Joaquín Leguina, autor de ‘Las pruebas de
la infamia’
“Toda la corrupción está ligada al mal urbanismo”
Un ex concejal aparece muerto en las
primeras líneas de la novela; le han rebanado el cuello con un cuchillo
jamonero. Las huellas de su socio en una empresa inmobiliaria aparecen en el
arma homicida, pero el abogado Baquedano acepta llevar su caso tras sospechar
que espurios intereses urbanísticos de mayor alcance pueden esconderse tras su
asesinato. Las pruebas de la infamia (Editorial Tropismos), del ex presidente
de la Comunidad de Madrid y presidente de la Comisión de Defensa del Congreso, Joaquín Leguina, es una novela negra donde el protagonista
trata de desentrañar un enredo jurídico-político con el Madrid castizo de fondo
salpimentada con justas dosis de humor y erotismo. El autor dice que todo es
inventado –o no–, pero el libro está repleto de guiños a la realidad donde el
lector reconocerá –o creerá reconocer– multitud de situaciones y personajes.
Por Virginia Miranda
El momento político en el que discurre la
novela es real, incluso aparecen personajes reales como el alcalde de Madrid,
Alberto Ruiz-Gallardón, o la presidenta Esperanza Aguirre. Está tan pegada a la
realidad que da la sensación de que la trama es cierta.
—No me importa que se piense que la trama
es cierta aunque no lo sea. Sí he cogido de distintas situaciones reales, me
parece legítimo, pero en cualquier caso, al final digo que todo es inventado.
Sin ser verdad porque nadie inventa todo, sólo en los libros de ciencia ficción
y ni siquiera.
—Llama la atención el nombre de un
personaje que recuerda mucho a otro real. Se llama Roberto Romero de Tajadura.
—Eso es un guiño malvado. También hay
otros guiños que son benévolos.
—Hay otro guiño malvado; el de un tal
Héctor Tamayo. ¿Existe alguna relación entre el escándalo de la Asamblea de Madrid y la trama de su novela?
—No, no hay una intención de
relacionarlo. Pero estaba en el ambiente. La novela está contada en tiempo
real, transcurre en tres o cuatro meses que se pueden identificar por la radio,
por lo que pasa... Y era el momento en que el tema estaba en el candelero. Hay
alguna influencia, pero no se trata de explicar lo que pasó, como bien se ve en
la novela.
—¿Pero fue lo que la inspiró?
—Esto del ladrillo y de la especulación
inmobiliaria está a la orden del día. Lo de la Asamblea de Madrid fue una cosa más.
—¿Descubriremos más Marbellas?
—Creo que sí, esto no se ha acabado. Es
tal el destrozo consecuencia del mal urbanismo que no me extrañaría que hubiera
más escándalos de corrupción. El mal urbanismo no siempre es corrupto, pero
toda la corrupción está ligada al mal urbanismo.
—¿Cuál es el buen urbanismo?
—El que protege el medio ambiente, el que
deja pasear al personal por la ciudad, el que evita las colmataciones... el que
es más humano, más a ras del hombre y de la mujer.
—¿Hay Ayuntamientos que practiquen ese
buen urbanismo?
—Sí, hay Ayuntamientos pequeños muy
cuidadosos. Incluso en Madrid se puede encontrar alguno. Por ejemplo,
Alcobendas y Leganés han hecho un buen urbanismo.
—Algunos Ayuntamientos dicen que las
recalificaciones compensan el desajuste de su presupuesto por asumir
competencias de las Comunidades Autónomas.
—Eso no me lo creo. Las recalificaciones
dan dinero a los Ayuntamientos y sobre todo dan suelo. Y el suelo público es lo
único que evita estas enormes barbaridades. Si no existiera suelo público, aquí
simplemente ya no se podría vivir. Por tanto no es así. Los Ayuntamientos se
ven presionados continuamente y algunos acaban corrompidos. En la novela hay
una referencia: uno se sitúa en la Plaza de Castilla, pongamos en la Torre de Agua de Torroja, y mira desde allí hacia el norte. Lo primero que se ve es esa
monstruosidad de las “torres inclinadas de Pisa” [Puerta de Europa]. Más atrás
se encuentran las torres del Real Madrid. A la derecha se observa toda la
operación que montó RENFE para sacar plusvalías a sus propios terrenos en torno
a la estación de Chamartín. Y si llega la vista, porque todo lo taparán las
torres, están Las Tablas y San Chinarro, una operación salvaje. Conozco bien el
tema por razones obvias y sé de dónde vienen las presiones. No digo con esto
que los ediles o los consejeros se hayan corrompido, no tengo ninguna prueba.
Pero la presión es tremenda. Recordemos lo del Real Madrid o lo de RENFE.
Recuerdo, porque me lo contó un arquitecto, que al objeto de convencer a todos
los grandes arquitectos de Madrid para que participaran en la operación de
RENFE dijo: aquí va a haber dinero para todos. Dicho queda.
—Ruiz Gallardón siempre se ha
caracterizado por sus obras faraónicas. ¿Se pueden hacer estas obras y estar libre
de toda culpa?
—Por supuesto que sí. Si el metro que
hizo es faraónico, ¡viva el faraón!. Ahora, lo que está haciendo en la M-30, vamos a ver cómo queda. Pero de lo del metro tengo que decir que estuvo bien. A mí me
hubiera gustado hacerlo.
—Las pruebas de la infamia es una novela
negra y también costumbrista.
—La novela negra es un género
perfectamente realista donde cabe el costumbrismo. Hombre, no son las
descripciones minuciosas del siglo XIX. Estoy leyendo ahora a un escritor de mi
tierra, Amós de Escalante, que para describir en un libro de viajes la salida
de un barco del puerto de Santander hacia Roma se tira cinco páginas. Eso no
cabe en una novela negra, donde a lo sumo se pueden emplear dos líneas. Pero
con estas descripciones rápidas cabe perfectamente el color local que le he
querido dar a la novela.
—Y también habla de algunos libros.
—Sí, los que lee el protagonista.
Coinciden más o menos con los que estaba leyendo yo mientras escribía la
novela. Es una forma de dar un tono literario a la vida de este hombre, que
además tiene una novia que se dedica al teatro y está montando nada más y nada
menos que un musical del Ulises de Joyce. Es un sarcasmo pero creíble; en
Madrid, en el teatro de hoy en día, cabe eso y cosas más raras.
—El protagonista es el abogado Baquedano.
¿Ha nacido un nuevo Carvalho?
—Puede ser. Este es más pequeño burgués
que Carvalho, es un jubilado de banca. Y más costumbrista, menos putero... pero
sí, podría ser un personaje de ese corte.
—¿Cómo es Baquedano?
—Ya tiene sus 50 y muchos años. Tiene una
hija que lleva una vida muy familiar, pero con una mujer en lugar de con un
hombre, que acaba de darle una nieta. Es un hombre culto que ha militado en la
izquierda en su juventud pero no presume de ello. Defiende causas bastante
pobres, en general. Y tiene buenas conexiones en la policía, por eso saca
adelante sus pesquisas, y en la prensa.
—Y le gustan las mujeres.
—Claro, como debe ser.
—Y la buena mesa.
—Sí, son dos placeres a los que no
conviene renunciar. Bueno, mientras no te diga el médico que no puedes comer
más que verdura o ya no puedas más que mirar a las mujeres. Que también es otro
placer.
—¿Qué es lo que más le gusta, la política
o la literatura?
—Me divierte más la literatura. Como
lector y como escritor. La política es un oficio normalmente bastante duro. La
literatura también puede ser un oficio, aunque sólo se pueden dedicar a él de
forma exclusiva los que venden muchos libros o los que se han dedicado siempre
sólo a escribir.
—Pero la política también es vocacional.
—Sin duda. Aunque cada vez menos. Ha
nacido una nueva clase de políticos que lo son desde los 16 años y saben que
van a dedicar buena parte o toda su vida a la política. Es decir, no han hecho
otra cosa que política. No me gustan demasiado, pero son los que más abundan
ahora.
—Y dentro de la literatura, ¿qué género?
Porque ha tocado varios palos.
—En eso soy de amplio espectro, como las
penicilinas. Me gusta el género negro, he leído mucho. Me gustan otro tipo de
novelas, me gustan los ensayos. No hago ascos a nada y no, no me encasillo en
el género. Lo que menos leo es ciencia-ficción. Y desde luego la novela
histórica que se lleva ahora, ni la huelo. En todo caso me quedo con Memorias
de Adriano de Marguerite Yourcenar o Juliano el Apóstata de Gore Vidal. Pero El
Código Da Vinci no lo he leído ni lo pienso leer. Y todas las secuelas de ese
tipo no me interesan nada. Además, la novela histórica es una mentira. La buena
y la mala.
—No se va a presentar en las próximas
elecciones. ¿Qué hará?
—Quisiera dedicarme a otras cosas. Soy
funcionario y todavía me quedan unos años para jubilarme, de modo que puedo
volver a mi oficio. Pero también estoy abierto a otras posibilidades. Si algún
lector de El Siglo quiere ponerse en contacto conmigo para ofrecerme un trabajo,
lo voy a escuchar. Tengo un currículum bastante bueno y muchos conocimientos.
De estadística, sobre todo.
—Y seguirá escribiendo libros.
—Sí, eso creo que lo seguiré haciendo.
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