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Nº 696 - 22 de mayo de 2006
El problema de la inmigración

por Santiago Carrillo

El problema de la inmigración se ha convertido en una cuestión mundial, cuya solución ya no está en las manos de ningún gobierno o Estado nacional. Los habitantes del hemisferio Sur se desplazan hacia el hemisferio Norte, que ve hundirse las barreras levantadas trabajosamente para impedirlo. En los EE UU hay ya once millones de inmigrantes sin papeles que han traspasado la frontera ilegalmente. Bush envía a Río Grande a los soldados de la Guardia Nacional y pretende aprobar una legislación que criminaliza a los sin papeles. En Europa, a la inmigración del Sur se añade otra interna, de los países pobres hacia los ricos. Y ambas amenazan desbordar todas las previsiones.

España, por su situación geográfica en el Sur del continente, es una puerta de entrada preferente para los inmigrantes. El Gobierno se encuentra así ante un grave problema y la oposición, que hace astillas de toda madera, utiliza irresponsablemente la dificultad para excitar el posible descontento sin percibir –en el mejor de los casos– que con ello fomenta la xenofobia. El Gobierno, acuciado por la arribada constante de las pateras, habla de intensificar la vigilancia aérea y naval y de utilizar la diplomacia en los países africanos para frenar las salidas.

Yo creo que, a pesar de su espectacularidad, no es en pateras como llegan la mayor parte de nuestros inmigrantes; supongo que muchos cruzan las fronteras hispanas más normalmente. En todo caso, no pienso que la vigilancia aérea y naval vayan a resolver gran cosa. Un cayuco en el océano debe ser algo parecido a una aguja en un pajar. Y aunque así no fuera, ¿qué van a hacer las fuerzas de vigilancia cuando localicen uno en alta mar? ¿Hundirlo? Ninguno de nuestros gobernantes tomaría esta decisión y ningún ciudadano la apoyaría. ¿Apresarlo? Habría que recoger a los capturados y desembarcarlos en nuestros territorios, con lo que ya habrían entrado en lo que ellos consideran su paraíso.

Los resultados de una ampliación de la labor diplomática en los países africanos de origen tampoco resolvería el problema. Los gobiernos de esos países, impotentes para asegurar la subsistencia de sus ciudadanos, lo serían también para cerrar desde dentro sus fronteras. Además, su interés objetivo es totalmente contrario a tal solución en las condiciones realmente existentes. Y aprovechando la libertad de comercio hay mafias que se lucran con las operaciones de traslado, que quizás sean hoy las empresas más rentables que puedan permitirse algunos de esos países.

El fenómeno del desplazamiento masivo de poblaciones del Sur hacia el Norte no puede resolverlo ningún país aisladamente. Los Estados del Norte –más concretamente de Occidente– son los que deben afrontar de manera colectiva la cuestión. Lo que todo este fenómeno plantea es la necesidad de un cambio fundamental de política en Occidente. Mientras Occidente no se plantee seriamente la tarea de contribuir a crear en esos países pobres la situación en que sus habitantes encuentren en ellos la posibilidad de una existencia humana que ahora vienen a buscar en el Norte, los movimientos migratorios en un planeta en el que ya no hay distancias ni barreras insalvables son prácticamente inevitables. Eso exige grandes gastos, una utilización diferente de las riquezas de Occidente, nuevas reglas para el comercio, cambio en el aprovechamiento de la explotación de las riquezas naturales de esos países a favor de la población nativa y no de las multinacionales. Occidente debe todo eso a los países pobres, pues su riqueza actual se ha favorecido por la explotación colonial.

Mientras tanto, las soluciones que pueda adoptar uno u otro Gobierno aisladamente no serán más que parches.

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