Hemeroteca Esta semana
Nº 696 - 22 de mayo de 2006

Los políticos convierten el Parlamento y las Cámaras autonómicas en escenarios de sus algaradas

Los broncas del Congreso

Los plenos, comisiones y sesiones de control del Congreso de los Diputados están tomando una deriva que nunca antes se había visto en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Hace unos días, los diputados del PP protagonizaron una bronca parlamentaria que acabó con la expulsión de Vicente Martínez Pujalte. Mientras, en la Asamblea de Madrid, los populares se esposaron para protestar contra la detención de dos militantes a raíz del caso Bono y pedir la dimisión del entonces ministro del Interior, José Antonio Alonso. Y es que la puesta en escena de sus señorías cada vez es más original; increpar y patalear se ha convertido en una constante y para lograr el impacto mediático hay que ingeniárselas con “efectos especiales”. La semana pasada, el Parlamento valenciano repitió la estrategia: con motivo de la denuncia a Zaplana por el caso Terra Mítica, los diputados del PP enseñaron una grabadora. Los socialistas contestaron sacando sus carteras. Pero aunque ahora hayan perfeccionado la técnica, las algaradas en los hemiciclos no son nuevas. Ni los provocadores que jalean a su bancada.

Por Virginia Miranda

El Congreso de los Diputados acaba de vivir un hecho insólito. Por primera vez en la historia de la reciente democracia española, el presidente de la Cámara expulsa a un diputado. El sujeto: el diputado del grupo popular Vicente Martínez Pujalte, el más alborotador de la bancada del PP que en la penúltima sesión de control al Gobierno sacó la artillería pesada para pedir a coro la dimisión de José Antonio Alonso por el caso Bono. El responsable: el presidente del Congreso, Manuel Marín, que a la tercera amonestación y de acuerdo con el reglamento, invitaba a abandonar el hemiciclo a Pujalte por alborotador.

En el PP han decidido presentar una propuesta de reprobación a Marín porque, dicen, vulneró los principios de “legalidad y proporcionalidad” al sancionar a su parlamentario con una expulsión que le privó de su derecho al voto. El presidente asiste resignado a esta iniciativa y se siente legitimado por el reglamento. El PSOE ha retrasado hasta junio la proposición no de ley de reprobación a Marín. Y desde el resto de formaciones se pide a los dos partidos mayoritarios que se dejen de trifulcas y, como dice el portavoz de CiU, Josep Antoni Duran i Lleida, aborden los debates con educación, respeten las reglas del juego parlamentario y procuren dar ejemplo a los ciudadanos que representan.

Pero tal y como están transcurriendo los plenos y las sesiones de control al Gobierno, decir eso es como clamar en el desierto. Sobre todo si una buena bronca consigue saltar a las primeras páginas de la prensa y disparar las encuestas sobre intención de voto. Eso es lo que piensan la mayoría de los populares –que no todos–, convencidos de que se han instalado en la estrategia más idónea para recuperar el poder.

Porque aunque en las últimas semanas se han sucedido varios debates parlamentarios más parecidos a una mascletá que al tradicional rifirrafe político, en el hemiciclo ya han resonado todo tipo de improperios y pataleos provenientes de la bancada popular que en esta legislatura ha demostrado sus buenas dotes para la bronca política. Ahora bien, ni los socialistas fueron unos benditos mientras gobernaba el PP ni están haciendo nada que no ejercitaran con esmero los políticos del XIX; ya por aquel entonces, a los parlamentarios más bulliciosos se les denominaba “diputados jabalíes”. Eran los encargados de jalear en Cortes a los de su cuerda política y conseguir desestabilizar el discurso de sus contrarios.

Esa es otra de las particularidades de las trifulcas parlamentarias: existe un pequeño y reconocido grupo de alborotadores encargado de animar a sus compañeros de filas a que les secunden. Son como los directores de una orquesta que cuanto más desafina, mejor es su actuación.

Vicente Martínez Pujalte es el diputado que mejor representa este papel. Y no sólo por el episodio que acabó con su expulsión de la Cámara, sino porque sus comentarios y sus gestos son seguidos al unísono por el resto de diputados del PP que prácticamente cada semana desde que diera comienzo la actual legislatura amenizan las jornadas parlamentarias con rumores y pataleos que van subiendo de tono para desesperación de Manuel Marín.

El problema es que ahora, al diputado valenciano y a su propio partido, verdadero motor de este tipo de incidentes, la cosa se le ha ido de las manos. Eran las tres de la tarde del 11 de mayo cuando el portavoz socialista, Diego López Garrido, concluía el debate de totalidad sobre un proyecto de ley orgánica. El siguiente orador era el titular de Defensa, José Antonio Alonso, sobre el que los populares habían decidido desplegar su política de acoso y derribo a cuenta de la detención de dos militantes del PP en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en la que el entonces ministro de Defensa, José Bono, resultó agredido; Alonso era en aquellas fechas titular de Interior y la Audiencia de Madrid acababa de condenar a dos policías por detención ilegal y falsedad de documento a raíz del caso, de modo que el principal partido de la oposición estaba dispuesto a desgastar al leonés con una estudiada puesta en escena. Martínez-Pujalte abrió la veda. “¡Ministro, dimisión!”, espetó al recién llegado mientras permanecía de pie en la fila de escaños conversando con otro diputado. Manuel Marín le comunicaba entonces la primera llamada al orden. El popular se sentó pero continuó hablando y haciendo comentarios con un tono de voz que resonaba en todo el hemiciclo. Coincidiendo con el fin del debate de López Garrido, Pujalte volvió a las andadas con el verdadero punto del orden del día del PP. “¡Importa mucho la policía!”, dijo. “Señor ministro, que nos detienen”, continuó burlón mientras cruzaba las muñecas como si unas esposas invisibles atenazaran sus manos. Marín le llamó entonces al orden por segunda vez y le advirtió de que, en caso de hacerlo una tercera y en aplicación del Reglamento del Congreso, sería expulsado del salón de plenos. Lejos de amedrentarle, el aludido le desafió: “Pero no me detiene”. El presidente de la Cámara aún le dio otra oportunidad para que abandonara su actitud. Pero fue en balde: “¡La policía!”, exclamó Pujalte. Fue entonces cuando llegó la tercera llamada al orden y la consiguiente invitación a abandonar el hemiciclo. El popular, en actitud desafiante, dijo a Marín que no pensaba irse y le retó a “llamar a la policía” para que le detuviera. “¡Qué lo detengan!”, gritaban desde las bancadas del grupo popular. El portavoz del PP, Eduardo Zaplana, pidió la palabra y se dirigió al escaño de Marín para tratar de convencerle y este le contestó que se la daría en cuanto Pujalte abandonase la Cámara. A continuación, leyó los dos apartados del artículo del Reglamento según el cual al diputado que sea llamado al orden una segunda vez, advertido de las consecuencias de la tercera, le será retirada la palabra y el presidente podrá imponer la sanción de no asistir al resto de la sesión. E inmediatamente después, el diputado valenciano abandonaba el pleno en medio de reverencias burlonas y aplausos de sus compañeros de filas.

Pujalte fue sin duda el principal promotor de esta bronca parlamentaria, pero en otras ocasiones también cuenta con el respaldo de sus “cómplices” habituales Macarena Montesinos y Maria Angels Ramon-Llin, miembros del clan valenciano de jabalíes con Pujalte.

En la misma línea desestabilizadora del PP está Carlos Aragonés. El antiguo fontanero de La Moncloa de José María Aznar se ha convertido en jabalí agazapado, en un agitador de los bancos populares durante los plenos que, sin llegar a tomar la palabra, es capaz de perturbar el discurso del contrario con artimañas simples pero efectistas: pataleando, interrumpiendo a otros diputados mientras pronuncian su discurso o lanzando improperios apenas perceptibles por los taquígrafos pero capaces de provocar las risotadas de sus compañeros de partido.

El candidato a alborotador con gran potencia de voz o con un timbre especialmente sonoro tiene todas las papeletas para hacerse con el puesto. Es el caso del diputado del PP por Ceuta, Francisco Antonio González. Rafael Estrella, parlamentario socialista desde 1979 -dice que desde entonces hasta ahora no ha visto una vida parlamentaria tan crispada como la de ahora-, señaló en su blog a principios de noviembre de 2005 un altercado que dice que bien podría haber acabado entonces en expulsión de González. Parece ser que su elevado tono de voz estaba perturbando el pleno y Marín le llamó a mantener el orden, a lo que aludido respondió desafiante: “¡No me da la gana!”. Estrella es de la opinión de que reaccionar ante el adversario político y hacer comentarios forma parte de la vitalidad de la Cámara y pone como ejemplo el Parlamento británico donde, además, el speaker, que es el que decide a quién da la palabra, puede expulsar a quien cuestione su criterio sin mayores consecuencias. Pero reaccionar, dice, no significa dejar de observar ciertos controles que afectan a la vida de los ciudadanos.

Dentro de esos controles se puede citar el respeto personal que tantas veces, en el calor de la trifulca política, acaba perdiéndose. Cuando José Antonio Alonso subió a la tribuna en la última algarada, entre los improperios que le recibieron, además de “¡dimisión!” y “¡fuera!”, figuraba el de “¡fascista!”. Entre los que más gritaban se encontraba el diputado del PP por Madrid Roberto Soravilla, otro de los habituales agitadores junto a Juan Manuel Albendea, parlamentario por Sevilla -su punto fuerte son los aplausos estrepitosos-, o dicen también quienes están presentes en el salón de plenos que el ex ministro de Justicia, José María Michavila.

La Comisión de Investigación de 11-M también dio lugar a situaciones poco ejemplarizantes. Durante todo el tiempo que duró, Martínez Pujalte y Jaime Ignacio del Burgo formaron un tándem demoledor que llegó a sacar de quicio a los representantes políticos del resto de formaciones. El diputado por Navarra destacó por ser el principal defensor de la teoría de que ETA conspiró con los terroristas islamistas para perpetrar la masacre de Madrid y por protagonizar los interrogatorios más agresivos. Al jefe de estupefacientes de Avilés, Manuel García Rodríguez, le espetó que los terroristas perpetraron el atentado casi a su vista y no se enteró porque “los moritos se pasearon tranquilamente por Asturias”; al diputado del PNV en la comisión, Emilio Olabarría, le llamó “defensor de ETA”; al comisario de Información, Telesforo Rubio, le preguntó si militaba en el PSOE; sobre la declaración del ministro de Interior, José Antonio Alonso, en la que descartaba la vinculación etarra, aseguro que le parecía tan temeraria como “aquella frase famosa” del ex presidente González de que “nunca habrá pruebas” que vinculen al Estado con los GAL. En una de aquellas comparecencias, Pujalte, después de que el presidente de la Comisión, el canario Paulino Rivero, le comunicara que su turno de preguntas había concluido, dijo envalentonado: “Esto es una manipulación”. Y a renglón seguido se levantó del asiento, se dedicó a dar paseos por la sala y salió para decirle a los periodistas que Telesforo Rubio se había reunido con varios socialistas antes de su comparecencia. Después de aquello, los representantes del PSOE, CiU, ERC, IU y CHA pidieron disculpas al comisario por aquel “espectáculo”.

A pesar de que, por razones obvias, el PP es el partido más interesado esta legislatura en perturbar el normal funcionamiento de la actividad parlamentaria, en ocasiones han sido los populares quienes se han sentido provocados. El pasado verano, después del incendio de Guadalajara en el que murieron 11 personas, el diputado del PP, Rafael Hernando, a punto estuvo de llegar a las manos con el entonces portavoz del grupo socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba. Al parecer, según dijo el popular, el ahora ministro del Interior le había acusado de estar “finguiendo” por el dolor visible en su rostro y en sus palabras ante el fallecimiento de estas personas e hizo un gesto con el que parecía llamarle “caradura”. “Le he respondido: eso no me lo dices a la cara, porque yo venía del entierro de una de las víctimas de Guadalajara, amiga de toda mi familia”, declaró poco después Rafael Hernando. Afortunadamente, la vicepresidenta del Congreso, Carme Chacón, y los dirigentes del PP Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, sujetaron a tiempo a Hernando evitando que se dejara llevar por el disgusto.

Si bien es cierto que el Palacio de la Carrera de San Jerónimo ha sido, durante más largo tiempo, escenario de las broncas parlamentarias más sonadas, las Cámaras autonómicas se están sumando a esta práctica política añadiendo un toque personal con “efectos especiales” que las catapultan directamente desde las páginas de información local a la zona noble de nacional.

En la Asamblea de Madrid, caracterizada por su férrea oposición al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero bajo la batuta de la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, el mismo día en que los populares del Congreso de los Diputados pedían la dimisión del ministro Alonso, los del Parlamento regional hacían lo propio desde sus escaños en el madrileño barrio de Vallecas. Pero fueron si cabe más escandalosos; puestos en pie, mostraban sus manos esposadas. Con esposas de verdad, y no las ficticias de Martínez Pujalte. “¡Alonso, dimisión!, ¡Alonso, dimisión!”, vociferaban sus señorías. La presidenta de la Cámara, Concepción Dancausa, llamaba al orden sin éxito. El líder de la oposición, Rafael Simancas, afeaba la conducta de los esposados y pedía respeto a la institución. Y, una vez sofocada la bronca, después de que el secretario general de la Federación Socialista Madrileña le dijera a Aguirre que se había quedado “sola” ante la comunidad educativa -ese era el tema del orden del día, el de la educación-, la jefa del Ejecutivo autonómico volvía a las andadas diciéndole que él sí que se había quedado sólo “por no condenar las detenciones ilegales que los jueces dicen que se ha producido a dos ciudadanos madrileños”.

En un alarde de originalidad y reinterpretando lo que parece que va camino de convertirse en la última moda de las protestas políticas -más propias de grupos outsiders que de partidos con tradición parlamentaria-, la ocurrencia más reciente acaba de llegar de la Comunidad Valenciana. En este caso es el partido en el Gobierno autonómico el que demuestra su malestar por la política del partido en la oposición con una puesta en escena cargada de intención. La pasada semana, en una sesión celebrada en las Cortes valencianas, los diputados populares se pusieron en pie grabadora y teléfono móvil en mano durante la intervención de Antoni Such, uno de los diputados socialistas que denunciaron el presunto cobro de comisiones ilegales de Terra Mítica por Eduardo Zaplana después de presentar ante la fiscalía conversaciones telefónicas grabadas en las que dos empresarios hablan de la implicación del portavoz del PP. El “numerito” -así lo calificó Such- volvió a repetirse durante la intervención de José Camarasa, el otro socialista que presentó la denuncia. En esta ocasión, sus compañeros de grupo respondieron levantándose y mostrando sus carteras.

Esposas, grabadoras y carteras son lo último, el más innovador aderezo de las broncas parlamentarias. Antes de llegar a este nivel de sofisticación, una sencilla hoja de papel ha servido para visibilizar todo tipo de mensajes; sólo basta escribir el eslogan adecuado.

Un puñado de esos folios repartidos entre todos los diputados autonómicos del PP andaluz han bastado para acusar al presidente de la Junta, Manuel Chaves, de hacer “cacicadas”. Fue hace ahora un año. El jefe del Ejecutivo se disponía a intervenir en un pleno cuando la oposición mostró unas pancartas con la leyenda: “Consejo Audiovisual: Chaves no más cacicadas”. El PP se refería a que su grupo, con 37 diputados, iba a contar con dos representantes en el Consejo Audiovisual, los mismos que IU con sólo seis diputados. El PP andaluz protestaba, según la presidenta del grupo, Teófila Martínez, porque había sido objeto de un “ajuste de cuentas” por “no haber respaldado” la firma de un acuerdo que sí había rubricado el resto de formaciones. La presidenta del Parlamento, Mar Moreno, instó a los rebeldes a desistir de su actitud, pero le hicieron caso omiso y tuvo que suspender un pleno.

Otra de las formas de protesta más comunes entre sus señorías es la de abandonar la Cámara. Una táctica sencilla pero efectista. Hace poco fueron las mujeres socialistas y algún que otro diputado varón quienes se marcharon del salón de plenos del Congreso de los Diputados después de que Zaplana tratara de mofarse del “disfraz” de la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega; se trataba en realidad de un traje típico que le ofrecieron como muestra de hospitalidad las mujeres de Maputo en su viaje a África.

En la Cámara gallega también ha habido recientes plantones. En noviembre del pasado año, el PPdeG quiso enviar a 200 alcaldes y concejales para protestar contra el Gobierno de Emilio Pérez Touriño al Parlamento autonómico. La presidenta del hemiciclo, Dolores Villarino, dijo que no consentía “coacciones”, negando la entrada incluso a los 40 que disponían de autorización. Es más, conminó a los diputados a abandonar el pleno si creían que de esa forman defendían su libertad de expresión. Dicho y hecho. Uno a uno, a excepción de los miembros de la Mesa del Parlamento y otros tres populares, fueron abandonando sus escaños. Pero no la sala, de ahí que se produjera otro incidente y, en esta ocasión, fuera la presidenta la que perdiera la compostura. El debate continuaba a pesar de las ausencias. El popular Roberto Castro le espetaba al conselleiro de Medio Rural, Suárez Canal,  a que no ejerciese de extranjero y “que no sea hijo de la Gran Bretaña”. Diputados nacionalistas y socialistas le abuchearon. Los del PPdeG, que asistían desde la grada de invitados, le aplaudieron. Y Villarino les conminó a abandonar el hemiciclo si continuaban demostrando esa “falta de compostura”. Y remató: “Lo que más me recuerda esto es al 23 de febrero”.

El seni catalán hace impensable este tipo de comportamientos en el Parlament. A pesar de que el Govern del tripartito ha sido ciertamente accidentado y de que la victoria de Pasqual Maragall por estrecho margen de votos ha puesto las pilas a unos diputados de CiU incómodos en la oposición, las broncas parlamentarias en Cataluña no han alcanzado el nivel altisonante del resto de Cámaras. Si acaso ha sido el propio president quien ha provocado la polémica más sonada. Fue a raíz del derrumbe del Carmel provocado por las obras del metro de Barcelona. Maragall, en una sesión del Parlamento catalán, acusó al anterior Gobierno de CiU de cobrar el famoso 3% en concepto de comisiones por la adjudicación de obras, una imputación de la que tuvo que retractarse.

Si bien los actuales periodos de sesiones están siendo los más virulentos, en legislaturas precedentes hubo similares algaradas con otras causas y protagonistas. La última de Aznar fue la más prolífica. Y la guerra de Iraq, la que más movilizó a sus señorías. En febrero de 2003, los diputados de Izquierda Unida, puestos en pie, exhibieron carteles con el lema “Guerra no” al inicio de la comparecencia del entonces presidente popular sobre el conflicto ante el pleno de la Cámara baja. También en la tribuna de invitados, personalidades del mundo de la cultura significadas contra la guerra exhibieron camisetas con el mismo mensaje.

José Luis Rodríguez Zapatero, recién elegido secretario general del PSOE, quiso darle nuevos aires al partido y desterrar la bronca parlamentaria de sus modos y costumbres. Así hizo en un primer momento, alcanzando sendos pactos con el PP en materia antiterrorista y judicial. Pero dos de los grandes fiascos del Ejecutivo de Aznar, el desastre ecológico del Prestige y la guerra de Iraq, pusieron fin a aquella pax romana . En diciembre de 2002, en una sesión de control al Gobierno donde se iba a abordar el asunto del Prestige, los diputados del grupo parlamentario popular abandonaban sus escaños después de gritar “¡Caldera, dimisión!”. Los parlamentarios increpaban al entonces portavoz socialista porque consideraban que días antes había presentado un documento de la Marina Mercante manipulado para probar que las decisiones del Ejecutivo favorecieron el hundimiento del barco. Rajoy, entonces ministro de la Presidencia, preguntaba a Caldera si le quedaba “dignidad” para comparecer en el Parlamento “después de lo que hizo ayer”. Y el aludido le respondía preguntando cómo era que “el señor de los hilillos” se atrevía a pedir dimisiones a la oposición. “No tiene credibilidad, no tiene ética, no tiene moral, miente y es una persona indigna”, fueron las palabras de Rajoy. Porque si de algo se caracterizan los protagonistas de una trifulca política es de decirse de todo menos bonito. “Incompetente” y “miserable” le dijo Acebes a Alonso cuando éste aseguró que el 11-M había sido resultado de “una clara imprevisión política”. “Bobo solemne” ha llamado Rajoy a Zapatero después de que éste le calificara como un “patriota de hojalata”. Porque el líder del PP, que representa el ala moderada del partido que aún no acaba de despegar, puede llegar a enseñar su peor cara en las sesiones de control al Gobierno. Aunque bien es verdad que él y sus compañeros tienen que soportar a cambio el habitual “facha” que emana de las bancadas socialistas.

Pero los insultos no salen en las fotos. Ahora, si de lo que se trata es de llamar la atención, nada como una buena escenografía. ¡La imaginación al poder, señorías!

Los poderes de Marín

El PP ha decidido presentar una propuesta no de ley de reprobación al presidente de la Cámara baja, Manuel Marín, por haber expulsado a su diputado Martínez Pujalte del hemiciclo vulnerando los principios de “legalidad y proporcionalidad”. Pero, ¿es cierto que Marín se extralimitó? Según el reglamento del Congreso, parece que no.

En su capítulo VIII del título IV, relativo a la disciplina parlamentaria, se especifican cada uno de sus poderes ante situaciones como las que se vivieron el pasado 11 de mayo en el hemiciclo que reproducimos a continuación. También se explica qué podría pasar si Pujalte persiste en su actitud.

Sección segunda.
De las llamadas a la cuestión y al orden.

Artículo 102

Los oradores serán llamados a la cuestión siempre que estuvieren fuera de ella, ya por digresiones extrañas al punto de que se trata, ya por volver sobre lo que estuviere discutido o votado.

El Presidente retirará la palabra al orador al que hubiera de hacer una tercera llamada a la cuestión en una misma intervención.

Artículo 103

Los Diputados y los oradores serán llamados al orden:

Cuando profirieren palabras o vertieren conceptos ofensivos al decoro de la Cámara o a sus miembros, de las Instituciones del Estado o de cualquiera otra persona o entidad.

Cuando en sus discursos faltaren a lo establecido para la buena marcha de las deliberaciones.

Cuando con interrupciones o de cualquier otra forma alteraren el orden de las sesiones.

Cuando, retirada la palabra a un orador, pretendiere continuar haciendo uso de ella.

Artículo 104

Al Diputado y orador que hubiere sido llamado al orden tres veces en una misma sesión, advertido la segunda vez de las consecuencias de una tercera llamada, le será retirada, en su caso, la palabra y el Presidente, sin debate, le podrá imponer la sanción de no asistir al resto de la sesión.

Si el Diputado sancionado no atendiere al requerimiento de abandonar el salón de sesiones, el Presidente adoptará las medidas que considere pertinentes para hacer efectiva la expulsión. En este caso, la Presidencia, sin perjuicio de lo establecido en el artículo 101, podrá imponerle, además, la prohibición de asistir a la siguiente sesión.

Cuando se produjera el supuesto previsto en el punto 1.º del artículo anterior, el Presidente requerirá al Diputado u orador para que retire las ofensas proferidas y ordenará que no consten en el «Diario de Sesiones». La negativa a este requerimiento podrá dar lugar a sucesivas llamadas al orden, con los efectos previstos en los apartados anteriores de este artículo.

Sección tercera.
Del orden dentro del recinto parlamentario

Artículo 105

El Presidente, en el ejercicio de los poderes de política a que se refiere el artículo 72.3 de la Constitución, velará por el mantenimiento del orden en el reciente del Congreso de los Diputados y en todas sus dependencias, a cuyo efecto podrá adoptar cuantas medidas considere oportunas, poniendo incluso a disposición judicial a las personas que perturbaren aquél.

Artículo 106

Cualquier persona que en el recinto parlamentario, en sesión o fuera de ella y fuese o no Diputado, promoviere desorden grave con su conducta de obra o de palabra, será inmediatamente expulsado. Si se tratare de un Diputado, el Presidente le suspenderá, además, en el acto en su condición de Diputado por plazo de hasta un mes, sin perjuicio de que la Cámara, a propuesta de la Mesa y de acuerdo con lo previsto en el artículo 101, pueda ampliar o agravar la sanción.

Artículo 107

El Presidente velará, en las sesiones públicas, por el mantenimiento del orden de las tribunas.

Quienes en éstas dieran muestras de aprobación o desaprobación, perturbaren el orden o faltaren a la debida compostura, serán inmediatamente expulsados del Palacio por indicación de la Presidencia, ordenando, cuando lo estime conveniente, que los Servicios de Seguridad de la Cámara levanten las oportunas diligencias por si los actos producidos pudieran ser constitutivos de delito o falta.

Tres presidentes, tres estilos

En los últimos diez años, tres han sido los presidentes del Congreso de los Diputados con tres estilos bien distintos. Ni mejores ni peores. Tal vez más o menos acordes con el clima político que les tocó vivir en el cargo.

Federico Trillo tuvo la suerte de ostentar la máxima autoridad en la Cámara baja durante la etapa parlamentaria menos crispada de este último decenio. Eso le benefició. Y también su mano izquierda, que le permitió bregar con los diputados díscolos sin generar animadversiones entre la oposición socialista. Incluso se le perdonaban sus salidas de tono, excesivamente coloquiales en una institución como el Congreso, como aquel célebre “manda huevos”.

De Luisa Fernanda Rudi dicen quienes la vieron manejarse en la presidencia del hemiciclo que en ocasiones “se le iba el pleno de las manos” y carecía de la habilidad de su antecesor para manejar las situaciones conflictivas.

De Manuel Marín destacan su voluntad de elevar el nivel de convivencia y respeto mutuo en los plenos. Una actitud voluntariosa que le ha llevado a protagonizar en los primeros tiempos una actitud flexible que ha acabado degenerando en el mal uso que le han dado los más alborotadores. Marín, extricto observador del reglamento del Congreso, ha apelado a sus artículos en numerosas ocasiones. Y al final ha acabado ocurriendo como en el cuento del lobo: Pujalte se ha confiado hasta que al final se ha encontrado de bruces con la expulsión de la Cámara.

A Marín, como a ningún otro presidente del Congreso, no le gusta llegar a los extremos del pasado 11 de mayo. Pero tampoco le gusta que se falte al respeto en el Hemiciclo y son frecuentes sus discursos pedagógicos sobre lo que representa la institución y sus representantes.

El esfuerzo ha resultado en balde y sólo sirve para acabar con su paciencia. En varias ocasiones ha amenazado con suspender los plenos mientras algunos diputados le dicen jocosos: “¡No te enfades, Manolo!”. “¡Siéntese!”, increpa Marín a los que se olvidan de las más sencillas normas de comportamiento.

Incluso en una ocasión tuvo que amonestar a su predecesor Federico Trillo, después de que éste se riera de un comentario de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. “Debería dar ejemplo”, le dijo. El aludido, confiando en su posible complicidad con Marín, trató de tomar la palabra, pero se encontró de bruces con un presidente airado: “Señor Trillo, siéntese y respete a este presidente. ¡Siéntese! Le ruego que se siente”. El que después fuera ministro de Defensa se sintió tan ofendido que acabó escribiendo una carta abierta a Marín alegando que la “risa”, como la suya de aquel día, no es indecorosa. Y le recomendó “más humor” y “menos irritación”.

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