromisos, tan legítimos, pueden tener un correlato en la coyuntura política o no tenerlo, mas para el artista resulta siempre arriesgado navegar sobre la ola de la coyuntura política, pues ésta suele dar bandazos imprevistos. Opino que, por ejemplo, un escritor puede pertenecer a un partido político con todo derecho y sin contradicción alguna, pero su obra debe quedar preservada de los vaivenes coyunturales a los que está sometida la política. No estoy aconsejando que el escritor se escinda en dos, que sea una especie de "Vizconde demediado", simplemente reclamo independencia para la obra. Que cuando el autor se coloque delante de la página en blanco se olvide de consignas y de coyunturas. No es una misión imposible, pues autores tan admirables como Calvino, Bassani o Semprún fueron militantes comunistas y esa actividad no les impidió construir una obra sin taras coyunturalistas. Por otro lado, la militancia política suele ser buena fuente de conocimientos acerca de la realidad y de la condición humana.

"Los dioses son huéspedes huidizos de la literatura. La atraviesan con la estela de sus nombres. Pero, con frecuencia, también la abandonan", ha escrito Roberto Calasso (La literatura y los dioses). Conviene tenerlo en cuenta; cualesquiera que sean esos dioses, es necesario despojarlos de los disfraces con los que suelen aparecer ante nuestros ojos.

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