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| Nº 694 - 8 de mayo de 2006 |
Sectarismo y censura por Joaquín Leguina El miércoles 26 de abril se celebró en Barcelona un partido de fútbol, el de vuelta de una de las dos semifinales de la Liga Europea de Campeones entre el Milán y el Barça. En el primer partido, jugado en la capital lombarda, el FC Barcelona había ganado al equipo local por 0-1. Pero El Fútbol Club Barcelona no sólo había ganado, había jugado mucho mejor que su rival. El partido de vuelta se esperaba en la capital catalana como se espera una apoteosis, la confirmación del éxito, el espaldarazo a un equipo que ha venido mostrando su extraordinaria calidad durante toda la temporada. Allí, en el palco (así suele suceder en el Nou Camp), estaban todas las fuerzas vivas exhibiendo su catalanidad, afirmando el hecho diferencial, recibiendo el agua bautismal de la excelencia futbolística desde los pies y desde el talento de algunos catalanes de apellido foráneo: Rijkaard, Ronaldinho, Eto'o... pues ya tenemos aprendido que "son catalanes quienes viven y trabajan en Cataluña", aunque a partir del nuevo Estatuto habrán de añadir a estas condiciones la de dominar la lengua propia, la de Maragall (don Joan), es decir, el idioma catalán. Pero, a lo que íbamos, todo estaba allí preparado para la Epifanía y comenzó el partido. Pronto se vio que el destino glorioso del Barca no estaba escrito en las estrellas, que las cosas no pintaban bien para los colores azules y granas del equipo barcelonés (entidad que, como todo el mundo sabe, es más que un club). En fin, que el Milán dominaba la situación, que a Ronaldinho y a sus conmilitones no se les habían secado las ideas, pero sí los pies a causa de unos marcajes mi' lanistas tan estrictos como eficaces... y se veía venir lo peor. Aunque la defensa del Barca se mantuviera firme, tal era el impulso del rival en la acometida que, para cualquier espectador avezado, era una evidencia que el cántaro se rompería de tanto ir camino de la fuente... y así ocurrió. Bien entrada la segunda parte, un pase en profundidad dio ocasión para que un delantero milanista, el ruso Sherchenko, le metiera un golazo a Valdés, el portero del Barça. Cuando los resignados jugadores del Barcelona ya se dirigían hacia el centro del campo para reanudar desde allí el juego tras el tanto adverso... el árbitro, milagrosamente, a instancias de uno de sus jueces de línea, anuló el gol a causa de una falta inexistente.Y aquí empieza la preocupante historia que intentaré glosar. Televisión Española –responsable urbi et orbe de la transmisión– apenas repitió una sola vez esa jugada. En contra de cualquier norma informativa y en contra del sentido común, los responsables de la televisión pública censuraron la repetición de la jugada. Prefirieron saltarse a la torera su prestigio profesional y escogieron el descrédito internacional ante cientos de millones de espectadores que estaban viendo el partido ante el televisor, negándose a mostrar la chapuza que un árbitro había perpetrado a favor del club local. Y lo mismo siguió ocurriendo el día siguiente en los periódicos. Inútil buscar un titular que diera cuenta, aunque fuera livianamente, del atropello arbitral. Todos prefirieron el patrioterismo futbolero a la información y a la verdad. Busqué minuciosamente en el periódico que leo a diario (El País) alguna referencia al desaguisado arbitral en una sedicente información que ocupaba, creo recordar, cinco o seis páginas del citado periódico. Incluso leí con atención la crónica del partido (cosa que nunca hago, pues no me interesa lo más mínimo que me cuenten algo que yo ya he visto) y allí estaba... Como pisando huevos, el cronista se refería al fallo arbitral (y nunca mejor dicho) en estos términos: "Gol que el árbitro anuló a causa de unafalta que nadie había visto". Eso decía, y ni un comentario más. De igual forma, entre las opiniones recabadas al final del partido por otro profesional del periodismo entre los directivos de ambos clubes, se recogía la del vicepresidente del Milan, quien echaba la culpa de la eliminación de su equipo a la actuación arbitral, pero no se le daba ocasión de explicar por qué lo decía. En fin, todo un panorama de desinformación, pero es sabido que en España, y en tantos otros sitios, el fútbol es un paradigma, un ejemplo, una metáfora de lo que ocurre en la sociedad... y en la política. Así, que los presidentes de los clubes de fútbol se dediquen mayoritariamente a la construcción, y no como albañiles, algo quiere decir acerca de una sociedad y una economía que están asentadas sobre la especulación inmobiliaria y el ladrillo. Pues bien, este tratamiento informativo de carácter futbolístico que acabo de reseñar también es un paradigma, un ejemplo de lo que ocurre en la información periodística en el campo político y en el social. Con el agravante de que en lo referente a la política los medios se han alineado no en torno a los distintos clubes de fútbol, sino en torno a partidos políticos. Hecho decisivo mediante el cual se le hurta al ciudadano la objetividad informativa. He dicho "en torno a los partidos", pero tengo serias dudas de que no sea al revés, de que no sean los partidos quienes bailan al son que les tocan los medios de su secta. Mas, sea como sea, la realidad es triste. Si uno lee los periódicos de la derecha o escucha, pongamos, la COPE, el retrato que recibe, por ejemplo, del presidente del Gobierno, es deplorable: para estos medios, Rodríguez Zapatero es un necio y un malvado en estado puro. Cosa tan falsa como increíble. Pero si se pasa de acera y se acude a los medios pro gubernamentales nos encontramos con ese mismo retrato, pero en positivo, esdecir, un Rodríguez Zapatero que reúne en su persona las virtudes morales de Teresa de Calcuta, la inteligencia de Einstein y la sabiduría política de Churchill. Pues ni tanto pelo ni tan calvo. Durante la Transición se nos dijo (y los predicadores de más fuste eran quienes gobiernan hoy el grupo Prisa) que la prensa libre no se había creado para aplaudir al poder sino para vigilarlo y criticarlo. Desde esa predicada independencia, El País quiso ponerlo en su mancheta: "Diario independiente de la mañana". Pues bien, convendría repintar esos blasones y reflexionar acerca de adónde fueron a parar tan buenos propósitos. Desde luego, el entramado de intereses que se dan cita y se entrecruzan en cualquier imperio mediático no es el mejor caldo de cultivo para hacer florecer la tan cacareada independencia. El apoyo (nada incondicional, por cierto) a cualquier Gobierno, tampoco. Pondré el ejemplo de dos decisiones políticas. No diré si acertadas o erróneas, pero, en cualquier caso, polémicas. Las dos han sido criticadas (en los medios contrarios al Gobierno) o aplaudidas (por los medio pro gubernamentales), pero ni unos ni otros han acogido en sus páginas o en sus espacios audio visuales opiniones contradictorias con las tomadas por la "línea editorial", es decir, con las opiniones ordenadas por el mando. Me refiero a: 1) el fin del bilingüismo en Cataluña, que quiere decretar el Nuevo Estatuto y 2) la OPA de Caixa-Gas Natural sobre Endesa. Un debate acerca del final del bilingüismo en Cataluña (artículo 6 apartado 1 del Nuevo Estatuto catalán y otros artículos concordantes) hubiera dado ocasión, en tiempos pretéritos, a una multitud de textos contradictorios que ahora -por ejemplo, en El País- se han obviado, creando una auténtica espiral de silencio; y en cuanto al otro asunto, a las OPAs sobre Endesa, sólo cabe decir que si esto hubiera ocurrido en tiempos delos presidentes Suárez o González, la tormenta de editoriales y opiniones críticas en ese periódico hubiera pesado varias toneladas de papel prensa. En fin, que los tiempos cambian y, a menudo, a peor. Pero lo más triste es el panorama de unos periodistas españoles (bien formados y mal pagados) a quienes no se les ha dejado ni un ápice, ni un resquicio desde el cual practicar su independencia profesional. Algunos ejercen la obsecuencia con entusiasmo, pero todos la ejercen por obligación. En el área pro gubernamental, a estas plagas se ha venido a añadir otra: la plaga de lo políticamente correcto y, en el área contraria, el clericalismo más añoso. Orejeras progres o carcas y unas censuras pacatas que, la verdad, no hay quien las aguante. A este respecto, me atreveré a poner un ejemplo, relativo a las llamadas discriminaciones positivas. No haré mención a los efectos perversos de tales políticas, ya demostrados allí donde primero se pusieron en práctica, es decir, en los Estados Unidos de América. Sólo diré que toda discriminación social implica un despilfarro en la utilización de recursos humanos y así ocurre, por ejemplo, con esa discriminación positiva llamada paridad. Eso de la paridad, aunque se disfrace de todo lo contrario, es un eslabón más de una larga cadena de obstáculos contra el principio constitucional que consagra el mérito y la capacidad. Principio que han detestado y detestan todos los que son o aspiran a ser privilegiados. Pues bien, nadie parece atreverse a publicar la mínima opinión contradictoria con los dictados que emanan del pensamiento (por llamarle algo) "políticamente correcto". Yo estoy en contra de la paridad y creo tener buenos y progresistas argumentos para estarlo, pero si estuviera a favor, también me gustaría leer y escuchar argumentos y no escuchar tan sólo este espeso silencio hamletiano y censor. • |
