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ZP lleva su buena estrella a la final de la Champions El presidente ‘culé’
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La gestión de Laporta, el buen hacer de Rijkaard y la magia de Ronaldinho podrían no ser las únicas claves que expliquen el vibrante espectáculo del Barça en el terreno de juego y su excelente temporada: acaba de ganar su 18º título de Liga y esta semana disputará en París, frente al Arsenal, la que podría ser su segunda victoria en una final de la Champions League. La afición confía en que la buena estrella del presidente culé, que tan buenos resultados le ha reportado en la arena política siga ejerciendo, como parece, su providencial influjo en el equipo blaugrana. Y de hacerlo lo hará en el estadio de fútbol de la capital francesa, donde Zapatero acudirá, por primera vez desde que llegó a La Moncloa, a animar desde el palco al F. C. Barcelona al grito de ¡Visca el Barça!. Por Virginia Miranda Espero que gane el Barça porque mantiene la moral colectiva alta, ya que la sensación de la calle es que la clase política catalana ha perdido el rumbo”. La frase es de un destacado dirigente del Parlament consciente de la desilusión generalizada entre los catalanes, hastiados ante un panorama político seriamente dañado por la polémica tramitación del Estatut que se ha resuelto con la inanición del tripartito –Maragall acaba de cesar a los consellers de ERC y de anunciar que convocará elecciones este año– y el deterioro de su imagen en el resto de España. Así las cosas, no hay nada como consolarse con un doble triunfo futbolístico. El primero, el 18º título de la Liga española, que llegó a falta de dos jornadas con la victoria frente al Celta y la oportuna derrota del Valencia en Son Moix ante el Mallorca. Y el segundo podría hacerse realidad esta semana. El F. C. Barcelona disputará la que sería su segunda Copa de Europa al Arsenal de Londres en el Stade de France de Saint Denis de París. Desde que Joan Laporta llegara en 2003 a la presidencia del club, los hinchas culés no han dejado de soñar. Recién llegado al Camp Nou confió el vestuario al holandés Frank Rijkaard a pesar de las reticencias de otros miembros del equipo directivo. Y acertó. Fichó a Ronaldinho después de que David Beckham le diera plantón por el equipo galáctico de Florentino Pérez. También acertó y cómo. Y le dio al eslogan “El Barça es més que un club” una dimensión catalanista como hasta ahora no había tenido. Acertó en el territorio autonómico y disgustó en el resto de España, aunque no por eso los culés de fuera de Cataluña se han dado de baja en el equipo. El caso es que en estos últimos tres años, al Barça le bastó coger velocidad al comienzo de la era Laporta para subir a lo más alto recordando al dream team de Johan Cruyff... y para romper la hegemonía del Real Madrid, cuya fórmula galáctica de Zidanes y Pavones –mezcla de jugadores de cantera y fichajes de los mejores futbolistas del mundo– se acabó desinflando la pasada temporada. Como resultado de todo esto, sumado al cambio político del 14-M, en el fútbol y en la política se dio el pasado año un paralelismo ciertamente curioso. José María Aznar, merengue confeso y habitual del palco del Bernabeu, ya había abandonado el Gobierno y decía adiós al título de Liga. El nuevo presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, celebraba en el Palacio de La Moncloa el triunfo de su equipo barcelonista. De aquellos años en que el estadio del Madrid era conocido con el sobrenombre de “Consejo de Ministros” y a Aznar le reprochaban su centralismo se había pasado a una nueva etapa donde el núcleo de poder, político y futbolístico, radica en Cataluña. Y es que además de los colores azulgranas, Zapatero tiene otra deriva estrechamente ligada a esta autonomía. El PSC fue el primero que le dio su apoyo en el 35 Congreso del PSOE donde resultó elegido secretario general del partido. El triunfo electoral de Pasqual Maragall por un ajustado margen de votos que le obligó a pactar el Gobierno de la Generalitat con ERC y IC-V se escenificó como la antesala de la que podría ser su victoria del 14 de marzo de 2004; si el PSC lograba desbancar a CiU del poder después de 23 años, Zapatero también tenía posibilidades, con la remontada socialista catalana, de hacer lo propio con el PP. El grupo de Esquerra Republicana de Cataluña en el Congreso de los Diputados ha votado no sólo los presupuestos del PSOE, también ha apoyado sus proyectos legislativos incluida la Ley de Tropa y Marinería, que por razones obvias no entraba dentro de sus prioridades. Y a pesar del precio político que ha tenido que pagar finalmente el Govern, el presidente ha impulsado las reformas estatutarias y muy especialmente la de Cataluña, donde se ha implicado personalmente pactando un acuerdo con el líder de CiU, Artur Mas. Aunque por supuesto que estas circunstancias no han tenido nada que ver con la afición futbolera de Zapatero. En los años 40, el Barça contó con una delantera mítica formada por Basora, Kubala, Moreno, Manchón y César –lo recuerda Serrat en su canción Temps era temps–. Éste último, natural de León y procedente de la Cultural y Deportiva Leonesa, se convirtió en un auténtico mito en su provincia desde que empezara a formar parte de la alineación del F. C. Barcelona y a sumar goles al marcador. El presidente se dejó seducir por aquella euforia colectiva y empezó a profesar devoción por el equipo catalán. Pero César no fue lo único que le atrajo del club blaugrana. Cuenta Óscar Campillo en su biografía Zapatero (La Esfera de los Libros) que de joven era “el único amigo del grupo que era hincha del Barcelona, el equipo de los “progres”, mientras todos los demás preferían al glorioso Real Madrid de la época, de cuyos triunfos pasaba por adueñarse el Régimen de Franco para lavarse la cara, por mucho que Zapatero sostenga ahora que se aficionó al Barça porque allí había triunfado en los años cuarenta un portentoso delantero leonés, César Rodríguez Álvarez, pichichi de la Liga y el cuarto máximo goleador de la historia del Barcelona”. Una cosa no quita la otra. En cualquier caso, la afición de Zapatero es indudable y no hay quien le borre la sonrisa de la cara cuando le mientan al club azulgrana, una circunstancia que ha sido cada vez más frecuente a medida que avanzaba la temporada liguera y el equipo estaba cada vez más cerca de los sendos títulos de España y Europa. Poco antes de que comenzara el último derby Barça-Madrid, Zapatero asistía con Pasqual Maragall al mitin con el que el PSC iniciaba la precampaña sobre el Estatut y hacía balance de sus dos primeros años de Gobierno en Cornellà. El jefe del Ejecutivo, a pesar de que la inminencia del encuentro, evitó hacer consideraciones futbolísticas. Pero el ambiente y los ánimos eran propicios y los militantes y su anfitrión comenzaron a lanzarles guiños cómplices. “Tú te lo vas a perder [el partido]”. “No quiere que se sepa que es del Barça”, le decía jocoso Maragall. Mientras, desde las pantallas que reflejaban los sms que enviaban los asistentes al mitin se podían leer mensajes del tipo “El PSC con el Estatut y el Barça” o “Zapatero espero que nos traigas suerte en el partido de esta noche”. También las pancartas reflejaban la misma dualidad político-deportiva. “Força Barça, Força Zapa”, rezaba una de ellas. Tantas son las simpatías que genera su afición que, en un reciente encuentro con militantes, el jefe del Ejecutivo no supo medir las consecuencias de hacer valer su barcelonismo en territorio enemigo. El Palacio de Vista Alegre, sito en el madrileño barrio de Carabanchel, albergó a mediados de abril un mitin para celebrar los dos primeros años de Gobierno socialista. Zapatero, embriagado por el entusiasmo después de enumerar sus logros políticos y, como si creyera a quienes dicen que su baraka está beneficiando la buena marcha liguera del Barça, dijo ante las miles de personas congregadas: “Este año, un equipo español va a ganar la Champions”. Craso error. El presidente se encontraba en Madrid y muchos de los allí presentes eran del equipo merengue, que pasaron de los vítores a los pitidos en cuestión de segundos. El Villareal todavía no había sido eliminado, pero por un simple cálculo de probabilidades todos los ofendidos pensaron que se refería al Barça. “Y un partido socialista, obrero y español ganará las municipales, autonómicas y generales”. Había logrado salvar el tipo. Y había recordado que las pasiones que mueve el esférico no entienden de otro tipo de filias, fobias y afiliaciones políticas. Él sabe bien de este tipo de paradojas. Los dos ministros más próximos a Zapatero, el titular de Defensa, José Antonio Alonso, y el de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, son del Real Madrid. El también leonés no es lo que se dice un forofo hasta la médula, pero tiene afición. En el reciente encuentro Madrid-Villareal, donde Zidane se despidió de su afición, Alonso asistió al palco. Y en una reciente entrevista en la cadena Ser lamentó la retirada de un jugador “elegante” como es el centrocampista francés. Rubalcaba en cambio sí es de los hinchas que vibran, disfrutan y sufren con los éxitos y fracasos del equipo blanco. Son famosos sus piques con diputados culés y los miembros de la Peña Barcelonista del Congreso y el Senado, formada por parlamentarios, periodistas y funcionarios de las Cortes, que comparten multitud de anécdotas con el ministro mientras asiste resignado a la mala racha del Madrid. La tentación de provocar a Rubalcaba es tal que incluso los madrilistas disfrutan torturándole. En el mitin celebrado por el PSOE en Valladolid a finales de abril, el secretario general del partido en Castilla y León y aficionado merengue, Ángel Villalba, recibía al titular de Interior con una corbata del Barça. Dijo que era en reconocimiento de la buena temporada del club y trató de hacer una comparación político-futbolística: “Hacen un juego bonito como dicen los brasileños, y el Gobierno, como el Barcelona, ha jugado muy bien en esta primera parte de la legislatura”. Pero Rubalcaba no estaba muy convencido y confesó lo difícil que le resulta hacer un “ejercicio de tolerancia”, seguro de que en el Madrid “las cosas volverán a su cauce”. De todas formas, los políticos culés están crecidos y este año han preferido no ensañarse con el ministro porque “los blaugranas hemos ganado sin adversarios”. Por fin, al palco. A pesar de que Zapatero es el más insigne miembro de la hinchada “culé”, desde que llegara a La Moncloa nunca ha acudido a la llotja del Camp Nou –sí estuvo en el palco en marzo de 2002 siendo jefe de la oposición–. Lo ha intentado en varias ocasiones aprovechando su estancia en la Ciudad Condal, pero la agenda oficial se lo ha acabado impidiendo. Se le esperaba en el encuentro de la Champions League de la temporada 2004-2005 contra el Chelsea, pero el vuelo que debía llevarle hasta el estadio fue cancelado por un temporal. También se dio por hecho que asistiría al partido de semifinales de este año contra el Milan, pero no hubo suerte. Sin embargo ahora sí acudirá, si no lo impide ningún compromiso de última hora, a la final de la Copa de Europa entre el Arsenal y el F. C. Barcelona. Dicen quienes conocen al presidente “culé” que, a pesar de haberlo intentado en cuatro o cinco ocasiones, no quiere ir al Camp Nou “a sacar réditos políticos de su afición al Barça entre la afición”. También quiere marcar distancias con Aznar, que respaldaba sin miramientos a un sólo equipo español, el Real Madrid, acudiendo al palco e incluso asistiendo a las celebraciones de su centenario. Pero ahora la ocasión la pintan calva; se trata de la final de la Liga europea contra un equipo extranjero. De ganar la Champions, Zapatero, que la pasada temporada tuvo que felicitar a Laporta por el título liguero a través del teléfono, podrá hacerlo personalmente. Por cierto que el presidente blaugrana también tiene su opinión sobre el efecto ilusionante de las victorias del Barça entre los culés catalanes. Preguntado la pasada semana en el Foro Europa sobre si los éxitos del club ayudan a sobrellevar la desilusión provocada por el desgaste del Estatut, dijo que el equipo azulgrana “es un termómetro de la alegría colectiva en Cataluña y de todos los barcelonistas. En España y en el mundo. El Estatut es un tema recurrente y está presente. Sí puede ser que el Barça compense algunas decepciones. Ya no sólo por el Estatut o la Opa, siempre ha sido así”. “Sí, es obvio. Por eso el fútbol es el deporte más popular del mundo y te permite determinado estado de ánimo en función de si ganas o pierdes”. Está claro que el “culé” que no se consuela es porque no quiere. Y si el F. C. Barcelona vuelve a hacer historia este miércoles logrando su segundo doblete en casa y en Europa en 106 años de historia, tal vez tenga que empezar a tomarse en serio aquello de la baraka de Zapatero. El palco de París, a rebosar de políticos La política implica muchos sacrificios que le hacen a uno pensárselo dos veces antes de dar el paso hacia la cosa pública. Pero también privilegios que para sí querría en estos momentos la hinchada barcelonista que se ha quedado fuera del sorteo de entradas para ver la final entre el Barça y el Arsenal en París. El club azulgrana dispone de 980 entradas para sus “compromisos institucionales”. Y no, no piensen que son excesivas. Sólo en políticos ya hay que destinar un buen puñado. El Rey y el presidente del Gobierno que acudirán por razón del cargo -en este último caso más bien de la afición- estarán acompañados de toda la clase política catalana, que podrá olvidarse por unas horas de la larga y procelosa tramitación del Estatut siempre y cuando la alineación de Rijkaard responsda a las expectativas de los culés. El president Maragall acudirá. También los consellers del PSC y el de IC-V. Pero después del cese de los de ERC es posible que se caigan de la lista de invitados o no les queden ánimos, en el mejor de los casos, para festejar el triunfo deportivo con quienes les han echado del Govern. El presidente del Parlament, Ernest Benach, es de los que no se pierden ni un partido desde el palco. Tampoco Joan Clos, alcalde de Barcelona y otro de los asiduos a la llotja del Estadi. Ninguno de los dos está dispuesto a perderse la final histórica. A pesar de ser otro habitual del Camp Nou, el ministro de Industria, José Montilla, no podrá acudir. Pero es de los pocos que se perderán el acontecimiento. Ni siquiera los líderes de ERC dejarán pasar la oportunidad, por muy negro que pinte ahora el futuro de su formación. Se espera a Joan Puigcercós, secretario general del partido. Este forofo “culé” que se intercambia sms con Rubalcaba en una pugna permanente por demostrar cuál de sus dos equipos es el mejor, si el Barcelona o el Madrid, es uno de los políticos que se dan por destontados. Quien ya ha manifestado públicamente que verá la final en el Stade de France de Saint Denis de París es Josep Lluís Carod Rovira. El presidente de Esquerra declaró la pasada semana en una entrevista en Cuatro que de su familia es de los menos forofos, pero acudirá con ella al partido y celebrará allí su 54 cumpleaños. CiU también contará con una nutrida representación política, con su líder Artur Mas y su portavoz en el Congreso de los Diputados, Josep Antoni Duran i Lleida. Del PP no hay confirmaciones, pero no es extraño que asistan el presidente popular en Cataluña, Josep Piqué, quien en ocasiones también frecuenta el palco blaugrana, o la diputada en Madrid Alicia Sánchez Camacho, miembro de la Peña Barcelonista del Congreso y el Senado. Después de que el poder político se haya aglutinado en torno al Barça, ahora sólo faltaba que perdiera la Liga de Campeones. El Rey y Zapatero, segunda vez reunidos para animar al Barça Don Juan Carlos acude a numerosos actos oficiales a lo largo del año. Pero en pocos disfruta tanto como en los deportivos. En las finales de fútbol por ejemplo. Su asistencia es obligada a la de la Copa del Rey y también es habitual en la de la Champions League. La Casa Real ya ha confirmado que el monarca acudirá a París para animar al equipo azulgrana, y allí coincidirá con el presidente Zapatero. Esta será la segunda ocasión en la que Don Juan Carlos y el jefe del Ejecutivo se encuentren en un partido del Barça. La primera fue en marzo de 2002, cuando el Camp Nou albergó el encuentro de la semifinal de la Copa de la UEFA ante el Liverpool. El entonces líder de la oposición se encontraba en la Ciudad Condal con motivo de la Cumbre de Líderes del Partido de los Socialistas Europeos, preparatoria del Consejo Europeo del sábado siguiente, y aprovechó para presenciar el partido en vivo y en directo gracias a la invitación personal del entonces presidente del club, Joan Gaspart. Las cámaras de TVE no captaron las imágenes, pero testigos presenciales aseguraron que se dieron un efusivo abrazo. “Se ve que hay una corriente de simpatía en el trato”, dijeron [ver El Siglo número 501: Toque de atención]. Mientras este encuentro tenía lugar en Barcelona, en Madrid aún se especulaba sobre si el presidente Aznar acudiría al partido que tendría lugar en el mismo Nou Camp tres días después y en el que se enfrentarían el Barça y el Madrid. Pero la excesiva deferencia del jefe del Ejecutivo hacia el equipo merengue desaconsejó esta posibilidad a los fontaneros de Moncloa: acababa de asistir a la cena del Centenario del Real Madrid provocando numerosas críticas sobre su falta de consideración hacia otros clubes españoles. Precisamente fue esta circunstancia la que aprovechó el Rey para marcar distancias con un jefe de Gobierno por el que se sentía ninguneado, lanzando sutiles mensajes de complicidad al Barcelona y al PSOE, como su presencia en el Camp Nou. Chaves y Monteseirín, con el Sevilla Menudas semanas de emociones. Mientras la atención informativa permanecía pendiente de la final de la Champions League, el Sevilla conquistaba la Copa de la UEFA con un 4-0 ante el Middlesbrough inglés en Eindhoven. En la capital andaluza los sevillistas se echaron a la calle para festejar el histórico título. La hinchada que acudió a presenciar el encuentro inundó de una marea roja las calles de la ciudad holandesa. Mientras, desde el palco, se celebraba la copa de la UEFA por partida doble. El presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, y el alcalde de la ciudad, Alfredo Sánchez Monteseirín, asistieron con los Príncipes de Asturias, el presidente del Sevilla José María del Nido, y el de la UEFA Lennart Johansson, a la apoteosis futbolística del equipo. Para Chaves debió ser una experiencia agridulce, ya que es conocida su afición bética. Pero el título merecía la pena. La alcaldía de Sevilla, a parte de la de Córdoba bajo el mandato de la alcaldesa de IU, Rosa Aguilar, es la única andaluza que no está controlada por el Partido Popular. De ahí las ganas que tienen en la formación de Javier Arenas por desbancar a Monteseirín del Consistorio, llegando incluso a proponerle la candidatura a personas con gran tirón entre la opinión pública como el periodista de Onda Cero, Carlos Herrera. No es que Monteseirín se echara al terreno de juego a marcar goles, no se le puede atribuir ningún mérito deportivo, pero la victoria sevillista ha generado una corriente de optimismo entre los ciudadanos que sin duda contagiará al alcalde de la ciudad. Puede ser casualidad, pero en el Gobierno ya se ha comprobado durante los últimos años que cuando las cosas marchan bien en el Ejecutivo, el equipo del presidente también protagoniza una buena temporada en el terreno de juego. Al menos sí puede concluirse que si la afición está satisfecha con su club, al alcalde le toca parte de esa satisfacción. Lástima que el Betis no haya ganado la Liga, así se habría asegurado la adhesión de la otra mitad de los ciudadanos de Sevilla. |
| ZP y el Barça, por el sendero de la victoria por Enric Sopena |