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| Nº 697 - 29 de mayo de 2006 |
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La política exterior europea
por Santiago Carrillo Existe una política exterior de la Unión Europea? Se habla de ella, y hasta hay un encargado de dirigirla al que se denomina Mister PESC, por cierto el español Javier Solana. Este cargo apareció como una excrecencia del organigrama de la Comisión Europea coincidiendo con el abandono de la Secretaría General de la OTAN por nuestro compatriota. Hablo de una excrecencia porque después de nombrarle aún subsistió el puesto de comisario encargado de las relaciones exteriores que ocupaba, si mal no recuerdo, un político británico, y aparentemente el puesto de Mister PESC venía derivado del anterior papel en la OTAN. Sin duda, sería bueno que existiera una política exterior europea, discutida previamente no sólo en el marco cerrado de las delegaciones gubernamentales, sino también en los círculos de opinión de las sociedades de nuestro continente. Pero eso es muy difícil de lograr en el nivel actual de la construcción europea, no sólo porque la política exterior de los Estados de la UE difiera bastante en algunos temas importantes, sino porque en los aspectos comunes sigue imperando una concepción característicamente norteamericana, la de seguir considerando al conjunto de lo que llamamos Occidente como un bloque político militar. Y este mismo hecho constituye un obstáculo a la concreción de una política exterior europea, que tendría que ser autónoma. Pero Europa, colectivamente, carece de una visión de su propio papel en el mundo e incluso no está todavía claro que se halle en condiciones de poseerla en un porvenir próximo. Cuando tuvo lugar la caída del Muro de Berlín, y la implosión del sistema soviético, parecía abrirse la posibilidad de un mundo sin bloques militares y políticos y la apertura de una época de relaciones pacíficas, alejada la posibilidad de una guerra mundial entre dos sistemas opuestos ideológicamente. Sin embargo, nos encontramos con una nueva versión agravada del viejo cordón sanitario antisoviético, un nuevo cerco de la Rusia, ya capitalista, llevando las fronteras del bloque occidental –la OTAN– hasta el corazón mismo de lo que fue el imperio ruso, mucho antes de la Revolución de Octubre, a las repúblicas bálticas, Georgia y Armenia, Bielorrusia y Ucrania y otros países eslavos. Posteriormente, aprovechando la emoción causada en el mundo por los atentados de las Torres Gemelas, los EE UU intentaron cerrar el cerco tomando posiciones en las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central. Todo lo cual ponía de manifiesto –más aún si se tiene en cuenta la situación en el Próximo Oriente– una voluntad de dominación de los círculos gobernantes de los EE UU, verdaderamente ilimitada. Y a través de la OTAN los dirigentes norteamericanos tratan de implicar a Europa –y a menudo lo consiguen– en esa política aventurera. Europa debería tomar conciencia de su situación particular y de los cambios habidos en el mundo. Dehecho, somos simplemente la cola del inmenso continente euroasiático. En los últimos siglos hemos ocupado una situación de superioridad, colonizando prácticamente casi todo ese continente. Rusia fue aliado de las potencias dominantes en Europa y un freno a las incursiones del imperio otomano. Mas la novedad en el día de hoy es que en ese continente tras la descolonización han surgido grandes potencias más fuertes que Europa y sería una locura que la política exterior europea se confirmara como parte de un bloque occidental enfrentando a Rusia y a esas potencias emergentes. Por el contrario, la situación geográfica de Europa hoy permitiría a la UE, con una política autónoma consecuentemente pacífica, jugar un papel central en el mundo. Europa debería tender a convertirse en el puente entre Occidente y Oriente en la búsqueda de esa alianza de civilizaciones que aparece como la gran posibilidad de lograr un mundo en paz. Esta vieja civilización europea, de la que han surgido tantos avances científicos, culturales, sociales y políticos, ¿será capaz de alzarse al nivel de esta oportunidad histórica? Si no lo fuera, estando geográficamente donde está, podría convertirse en un campo de ruinas tras un nuevo enfrentamiento mundial. Los políticos listillos que tanto abundan hoy pueden sonreír y acusarnos de tremendismo. Pero por el camino actual, en el que ellos brillan efímeramente, no vamos hacia un buen final. |
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