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Hemeroteca Esta semana
Nº 695
15/5/2006

Izquierda y nacionalismos

Por José María Benegas

Desde hace algún tiempo el debate sobre la dimensión de lo público y el papel del Estado como instrumento de transformación de la sociedad, corrector de las desigualdades, y garante del Estado del Bienestar y de la solidaridad entre los ciudadanos y las regiones de un mismo país es casi inexistente. En los supuestos en que tiene lugar, propiciado por los procesos de reformas territoriales, es siempre en detrimento del Estado. Por razones diferentes, nacionalistas y conservadores coinciden o postulan la idea del Estado mínimo. El socialismo titubea, duda y cede poco a poco a favor de las comunidades autónomas. En honor a la verdad debo decir que hay excepciones, como la defensa del carácter estatal de la Seguridad Social y la caja única que lo garantiza.

No podemos decir lo mismo, por ejemplo, de la enseñanza pública. Transferida la competencia de educación a las CC AA, en algunas se está propiciando el deterioro de la escuela pública hasta tal punto que se condena a los padres a optar, "por responsabilidad", en favor de la enseñanza privada.

Sin duda, la formación de un gobierno de izquierdas suscitó adhesiones y esperanzas en muchos ciudadanos de Cataluña y en el resto del Estado. Era una experiencia nueva de la que podía resultar una nueva forma de gestionar el derecho a la autonomía después de largos años de gobiernos nacionalistas. Pues bien, y sin entrar en los posibles errores que se hayan cometido, nuevamente nos encontramos con la primacía de los criteriosnacionalistas en detrimento de un proyecto de progreso. La decisión de ERC de votar en contra del Estatuto da al traste con la experiencia que tantas expectativas había despertado de un gobierno de izquierdas en Cataluña. Este partido, que se autodefine como nacionalista y de izquierdas, ha demostrado una vez más que cuando llega la hora de la verdad lo de izquierdas es un adorno efímero.

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En relación con la nacionalización de los hidrocarburos decidida en Bolivia por el presidente Evo Morales, lo primero que hay que hacer es aclarar que lo que se nacionaliza es el producto, petróleo y gas, y no las empresas, instalaciones, maquinarias o capital de las mismas. Se argumenta que las formas no son aceptables. Parece que así es, pero lo que no puede decirse es que ha sido por sorpresa y con nocturnidad. La nacionalización de los hidrocarburos formaba parte central del programa ` electoral con el que Evo Morales ganó las elecciones y accedió a la Presidencia de Bolivia. Las empresas estaban expectantes desde entonces y supongo que habrán intentado algún diálogo sobre su futuro, sobre todo al ver que Venezuela elegía el camino de obligar a la creación de empresas mixtas. No sé cuánto más tiempo vamos a tardar en entender desde los países europeos que está surgiendo una nueva clase política en Latinoamérica decidida a combatir los niveles de pobreza y desigualdad, que son intolerables en todo caso, pero más aún, por razones obvias, en países ricos en recursosnaturales. Es posible que se estén equivocando en las formas y en el método por poner en entredicho la seguridad jurídica. Pero creo que lo que no se puede cuestionar es la voluntad de combatir la pobreza, la indigencia y el atraso. Me parece bien que países como el nuestro defiendan con firmeza a las empresas que han hecho fuertes inversiones en aquellas latitudes y exijan garantías serias, pero no se debe ignorar el contexto en que se producen y el gran incremento del precio del crudo que hace que los anteriores acuerdos queden de alguna manera desvirtuados.

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En una reciente visita a Madrid, Edouard Balladur, antiguo primer ministro de Francia y hoy presidente de la Comisión de Exteriores de la Asamblea, comentó a una representación de parlamentarios españoles que uno de los problemas de Francia reside en que no han entendido la globalización y que esto no encaja demasiado en una idiosincrasia asentada en el orgullo nacional entendido a la antigua usanza. Una encuesta de la Universidad de Maryland es bastante ilustrativa a este respecto sobre lo que está pasando en el país vecino. Sólo el 36% de los franceses cree que el sistema de libre mercado es el mejor sistema económico posible, frente al 59% en Italia, el 65% en Alemania, el 66% en Reino Unido, y el 71% en EE UU. El 70% cree que las nuevas generaciones no vivirán tan bien como las actuales, y para un 48% la palabra globalización inspira "miedo" y únicamente para el 27%, "esperanza".


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