Hemeroteca Esta semana
Nº 696 - 22 de mayo de 2006

La cultura como factor de igualdad (o desigualdad)

Bachelet, a propósito de Viena

 La cuarta Cumbre UE-Latinoamérica-Caribe de Viena reunió a 60 jefes de Estado y de Gobierno sin lograr que nadie mirara en la misma dirección. Como en una película de Jean Vigo, en la que la convivencia de personajes y clases sociales se basa en la ignorancia mutua. ¿Pasará a la historia como la reunión de las miradas equivocadas, en la que el verdadero objeto del deseo permaneció siempre fuera de campo?

 

Por Alberto García Ferrer

A principios de la década de los noventa, en Cuenca, durante un seminario sobre televisión y medios de comunicación en Iberoamérica, el director de uno de los periódicos escritos en castellano de mayor tirada en la región advirtió con cierta desazón que,  durante la década de los ochenta, “los latinoamericanos mirábamos a España, cuando ustedes miraban hacia Europa”. “Ahora, añadió,  cuando ustedes miran hacia América, nosotros empezamos a mirar hacia el Pacífico, hacia el Sudeste Asiático”.

El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, alabó la concertación centroamericana que facilita la unidad de acción y echó en falta esa vocación al sur de Panamá. Entre sus argumentos para demandar una más estrecha vinculación entre Sudamérica y Europa, apeló a “vínculos, sensibilidades y cultura” compartidos. La concertación regional es, para Europa, una tarea previa. Son necesarias metas comunes y objetivos compartidos para poder acordar acciones comunes. Para los europeos la disgregación es un obstáculo. Para los Estados Unidos y China –ausentes protagonistas de la Cumbre– una condición.

Por distintas razones, la unión, la integración, o incluso la concertación parecen distantes, trabajosas y, frecuentemente, improbables en el escenario latinoamericano. La multiplicidad de conflictos bilaterales no resueltos y, en algunos casos, recientemente agudizados dan testimonio de las dificultades para trazar rutas y definir horizontes compartidos en la región. 

El reconocimiento –más o menos generalizado– por parte de analistas, sociólogos y expertos de la región de la existencia de una “comunidad cultural” como único territorio compartido, escenario común o privilegiada seña de identidad no ha facilitado las cosas a la hora de diseñar políticas de concertación y cooperación, ni ha permitido la inclusión de la cultura como elemento referencial en la agenda pública.

La cultura es una de las variables que, según su tratamiento, puede incidir de manera decisiva en la profundización de las desigualdades o, por el contrario, en la disminución de la inequidad. En Latinoamérica es, además, el único –o el mayor– instrumento compartido de identidad como ámbito de entendimiento regional.

En el punto 54 de lo que se llama la Declaración de Viena podemos leer: “Reconocemos la importancia de la diversidad como un factor de desarrollo, crecimiento y estabilidad…” Y, más adelante, continuando con los reconocimientos: “Reconocemos que la cooperación cultural es esencial para fomentar el diálogo intercultural y el entendimiento mutuo. Además reafirmamos nuestra convicción de que las actividades y las industrias culturales desempeñan un papel significativo en la salvaguardia, desarrollo y promoción de la diversidad cultural. Estamos comprometidos con encontrar los medios para reforzar tanto la cooperación ALC-UE como la cooperación interna dentro de ALC…” Texto, intención y reconocimientos  están presentes. ¿Cómo hacer para que reconocimientos, intención y textos abandonen los desiertos de la retórica y habiten el mundo de las acciones?

De camino a la Cumbre de Viena, Michelle Bachelet, flamante presidenta de Chile pasó por  Madrid y, desde  la  Casa de América dejó testimonio de, al menos,  tres cosas: los objetivos centrales de la política cultural de su gobierno, la voluntad de urgencia de la acción de gobierno y la claridad en el diagnóstico de la realidad de su país. Con humildad, pero con convicción, Bachelet estaba dejando –sin pretenderlo– tres lecciones sobre la realidad de Iberoamérica.

José Saramago, que había precedido a la presidenta en el uso de la palabra en una reducida tribuna en la que Iberoamérica, la cooperación, la equidad de género y la cultura ocuparon el hilo central de la intervenciones, emplazó fraternalmente a la presidenta a resolver ahora la situación de inequidad de los mapuches, argumentando –literariamente– que el gabinete paritario entre mujeres y hombres de la presidenta ya resolvía la desigualdad entre géneros.

Bachelet, con más ironía que humor, le advirtió que ella era más radical que él en su apreciación de la realidad chilena: “…Quedan muchas desigualdades por resolver, entre el Norte y el Sur, entre el centro y la periferia, entre mujeres y hombres, exclusiones étnicas –no solamente de los mapuches–, económicas, de género”, que no se resuelven sólo con medidas en las cúpulas de las instituciones y organismos públicos. La presidenta daba cuenta de una realidad social, común a toda América Latina, que la ha convertido, según los estudios más rigurosos, en   la región más desigual del planeta. A continuación, la presidenta dejó constancia de una urgencia, un ritmo, un tiempo que no desea perderse en prolegómenos, preparativos y diseño de estrategias, en un continente con poco espacio para la especulación y urgido de respuestas: “Mi Gobierno sólo tiene cuatro años para avanzar en la transformación de nuestra sociedad”. Finalmente, la presidenta dejó una tercera lección cuando habló de la cultura como uno de los objetivos de su acción de gobierno. En realidad, convertía en acción de gobierno las dos cuestiones anteriores. El diagnóstico y la urgencia. El  fondo y la forma. Los contenidos y los medios. Un plan de acción no se compone solamente de unas medidas. No hay acción sin tiempo. Y el tiempo sí altera el producto. Nuestra preocupación central, vino a decir, es, en el campo de la cultura, acabar con la inequidad tanto en el acceso a la producción cultural como a los instrumentos de creación. “Vamos a poner la producción cultural, sobre todo la nuestra –la que apoyamos y financiamos con dineros públicos– al alcance de todos”.

Bachelet sabe, cuando marca esa prioridad, que está señalando un elemento central del ejercicio de la libertad de elección de sus  conciudadanos y, en consecuencia, del desarrollo humano. Pero, aún más, está ampliando la base de sustentación  de la producción cultural de su país y alimentando el imaginario de nuevos creadores y creadoras. Y, sobre todo, fortaleciendo el instrumento más rico de integración, interacción y entendimiento de los chilenos.

En Viena, iluminados por los fuegos de los hidrocarburos, mirando de reojo las cotizaciones de las Bolsas, los exhaustivos gestores que escriben los guiones, redactaron los 23 folios de la Declaración de Viena impulsados por las prisas de hábiles negociadores y las prioridades de brillantes economistas. Pensando en ellos parece haber escrito  Claudio Magris  estas líneas: “Hasta la gran economía puede convertirse en Viena en un arte de la nada.”

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