Hemeroteca Esta semana
Nº 697 - 29 de mayo de 2006

Joaquín Leguina, autor de ‘Las pruebas de la infamia’

“Toda la corrupción está ligada al mal urbanismo”

Un ex concejal aparece muerto en las primeras líneas de la novela; le han rebanado el cuello con un cuchillo jamonero. Las huellas de su socio en una empresa inmobiliaria aparecen en el arma homicida, pero el abogado Baquedano acepta llevar su caso tras sospechar que espurios intereses urbanísticos de mayor alcance pueden esconderse tras su asesinato. Las pruebas de la infamia (Editorial Tropismos), del ex presidente de la Comunidad de Madrid y presidente de la Comisión de Defensa del Congreso, Joaquín Leguina, es una novela negra donde el protagonista trata de desentrañar un enredo jurídico-político con el Madrid castizo de fondo salpimentada con justas dosis de humor y erotismo. El autor dice que todo es inventado –o no–, pero el libro está repleto de guiños a la realidad donde el lector reconocerá –o creerá reconocer– multitud de situaciones y personajes.

Por Virginia Miranda

El momento político en el que discurre la novela es real, incluso aparecen personajes reales como el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, o la presidenta Esperanza Aguirre. Está tan pegada a la realidad que da la sensación de que la trama es cierta.

—No me importa que se piense que la trama es cierta aunque no lo sea. Sí he cogido de distintas situaciones reales, me parece legítimo, pero en cualquier caso, al final digo que todo es inventado. Sin ser verdad porque nadie inventa todo, sólo en los libros de ciencia ficción y ni siquiera.

—Llama la atención el nombre de un personaje que recuerda mucho a otro real. Se llama Roberto Romero de Tajadura.

—Eso es un guiño malvado. También hay otros guiños que son benévolos.

—Hay otro guiño malvado; el de un tal Héctor Tamayo. ¿Existe alguna relación entre el escándalo de la Asamblea de Madrid y la trama de su novela?

—No, no hay una intención de relacionarlo. Pero estaba en el ambiente. La novela está contada en tiempo real, transcurre en tres o cuatro meses que se pueden identificar por la radio, por lo que pasa... Y era el momento en que el tema estaba en el candelero. Hay alguna influencia, pero no se trata de explicar lo que pasó, como bien se ve en la novela.

—¿Pero fue lo que la inspiró?

—Esto del ladrillo y de la especulación inmobiliaria está a la orden del día. Lo de la Asamblea de Madrid fue una cosa más.

—¿Descubriremos más Marbellas?

—Creo que sí, esto no se ha acabado. Es tal el destrozo consecuencia del mal urbanismo que no me extrañaría que hubiera más escándalos de corrupción. El mal urbanismo no siempre es corrupto, pero toda la corrupción está ligada al mal urbanismo.

—¿Cuál es el buen urbanismo?

—El que protege el medio ambiente, el que deja pasear al personal por la ciudad, el que evita las colmataciones... el que es más humano, más a ras del hombre y de la mujer.

—¿Hay Ayuntamientos que practiquen ese buen urbanismo?

—Sí, hay Ayuntamientos pequeños muy cuidadosos. Incluso en Madrid se puede encontrar alguno. Por ejemplo, Alcobendas y Leganés han hecho un buen urbanismo.

—Algunos Ayuntamientos dicen que las recalificaciones compensan el desajuste de su presupuesto por asumir competencias de las Comunidades Autónomas.

—Eso no me lo creo. Las recalificaciones dan dinero a los Ayuntamientos y sobre todo dan suelo. Y el suelo público es lo único que evita estas enormes barbaridades. Si no existiera suelo público, aquí simplemente ya no se podría vivir. Por tanto no es así. Los Ayuntamientos se ven presionados continuamente y algunos acaban corrompidos. En la novela hay una referencia: uno se sitúa en la Plaza de Castilla, pongamos en la Torre de Agua de Torroja, y mira desde allí hacia el norte. Lo primero que se ve es esa monstruosidad de las “torres inclinadas de Pisa” [Puerta de Europa]. Más atrás se encuentran las torres del Real Madrid. A la derecha se observa toda la operación que montó RENFE para sacar plusvalías a sus propios terrenos en torno a la estación de Chamartín. Y si llega la vista, porque todo lo taparán las torres, están Las Tablas y San Chinarro, una operación salvaje. Conozco bien el tema por razones obvias y sé de dónde vienen las presiones. No digo con esto que los ediles o los consejeros se hayan corrompido, no tengo ninguna prueba. Pero la presión es tremenda. Recordemos lo del Real Madrid o lo de RENFE. Recuerdo, porque me lo contó un arquitecto, que al objeto de convencer a todos los grandes arquitectos de Madrid para que participaran en la operación de RENFE dijo: aquí va a haber dinero para todos. Dicho queda.

—Ruiz Gallardón siempre se ha caracterizado por sus obras faraónicas. ¿Se pueden hacer estas obras y estar libre de toda culpa?

—Por supuesto que sí. Si el metro que hizo es faraónico, ¡viva el faraón!. Ahora, lo que está haciendo en la M-30, vamos a ver cómo queda. Pero de lo del metro tengo que decir que estuvo bien. A mí me hubiera gustado hacerlo.

—Las pruebas de la infamia es una novela negra y también costumbrista.

—La novela negra es un género perfectamente realista donde cabe el costumbrismo. Hombre, no son las descripciones minuciosas del siglo XIX. Estoy leyendo ahora a un escritor de mi tierra, Amós de Escalante, que para describir en un libro de viajes la salida de un barco del puerto de Santander hacia Roma se tira cinco páginas. Eso no cabe en una novela negra, donde a lo sumo se pueden emplear dos líneas. Pero con estas descripciones rápidas cabe perfectamente el color local que le he querido dar a la novela.

—Y también habla de algunos libros.

—Sí, los que lee el protagonista. Coinciden más o menos con los que estaba leyendo yo mientras escribía la novela. Es una forma de dar un tono literario a la vida de este hombre, que además tiene una novia que se dedica al teatro y está montando nada más y nada menos que un musical del Ulises de Joyce. Es un sarcasmo pero creíble; en Madrid, en el teatro de hoy en día, cabe eso y cosas más raras.

—El protagonista es el abogado Baquedano. ¿Ha nacido un nuevo Carvalho?

—Puede ser. Este es más pequeño burgués que Carvalho, es un jubilado de banca. Y más costumbrista, menos putero... pero sí, podría ser un personaje de ese corte.

—¿Cómo es Baquedano?

—Ya tiene sus 50 y muchos años. Tiene una hija que lleva una vida muy familiar, pero con una mujer en lugar de con un hombre, que acaba de darle una nieta. Es un hombre culto que ha militado en la izquierda en su juventud pero no presume de ello. Defiende causas bastante pobres, en general. Y tiene buenas conexiones en la policía, por eso saca adelante sus pesquisas, y en la prensa.

—Y le gustan las mujeres.

—Claro, como debe ser.

—Y la buena mesa.

—Sí, son dos placeres a los que no conviene renunciar. Bueno, mientras no te diga el médico que no puedes comer más que verdura o ya no puedas más que mirar a las mujeres. Que también es otro placer.

—¿Qué es lo que más le gusta, la política o la literatura?

—Me divierte más la literatura. Como lector y como escritor. La política es un oficio normalmente bastante duro. La literatura también puede ser un oficio, aunque sólo se pueden dedicar a él de forma exclusiva los que venden muchos libros o los que se han dedicado siempre sólo a escribir.

—Pero la política también es vocacional.

—Sin duda. Aunque cada vez menos. Ha nacido una nueva clase de políticos que lo son desde los 16 años y saben que van a dedicar buena parte o toda su vida a la política. Es decir, no han hecho otra cosa que política. No me gustan demasiado, pero son los que más abundan ahora.

—Y dentro de la literatura, ¿qué género? Porque ha tocado varios palos.

—En eso soy de amplio espectro, como las penicilinas. Me gusta el género negro, he leído mucho. Me gustan otro tipo de novelas, me gustan los ensayos. No hago ascos a nada y no, no me encasillo en el género. Lo que menos leo es ciencia-ficción. Y desde luego la novela histórica que se lleva ahora, ni la huelo. En todo caso me quedo con Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar o Juliano el Apóstata de Gore Vidal. Pero El Código Da Vinci no lo he leído ni lo pienso leer. Y todas las secuelas de ese tipo no me interesan nada. Además, la novela histórica es una mentira. La buena y la mala.

—No se va a presentar en las próximas elecciones. ¿Qué hará?

—Quisiera dedicarme a otras cosas. Soy funcionario y todavía me quedan unos años para jubilarme, de modo que puedo volver a mi oficio. Pero también estoy abierto a otras posibilidades. Si algún lector de El Siglo quiere ponerse en contacto conmigo para ofrecerme un trabajo, lo voy a escuchar. Tengo un currículum bastante bueno y muchos conocimientos. De estadística, sobre todo.

—Y seguirá escribiendo libros.



—Sí, eso creo que lo seguiré haciendo.

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