Toquemos madera
El debate no ha sido sobre el estado de
la nación, sino sobre el estado del Gobierno y de la oposición. Rajoy, como es
costumbre, ha dramatizado los problemas y Zapatero ha replicado, como sus
antecesores, oponiendose a la oposición y recordando que Aznar lo hizo peor. ZP
sigue sacando partido a la foto de las Azores y a los malos recuerdos de la
legislatura anterior, pero es un efecto llamado a desvanecerse con el tiempo.
Su mejor activo es la debilidad de Rajoy, un parlamentario contundente que no
termina de ilusionar a su partido.
El gallego no entró en el debate etarra,
lo que permitió al leonés cocinarlo con Josu Erkoreka, portavoz del PNV. Se
evitó así la contrarréplica del dirigente del PP, que podía haber demolido el
desconcertante mensaje que rizó el rizo de la contradicción: a) Primero la paz
y luego la política, lo que parecería indicar que no habría negociaciones hasta
que ETA abandone las armas. Y b) ... pero no hay que esperar a que ETA las
abandone. Una explicación de aroma marxista, me refiero al de los hermanos
Marx, a aquello de “la parte contratante de la primera parte”.
Creo que el estado de la nación sigue
siendo bueno pero más vale que toquemos madera. Lo de ETA mosquea y los
expertos pronostican un cierto enfriamiento económico en el segundo semestre.
¿Hasta qué punto? Esa es la gran cuestión, pues una desaceleración controlada
sería deseable pero si no fuera tan controlada asistiríamos a una situación
inédita: ¿cómo afectaría en lo político, en lo económico y en lo social un
parón en la demanda de empleo con cuatro millones de inmigrantes, casi tres
millones legales y más de un millón en situación irregular? Como dice el profesor
Josep Oliver, que elabora el Índice Laboral Manpower: “Sería inimaginable sacar
del mercado laboral a más de dos millones de trabajadores y eliminar a casi
cuatro millones de consumidores”. Los inmigrantes no son de ida y vuelta. Lo
previsible no es que en una coyuntura debil sean éstos los que se queden en
paro, lo más probable es que las empresas prescindan antes de los españoles,
más caros y menos complacientes. Las tensiones sociales serían tremendas y un
Le Pen español podría estar a la vuelta de la esquina.
El desbordamiento tiene su punto
culminante en 2002. La mitad de los cuatro millones de empleos creados desde
este año y un tercio del generado en la década 1995 a 2005 ha sido para emigrantes. Así que el PP y el PSOE pueden repartirse por mitades la
responsabilidad. Aznar aplicó la política del avestruz: ni regularización ni
repatriación y soluciones peregrinas como repatriar inmigrantes narcotizados y
fletar un avión al Ecuador para que los inmigrantes se dieran una vuelta antes
de obtener los papeles. Pero lo que Zapatero no podrá negar es que lleva dos
años gobernando. Inicialmente los legalizó, como había prometido, pero no ha
hecho nada efectivo para controlar las nuevas avalanchas y ahora, un año
después de dotar de papeles a un millón de extranjeros, se encuentra con otro
millón largo deambulando por el país fuera de todo control. El problema le
salpicará pronto cuando se haga público el nuevo empadronamiento que da cuenta
de esta cifra. ¿Qué hacer ahora? Caldera no debe ni puede pegar otro millón de
sellos de legalización y tampoco parece una solución ir repatriando a
Mauritania y Senegal inmigrantes con cuentagotas. Es un problema que afecta a
toda Europa y al menos la Unión Europea se lo está tomando en serio, aunque no
sabe muy bien qué hacer. La inmigración es un problema y una solución pues la
economía no podía haber crecido por encima del 3 por ciento en un momento en
que la aportación de los españoles a la actividad laboral se reducía a 400.000
personas por año.
El gran problema, lo que pone en peligro
la sostenibilidad del crecimiento, es la pérdida de competitividad de nuestra
economía provocada por el descenso de la productividad del trabajo. A
diferencia de lo que ocurre con la renta per cápita y la creación de empleo,
España no converge con Europa en productividad. En efecto, la productividad
del trabajo, que superaba en 1995 la media de los Quince en casi dos puntos,
está ahora –cifras de 2005– ocho por debajo. Tampoco es baladí el problema de
la inflación, que en mayo alcanzó un 4,1 en España frente al 2,5 de la media
europea. Rajoy se tragó las explicaciones de Zapatero, que la justifica por la
subida del petróleo, cuando es obvio que es un incremento que también afecta al
resto de la Unión, donde la inflacion es casi la mitad de la española.
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