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Albert Boadella, director de Els Joglars
"ZAPATERO FUE
UN POCO INCONSCIENTE
CON SUS PROMESAS
SOBRE EL ESTATUTO"
Enfant terrible de la cultura catalana, Albert Boadella, al frente de su mítico grupo
teatral, Els Joglars, fue uno de los azotes públicos de los últimos años de la dictadura franquista, por lo que resultó procesado en varias ocasiones. Enormemente crítico con todas las administraciones catalanas presididas por Jordi Pujol, ahora también se enfrenta a las propuestas del tripartito y expresa su disconformidad con la actuación
del Partido Socialista en el Gobierno. Junto a un grupo de intelectuales catalanes
acaba de presentar en Madrid su proyecto de partido político, Ciudadanos de Cataluña, cuyo ideario es nítidamente antinacionalista, reclamándose también
abanderados de lo que denomina laicismo máximo.
Por Pedro Antonio Navarro
—¿Cuáles son las razones para el nacimiento de este partido?
—En mi caso son muy sencillas;
me defiendo ante la competencia desleal que la política ha generado en Cataluña. La farsa, el esperpento y la mascarada son mi terreno y, por lo tanto, la política debe ser el arte del sentido común, de la sensatez, de la lucidez frente a la enfermedad mental. Debe servir, fuera de toda mística y de toda metafísica, de todo sentido mágico de la vida. Debe contribuir, simplemente a la felicidad material de los individuos. De la espiritual, ya nos ocuparemos cada uno. Y en Cataluña ha pasado eso. Los sentimientos personales -legítimos, sin duda alguna- y las razones mágicas, metafísicas del territorio han estado por encima de las claves normales de lo que debe ser política.
—¿Considera al nacionalismo como un generador de problemas?
—El nacionalismo es política de los sentimientos. La política de los sentimientos del siglo pasado nos ha mostrado las consecuencias, las contrapartidas tremendas de esa fácil política de los sentimientos.
— ¿Y cómo se modifica eso?
Creo que la solución en el caso de Cataluña es hablar de postnacionalismo; es decir, tratar de explicarle al ciudadano que la etapa del nacionalismo, de las reivindicaciones sobre la cultura, la lengua y estas cosas, está ya superada. Está perfectamente implantado lo que tenía que implantarse, y que ahora, hay que buscar, simplemente, otras razones, las razones normales de la política, que son simplemente, conseguir eliminar las dificultades que los ciudadanos tengan en la sanidad, en la educación, en las comunicaciones, en el trabajo... pero, al margen de hacerlo como catalanes, como extremeños o como andaluces, sino, simplemente, como ciudadanos.
— Pero parece que los nacionalismos vasco o catalán se sustentan sobre bases muy similares a las que sostienen al nacionalismo español, historia común, cultura, idioma...
—En todo caso, lo que llamaríamos el nacionalismo español, tiene, por lo menos, muchísima más pluralidad, naturalmente, por un efecto del territorio, en el que existen muchas más opciones, más lenguas, más territorios, más paisajes, más climas, más culturas. Estamos hablando de algo que tiene mayor amplitud. Pero lo que llamaríamos el nacionalismo español, desde la muerte de Franco es, en cierta medida, inexistente. La apología constante del hecho de ser español, de la paranoia contra los otros territorios, como ocurría en la época de Franco, eso es algo que en el conjunto de España ha desaparecido.
— ¿Sería una opción razonable el internacionalismo o una especie de universalismo?
— Creo que las propias administraciones actuales, como, por ejemplo, la Unión Europea, marcan, en cierta medida, los límites de esta situación. No sé si a esto se le puede llamar internacionalismo, pero, en todo caso, lo importante es la eliminación de la mística en la política. La política es algo más aséptico en este sentido. Hay que dejar que la mística, los sentimientos y la metafísica la ponga cada uno. Es decir, un laicismo máximo; no laicismo sólo en el sentido de no incluir la religión en las constituciones o en las formas políticas: laicismo en el sentido de que no exista una idea religiosa en lo político. Ésa es la solución en la Unión Europea actual.
—¿Qué opinión tiene de la posición del actual Gobierno ante la cuestión nacionalista?
—Creo que el Gobierno ha tratado -en el caso de Cataluña, por lo menos- la cuestión con intereses electorales, por un lado, y por otro, con una cierta frivolidad. Cuando Zapatero expresó que a los catalanes les respetaría el estatuto que saliera del Parlamento catalán, mostró una cierta inconsciencia o un enorme desconocimiento de lo que es el nacionalismo en Cataluña, y no se dio cuenta de que él les había dado barra libre a lo que saliera de allí, y que en Cataluña entonces creyeron que Zapatero representaba su gran oportunidad histórica.
—Usted comentaba recientemente que estábamos en el camino de la secesión.
—Sí. Las intenciones de los políticos catalanes son éstas, aunque por delante vayan diciendo que no, que España representa todavía una forma de construcción de un Estado. Esto es una especie de legado que nos ha venido, casi diría, por la genética. En este sentido, lo que ha hecho el Gobierno ha sido eliminar lo que yo llamaba la política del bombero pirómano. En Cataluña se ha practicado esta forma política que era montar el incendio, y cuando en Madrid se inquietaban, los políticos se vestían de bomberos y hacían ver que ellos eran los que apagaban el fuego. En el momento en que han visto luz verde, han dejado el traje de bombero de lado y el incendio ha funcionado a su libre albedrío.
—En términos de la política moderna, ¿una solución podría ser un Estado federal?
—Pero es algo que, en parte, ya existe. En España se hizo un procedimiento; el sistema autonómico, que tendrá sus defectos, pero, durante unos años ha ido funcionando. Es un sistema muy caro porque es duplicar en cada comunidad las administraciones; es un sistema un poco de reinos de taifas, pero la gente se siente un poco más cercana a las formas administrativas. Pero en España esto funciona en niveles de autonomía muy superiores a la que tienen muchos estados federales. La autonomía que tiene Euskadi no hay ninguna región europea que la tenga, y también autonomía económica. No podemos estarnos planteando constantemente lo que es España; es que llevamos siglo y medio en este asunto. Creo que la constitución de 1978 lo definió muy bien y era una forma de darnos todos la mano y acabar con los contenciosos del pasado, y en vez de ello, Cataluña y Euskadi han seguido en la brecha.
—¿Cuál es la propuesta fundamental de su plataforma ante esta situación?
—La propuesta en Cataluña es movernos en un terreno no nacionalista; volver a la idea de una política pragmática, sin el hecho de que por ser de un territorio u otro signifique nada especial. Es decir, los derechos de los ciudadanos por encima de los derechos del territorio. Y después, crear un partido de amplio espectro, en el que se sienta cómodo un ciudadano con ideas liberales y otro con ideas de la socialdemocracia o de izquierdas. O sea, tratar de no caer en ninguna ortodoxia especial. Al mismo tiempo, lógicamente, con una visión moderna, progresista de lo que es el mundo. Ciudadanos de Cataluña, por ejemplo, no se plantea ningún problema con las células madre, ni se hubiera opuesto al matrimonio entre homosexuales, sino todo lo contrario. Planteamos, simplemente, una visión contemporánea, no anquilosada o anclada en ciertos ancestros. La idea no es tratar de ocuparle el espacio al Partido Socialista ni al Partido Popular, sino ocupar un espacio distinto -tampoco intermedio en el sentido de que tenga que ser de centro-.
— ¿Podemos decir que en el ideario socioeconómico se sienten próximos al PSOE y que su diferencia está en la posición ante los nacionalismos?
— Pues fíjese usted, el PSC ha sido el que ha desequilibrado la balanza. En Cataluña, si los socialistas hubieran mantenido cierto equilibrio, como se había hecho en el pasado, esta deriva nacionalista radical no se hubiera producido. En este sentido discrepamos totalmente del PSC. Desde el punto de vista económico, hoy en día no hay demasiadas fórmulas. Hay una cantidad de directivas de la UE que condicionan el movimiento particular de cada Estado y, por tanto, las posibilidades de moverse en la economía entre la derecha, el centro-derecha o el centro-izquierda son de matices. Nuestras diferencias no podrían ser muy especiales, ni nuestras fórmulas constituirían ninguna receta mágica.
—No temen que su oposición beligerante al nacionalismo, que coincide mucho en la expresión del Partido Popular sobre la misma cuestión, lleve a que los ciudadanos les identifiquen con la derecha?
— Veo que sería difícil una identificación con la derecha en un partido que, como elemento esencial, habla de laicismo. Una de las cosas que más configuran las ideas del PP es que están constantemente unidos a la Conferencia Episcopal, casi en cuerpo y alma. Eso configura una forma de entender las cosas. Al mismo tiempo, la política tiene siempre paradojas extraordinarias. Ahora, Ciudadanos de Cataluña se va a encontrar recomendando y votando en Cataluña, en el referéndum del Estatuto, junto a lo que ha promovido Es-guerra Republicana; y supongo que la gente no va a entender que nosotros somos de ERC. O hay coincidencias que son de un lado, o son de otro, pero que le vamos a hacer. Por otra parte, tampoco hay que demonizar al PP; es un partido democrático y además, en Cataluña es un partido de la oposición. Si hay cosas que la gente puede confundir, muy pronto verá que nada tenemos que ver con ellos. Si el PP representara nuestros ideales, no hubiéramos iniciado esta aventura.
— Usted también ha sido muy crítico con el "Pujolismo".
— Lo que está ocurriendo en Cataluña forma parte de un proceso que empezó en los años ochenta. Muchas veces escucho a gente diciendo que Jordi Pujol era un hombre de Estado; y me doy cuenta de que la gente desconoce profundamente lo que ha ocurrido. Pujol no era un hombre de Estado; sería lo que fuera, podría ser otra cosa, pero un hombre de Estado no. Precisamente, su función política fue la de luchar contra el Estado y, por tanto, promover lo que ahora tenemos, todo ese caldo de cultivo de que un catalán piense que cuando los madrileños se levantan, lo primero que se les pasa por la cabeza es ver qué putada les pueden hacer a los catalanes. Esta especie de epidemia general, de paranoia, está inducida desde el año 80. Es aquí donde está el problema. Ha habido una serie de políticos en Cataluña que han inducido a los ciudadanos hacia la paranoia; hacia el pensar constantemente que España es nuestro enemigo, que España siempre nos ha jodido a lo largo de la historia y nos va a seguir jodiendo. Así no se puede construir bien un país.
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