Nº 698 - 5 de junio de 2006
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Volvamos a la guerra

por Miguel Ángel Aguilar

La guerra, según se ha visto en Iraq y tal como la definió Clausewitz, es un acto de fuerza para obligar al contrario al cumplimiento de nuestra voluntad. De modo que la fuerza es el medio y el sometimiento del enemigo a nuestra voluntad el fin. Por ahí adelante llegamos a que la estrategia es un sistema de oportunidades o, dicho de otro modo, es el arte de actuar bajo la presión de las circunstancias más difíciles. Porque es en la atmósfera que resulta del sonido de las balas silbando alrededor de la cabeza y de la visión de los hombres muertos y mutilados, cuando "la luz de la razón se refracta de manera muy distinta a la normal en la reflexión académica". Se ha afirmado que la inercia mental induce siempre a combatir conforme a la guerra precedente. Para evitarlo es preciso examinar con el máximo interés las guerras actuales para extraer las lecciones que de ellas puedan derivarse y romper el maleficio gravitatorio de creer que se tiene razón por haberla tenido.
Sabemos además que son las fuerzas sociales las que determinan el estilo militar y perfilan las energías de los Estados. Por eso, quien desee comprender la naturaleza del Estado y de la guerra nunca debería permitir que sus pensamientos se desviaran lejos del elemento central de cada uno: el poder en la política y la violencia en la guerra. Nuestro clásico entendió cómo más allá del análisis abstracto quien quiera buscar una comprensión global de la guerra debería contar con la fuerza motriz de la psicología, aplicarse a considerar la violencia y el impacto político que lleva asociado y tener en cuenta el libre juego de la inteligencia, el empeño de la voluntad y la fuerza de las emociones como invariantes de ese fenómeno.
La conocida espiral acción-represión llevó a barbaries como la de la prisión de Abu Ghraib, cuyos horrores grabados en imágenes para ser exhibidas como prendas de victoria produjeron la consternación in-

consolable del mundo civilizado y privaron a la causa de la guerra de Iraq de la fuerza moral necesaria. El problema de hinchar el perro es que para mantenerlo en su volumen hay que seguir soplando de modo permanente y no hay pulmones que resistan semejante esfuerzo. Por eso, cuando la presión neumática decae vienen los descensos en la popularidad y al llegar las elecciones pasan factura. Así fue derrotado el PP de José María Aznar en marzo de 2004, Toñín Blair se encuentra en sus horas más bajas y George Bush parece que conducirá a los republicanos a la derrota en los comicios de noviembre próximo.
Como ha escrito Maureen Dowd en The New York Times, Bush dejó las tropas americanas con armamento inadecuado y sin preparación psicológica. Y los medios de comunicación incitadores del patriotismo de adhesión primario han terminado por descubrir muy tarde la toxicidad de esos requerimientos. Mientras, las causas invocadas para ir a la guerra de Iraq han querido ser alteradas a posteriori conforme a las necesidades políticas de Bush, de Blair y también de Aznar, y de la mera exaltación del poder militar se ha pasado a una reflexión sobre la insoportable amenaza que representan los extremadamente débiles.
Ahora, el Pentágono ha terminado por reconocer la masacre de Haditha, una matanza a sangre fría perpetrada el 19 de noviembre de 2005 por un grupo de marines que acribilló a 24 civiles iraquíes inermes, con mujeres y niños incluidos. Su parecido con la matanza de la aldea vietnamita de My Lai, ocurrida en 1968, que conmovió entonces a la población de los Estados Unidos nos devuelve al desastre moral que propicia el recurso desaforado a la fuerza, más allá de los usos y leyes de la guerra a los que es preciso atenerse si, como corresponde al honor del guerrero del que habla Michael Ignatief, por encima de la victoria se busca la gloria. En caso contrario cuando se proclama el vale todo se acaba imponiendo el vértigo de la barbarie.

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