Hemeroteca Esta semana
Nº 693 - 1 de mayo de 2006

Sobre el libro de Alfonso Guerra ‘Dejando atrás
los vientos’

EL SOCIALISTA MÁS GUERRISTA


Por Josu Montalbán

Ya está en la calle el segundo tomo de las Memorias de Alfonso Guerra, titulado Dejando atrás los vientos, que narra los avatares sufridos entre los años 1982 y 1991, es decir, durante el tiempo en que ocupó el puesto de vicepresidente del Gobierno español. Ha sido un libro esperado, deseado y ansiado, al menos por mí, porque nadie puede negar que Alfonso Guerra constituyó para el PSOE el emblema del pensamiento, el estandarte de la utopía socialista instalado en el frontispicio de un gobierno que no sólo culminaba la transición a la democracia, sino que emprendía un cambio social sin precedentes en la historia de España. La figura de Alfonso Guerra, durante los años ochenta, provocó regueros de tinta, aluviones de opiniones que, entre otras cosas, sirvieron para proteger a la otra figura emblemática del gobierno español y del PSOE, Felipe González. Pero Alfonso Guerra se fue del gobierno tras algo más de ocho años de dedicación en cuerpo y alma a él, habiéndole aportado firmeza izquierdista y tolerancia democrática.

El libro Dejando atrás los vientos no es un libro de chascarrillos, por eso yerran quienes pretenden encontrar en él ataques furibundos a compañeros de partido y gabinete. Malamente podría explicar aquellos acontecimientos si rehuyera los nombres y las contradicciones en las que caían quienes fueron sus compañeros de gabinete. Y malamente podría mantener su entereza si no hubiera utilizado con maestría, como lo ha hecho, el lenguaje y las palabras para fijar las posiciones de los otros, siempre parangonándolas con las suyas. Lo cierto es que el resultado ha sido este libro entrañable, interesante y constructivo al que sólo echo en falta algunas pizcas de mala leche que permitieran a Guerra resarcirse de quienes, siendo sus compañeros de partido y de gobierno, pusieron más interés en ejercer como contrincantes, adversarios o enemigos suyos.

Igual que en la portada del primer tomo de sus Memorias (titulado Cuando el tiempo nos alcanza, que narra sus vicisitudes entre 1940 y 1982), el rostro de Alfonso Guerra se muestra circunspecto, pero ha dejado el rictus sardónico de la primera portada. Conserva en ambos tomos la mano recogida a la altura del mentón, pero mientras en el primero sus dedos están semiextendedidos, como jugando ante su boca entreabierta, en el segundo tomo la mano cerrada sirve como apoyo a la cabeza. Las miradas también son diferentes: en el primer tomo la mirada se pierde en algún punto lejano, quizás para mostrar el instante perpetuo del pensamiento intelectual que está presente en sus dos libros. Pero en el segundo tomo su mirada se fija en nuestros propios ojos, como expresando que lo allí contenido no es sólo un relato de los hechos acaecidos, sino que contiene toda la carga ideológica, su catálogo de culpas con sus agravantes y atenuantes. Por eso, al leer este segundo tomo es preciso hacerlo de un modo ordenado, alternando la lectura con algunos momentos de contemplación para cerciorarse en todo instante de que cuanto contiene el libro es la verdad contada por su protagonista –por uno de ellos–, que sólo podrá ser puesta en tela de juicio cuando otro protagonista se atreva a contradecirla o puntualizarla. Por si sirve para algo, adelanto que todo lo contenido en el libro sigue un hilo inspirador y argumental basado en la credibilidad. Ciertamente, en algunos pasajes ofrece disquisiciones innecesarias, como cuando, tras demostrar que algún comentario sobre alguna actuación de miembros del gobierno atribuida a él fue falsa, suplica la comprensión de los lectores.

Es evidente que el libro está impregnado de una característica a la que recurre en el último párrafo. Tras haber narrado los abruptos caminos que culminaron en su dimisión, relata un hecho simple y sencillo derivado de su último acto oficial en el que recibió a una pintora que le hacía entrega de un óleo prometido mucho tiempo antes. Considera Guerra que aquel momento supuso “el renacer de una vida que tenía casi olvidada”. Y culmina el libro con un propósito de futuro que ya está contenido en todas las páginas precedentes: “Se inauguraba una nueva etapa para mí, la difícil travesía de un ex vicepresidente. Intentaría cruzarla con dignidad y verdad, utilizando la única arma verdaderamente humana: la naturalidad”. Y eso es también el libro: un texto escrito con naturalidad.

Volvamos al contenido del libro. Dice en su introducción que ha escrito este libro con los mismos temores con que escribió el primer tomo: “¿Podrá interesar a los lectores los episodios que cuento en él?”. No creo que Alfonso Guerra sea tan incauto, a estas alturas, como para ignorar que cuanto escribe interesa a muchísimos pero, además, este libro no solo lo abrirán quienes deseen leerle, sino también muchos ciudadanos que, no siendo aficionados ni a la lectura ni a la historia, busquen entre sus líneas insultos, inquinas y resentimientos. Esos se irán del libro defraudados porque, al margen de leves aunque contundentes insinuaciones, es difícil encontrar nada en que se atisbe mala intención. La introducción es una especie de examen de conciencia en el que, recurriendo con profusión a citas importantes, asume los errores y fija las que han sido sus pautas como persona y como político.

Cuando recapitula, en las últimas páginas, admite que no es un político tradicional. Y puntualiza: “Oigo muchas veces decir que el político está al servicio de los ciudadanos. Esa declaración no me apasiona. Claro que hay que servir a los ciudadanos, pero mi objetivo es otro: yo quiero cambiar las cosas. El mundo es muy injusto, lo era antes de llegar mi generación, y probablemente lo seguirá siendo cuando nos vayamos; pero es un acto de decencia, de dignidad, no aceptar la humillante, la cruel desigualdad que castiga a muchas personas”. Este, y no ningún otro, debe ser el ideal de cualquier socialista, pero para ser fieles a él puntualiza algunas reglas en la introducción: “Me adhiero al principio de que el fin no justifica los medios, y añado otro no tan aceptado: los medios no justifican el fin. Si hay concierto general en admitir que la finalidad moralmente positiva nunca puede justificar la violación de las normas morales o jurídicas (para conseguirla), también defiendo con fuerza –aunque menos acompañado– que el riguroso cumplimiento de los medios no puede ser suficiente causa de justificación de un fin que es inmoral”.

Es conveniente leer el libro de Alfonso Guerra para comprender algunos hechos que no han sido debidamente explicados. La historia de aquellos años aún no la han escrito los historiadores, pero cuando lo hagan no lo harán con el detalle humano que Guerra pone en cada uno de los pasajes. Aunque emprendí la lectura del libro con una disposición algo inquisitorial, escudriñando en el texto para encontrar qué ocurrió en cada instante, he acabado plácidamente, agarrado a algunas conclusiones esenciales. Es evidente que Alfonso Guerra fue el fundamento estructural del gobierno y la salvaguarda de la figura política más importante de los últimos ochenta años en España: Felipe González. Puede que Alfonso no hubiera llegado a ser lo que fue sin la sombra de Felipe, pero lo mismo cabe decir de Felipe sin la sagacidad, entrega y convicción ideológica de Alfonso. Basta repasar los acontecimientos para cerciorarse de que, tras la dictadura franquista, el paso del socialismo por el poder precisaba miramientos que Alfonso Guerra va desgranando en su libro: relaciones con el Ejército, con la Iglesia, con los bancos, con el poder económico, con los empresarios, con los sindicatos, etc... Se trataba de actuaciones que requerían mimo y cuidado porque las consecuencias de cualquier desliz podrían ser fatales. Por otra parte, la militancia socialista que sustentaba al Gobierno empujaba sin medida en contra de tales instituciones (salvo los sindicatos), a las que consideraban enemigas.

El PSOE debía preservar sus esencias ideológicas compartiendo objetivos y obstáculos con un sindicato (UGT) que aspiraba a ser mayoritario en su implantación, para lo cual la lucha sindical en las fábricas, en los tajos, en el campo o en la calle, constituía un instrumento ineludible. Sin embargo, la voracidad del sindicato constituyó una amenaza para el Gobierno y un riesgo para la estabilidad del propio PSOE. El Gobierno tenía dos misiones que cumplir: debía construir una España que dejara de ser una para ser unida, y tenía que extender paulatinamente el Estado del Bienestar. Ambas cosas se cumplieron, aunque no sin un denodado esfuerzo, según se desprende del libro. Más aún, España empezaba a contar en Europa, a pesar de que no estuviera integrada en sus organismos representativos. El mundo no veía ya a España como un territorio aislado, mandado por un dictador, sino como una democracia dispuesta a influir en el escenario internacional. Muchas cosas se convirtieron en perecederas y algunos personajes pusieron su impronta indeleble o se fueron arrastrados por los acontecimientos o sus consecuencias: el Muro de Berlín, la Guerra Fría, Gorbachov, la Perestroika, la URSS, etc...El capitalismo se abría paso a codazos mientras el socialismo se la veía y se las deseaba para seguir existiendo sin perder su significado al transformarse. El peligro más acuciante era que el socialismo no resistiera los embates y acabara por sucumbir víctima de las transformaciones.

Algunas páginas dedica Alfonso Guerra a explicar las vicisitudes sufridas en el seno de los gobiernos cuando los vientos que azotaban al PSOE eran más liberales que socialistas. Y fue eso precisamente lo que inspiró las agresiones definitivas a Guerra y su entorno, para forzar su salida del Gobierno. Apenas profundiza en ello, pero ya todos sabemos que la corrupción o los desmanes o los abusos de poder que se le adjudicaron, remitieron en sus ataques justamente cuando abandonó el gobierno y, posteriormente, la dirección ejecutiva del PSOE. Por eso subraya su papel en el partido como director del más importante programa de revisión ideológica que ha tenido lugar en el PSOE desde la llegada de la democracia. El Programa 2000 fue un documento de debate amplísimo en el que participaron un millón de personas porque “los problemas políticos y sociales exigen un tiempo de solución cada vez más largo, mientras que los procesos políticos –elecciones cada cuatro años– no facilitan que los políticos se planteen sus propuestas a largo plazo, pues se sienten presionados por rendir cuentas en cada proceso electoral”.

En resumen, estamos ante un libro importante que relata los acontecido durante diez años vitales para España y para el socialismo. Es muy útil contrapesar este libro con los contenidos ideológicos de otro libro del propio Alfonso Guerra, La democracia herida, para ver que se trata de una persona (o personaje) en que sus pies son tan importantes como los pasos que han dado. Afirma él que es un hombre de partido aunque serlo “no ha limitado mi libertad porque no hay doctrina que valga más que la dignidad de la persona. He pensado con libertad, he hablado libremente, he actuado en libertad, pero me he sentido formando parte de un proyecto colectivo, de un proyecto que no nacía con mi generación, sino que era deudora de muchos sacrificios, de muchos esfuerzos, de hombres sencillos que habían entregado su vida a una idea de perfeccionamiento por justicia, por libertad... Soy socialista y soy libre”.

El que ha dado nombre a todo un grupo de socialistas comprometidos (el guerrismo), se somete al veredicto de quien quiera leer sus ilusiones y sus emociones. Puede que no le guste que le llamen guerrista, pero proclamar que es el socialista más guerrista equivale a escribir la palabra socialista subrayada y entrecomillada.

Hemeroteca Esta semana