Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 698
5/6/2006

Toquemos madera

  El debate no ha sido sobre el estado de la nación, sino sobre el estado del Gobierno y de la oposición. Rajoy, como es costumbre, ha dramatizado los problemas y Zapatero ha replicado, como sus antecesores, oponiendose a la oposición y recordando que Aznar lo hizo peor. ZP sigue sacando partido a la foto de las Azores y a los malos recuerdos de la legislatura anterior, pero es un efecto llamado a desvanecerse con el tiempo. Su mejor activo es la debilidad de Rajoy, un parlamentario contundente que no termina de ilusionar a su partido.

El gallego no entró en el debate etarra, lo que permitió al leonés cocinarlo con Josu Erkoreka, portavoz del PNV. Se  evitó así la contrarréplica del dirigente del PP, que podía haber demolido el desconcertante mensaje que rizó el rizo de la contradicción: a) Primero la paz y luego la política, lo que parecería indicar que no habría negociaciones hasta que ETA abandone las armas. Y b) ... pero no hay que esperar a que ETA las abandone.  Una explicación de aroma marxista, me refiero al de los hermanos Marx, a aquello de “la parte contratante de la primera parte”.

Creo que el estado de la nación sigue siendo bueno pero más vale que toquemos madera. Lo de ETA mosquea y los expertos pronostican un cierto enfriamiento económico en el segundo semestre. ¿Hasta qué punto? Esa es la gran cuestión, pues una desaceleración controlada sería deseable pero si no fuera tan controlada asistiríamos a una situación inédita: ¿cómo afectaría en lo político, en lo económico y en lo social un parón en la demanda de empleo con cuatro millones de inmigrantes, casi tres millones legales y más de un millón en situación irregular? Como dice el profesor Josep Oliver, que elabora el Índice Laboral Manpower: “Sería inimaginable sacar del mercado laboral a más de dos millones de trabajadores y eliminar a casi cuatro millones de consumidores”. Los inmigrantes no son de ida y vuelta. Lo previsible no es que en una coyuntura debil sean éstos los que se queden en paro, lo más probable es que las empresas prescindan antes de los españoles, más caros y menos complacientes. Las tensiones sociales serían tremendas y un Le Pen español podría estar a la vuelta de la esquina.

El desbordamiento tiene su punto culminante en 2002. La mitad de los cuatro millones de empleos creados desde este año y un tercio del generado en la década 1995 a 2005 ha sido para emigrantes. Así que el PP y el PSOE pueden repartirse por mitades la responsabilidad. Aznar aplicó la política del avestruz: ni regularización ni repatriación y soluciones peregrinas como repatriar inmigrantes narcotizados y fletar un avión al Ecuador para que los inmigrantes se dieran una vuelta antes de obtener los papeles. Pero lo que Zapatero no podrá negar es que lleva dos años gobernando. Inicialmente los legalizó, como había prometido, pero no ha hecho nada efectivo para controlar las nuevas  avalanchas y ahora, un año después de dotar de papeles a un millón de extranjeros, se encuentra con otro millón largo deambulando por el país fuera de todo control. El problema le salpicará pronto cuando se haga público el nuevo empadronamiento que da cuenta de esta cifra. ¿Qué hacer ahora? Caldera no debe ni puede pegar otro millón de sellos de legalización y tampoco parece una solución ir repatriando a Mauritania y Senegal inmigrantes con cuentagotas. Es un problema que afecta a toda Europa y al menos la Unión Europea se lo está tomando en serio, aunque no sabe muy bien qué hacer. La inmigración es un problema y una solución pues la economía no podía haber crecido por encima del 3 por ciento en un momento en que la aportación de los españoles a la actividad laboral se reducía a 400.000 personas por año.

El gran problema, lo que pone en peligro la sostenibilidad del crecimiento, es la pérdida de competitividad de nuestra economía provocada por el descenso de la productividad del trabajo. A diferencia de lo que ocurre con la renta per cápita y la creación de empleo, España no converge con Europa en productividad.  En efecto, la productividad del trabajo, que superaba en 1995 la media de los Quince en casi dos puntos, está ahora –cifras de 2005– ocho por debajo. Tampoco es baladí el problema de la inflación, que en mayo alcanzó un 4,1 en España frente al 2,5 de la media europea. Rajoy se tragó las explicaciones de Zapatero, que la justifica por la subida del petróleo, cuando es obvio que es un incremento que también afecta al resto de la Unión, donde la inflacion es casi la mitad de la española.

  José García Abad

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