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Nº 696
22/5/2006

Turbulencias varias

Iñaki Urdangarin ha abandonado discretamente la presidencia del Instituto Noos, una organización de intereses vinculados en parte a los Gobiernos de las Baleares y de la Comunidad Valenciana o a otras instancias relevantes en tales territorios. Hace unos meses, Urdangarin apareció mezclado con un escándalo económico que podía salpicarle en orden a lo que cabría denominar tráfico de influencias. Es evidente que un miembro de la Familia Real española no debe estar implicado en ningún tipo de asuntos tenebrosos o, al menos, escasamente transparentes, aunque en la forma sean legales. Resulta inconveniente e imprudente eludir el aforismo romano acerca de las obligaciones de la mujer del César. En este caso, el marido de la Infanta Cristina no sólo ha de ser honrado, sino que ha de parecerlo.

Después de que EL SIGLO se hiciera eco del episodio de referencia, todo parece indicar que Urdangarin ha echado el freno a semejantes aventuras –por otra parte excelentemente remuneradas– y ha optado por desaparecer del escenario de las tentaciones. Preciso es elogiar tal actitud, haya sido ésta fruto de su iniciativa personal o haya sido invitado por su suegro a no caer en las redes de la avaricia desmesurada. Deslizarse por el tobogán de los negocios paralelos y de los pelotazos suculentos equivale a correr, a medio o largo plazo, múltiples riesgos. La monarquía, que es una institución obsoleta, está destinada a perdurar sólo si se cumplen, como mínimo, dos exigencias irrenunciables: 1.- La pulcritud constitucional. El Rey reina pero no gobierna. 2.- La ejemplaridad en las conductas personales de quienes simbolizan la Corona.

Lo tengo escrito en estas mismas páginas y lo reitero hoy. La monarquía española ha de asumir –cuanto antes mejorque no es admisible a estas alturas hallarse ubicada por encima del bien y del mal, exenta de la fiscalización democrática y no sujeta a los vaivenes de la libertad de expresión o, si se prefiere formular de otro modo, de la opinión pública. El miedo guarda la viña. Los impuestos han de ser para todos, incluidos los reyes. El presupuesto de la Casa Real, que corre a cuenta del erario público, tiene que ser conocido partida por partida y ha de ser objeto de examen riguroso y de debate en sede parlamentaria. La jefatura del Estado, se encarne en formato monárquico o republicano, no debería funcionar como algo ajeno al conjunto del Estado, siendo éste como es democrático.

El porvenir de la monarquía no será un camino de rosas. El sentimiento republicano existe y comienza a percibirse con más nitidez que nunca. Las detenciones de jóvenes comunistas exhibiendo en Móstoles ante los príncipes Felipe y Leticia banderas republicanas es un síntoma más de que algo profundo ha empezado a despertar en España. Y que no se disipará con detenciones más bien polémicas como sucedió el otro día. Los estrategas de La Zarzuela no pueden olvidar que la inmunidad de antaño –de cuando en la Transición Juan Carlos I impulsó el proceso de recuperación de las libertades– es cada vez más difícil mantener en la actualidad sin cambiar, con tino y cierta urgencia, algunas cosas significativas.

El acoso a la monarquía no procede únicamente de determinados sectores republicanos o de izquierdas. El rechazo lo patrocinan también desde el otro lado, el de la derecha extrema en la que se incardinan numerosos segmentos del PP. Basta para comprobarlo con escuchar de cuando en cuando a los periodistas y comentaristas de la COPE. La Corona atraviesa, pues, una fase de turbulencias varias. Cuidado.

Enric Sopena

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