Hemeroteca
Esta semana

Lista Al trasluz

 

Nº 694
8/5/2006

La Administración del siglo XXI

Este Gobierno tiene una clara vocación reformista, lo que cada ministro procura llevar a cabo en su área de competencias, con el presidente, Rodríguez Zapatero, de motor y ejemplo. Sin esa tendencia a la transformación de la realidad, naturalmente en positivo, la política se acaba convirtiendo en estricta gestión, que es lo que gusta a los tecnócratas. En todo caso, el reformismo no puede ni debe ser confundido con la revolución, aunque convenga precisar que los reformistas, si son tenaces y se obstinan en alcanzar sus objetivos, pueden conseguir con el tiempo cotas más altas y, sobre todo más estables, de larga duración, que los revolucionarios.

ZP se ha reservado las grandes reformas estructurales, como las territoriales y las que tratan de propiciar el fin de la violencia en Euskadi, sin silenciar aquellas directamente vinculadas a los derechos civiles o a la profundización de los derechos sociales. Como acostumbra a suceder cuando los cambios afectan a muchos y tocan zonas sensibles de la opinión pública o de la ciudadanía, se originan revuelos, protestas, polémicas y convulsiones por parte de los sectores inmovilistas de la sociedad, que por lo general se ubican en el territorio conservador. Hubiera podido ZP apostar por el statu quo. Se habría ahorrado no pocos sustos y algunas peligrosas turbulencias. Pero hay retos que, para un político con pulsión progresista, resultan indeclinables.

Jordi Sevilla, titular de Administraciones Públicas, era uno de los candidatos al Ministerio de Economía y Hacienda. Se cruzó en su camino Pedro Solbes, cuya principal virtud es la de ser un experto veterano que transmite confianza a eso que ahora algunos denominan los mercados. Sin Solbes en la cocina del dinero, ZP tal vez no habría sido el protagonista de portada del semanario norteamericano Newsweek. Lo que para él significó una inyección de moral a escala internacional. Combinar economía saneada con sensibilidad social le ha proporcionado a ZP un enorme sosiego. Cuando la economía se convierte en fuente de conflictos y de tensiones, las mejoras sociales se van antes o después al traste. Hay que crecer para repartir, repetía Felipe González y tenía más razón que un santo. La clave de los éxitos de la socialdemocracia se basa en esta combinación benefactora.

Sevilla, en Administraciones Públicas, ha podido desarrollar una serie de medidas reformistas. Está empeñado en modernizar la Administración Pública y desterrar de una vez la imagen del "vuelva usted mañana", que describiera con tino y sentido crítico Mariano José de Larra en el siglo XIX.. Pero Sevilla es otro reformista convencido. Empezó con su Código de Buen Gobierno. Luego empujó el tres en una, de modo que los ciudadanos con una sola gestión pueden resolver o encauzar sus problemas con las tres administraciones públicas existentes: el Estado como tal, las comunidades autónomas y los ayuntamientos.

Anda metido, asimismo, Sevilla en el Estatuto del Empleado Público, que atañe a 2,4 millones de trabajadores y funcionarios públicos. Contempla incentivos, movilidad e ir sobre todo acabando con la vetusta cultura de que ser funcionario es un seguro de vida permanente, apenas sin riesgo y sin demasiada dedicación. En otros frentes, impulso a las nuevas tecnologías, Agencia de Evaluación de Política Pública y de Calidad e incompatibilidades aplicadas con más rigor y severidad. La Administración española se está incorporando, por fin, al siglo XXI. El mérito no es exclusivamente de Sevilla porque nada es tan simple como para caer en los personalismos. Pero este ministro está dando sorpresas. Y no ceja en el empeño.

Enric Sopena

Hemeroteca
Esta semana
Lista Al trasluz