Hemeroteca Esta semana
Nº 693
1/5/2006

Charlatanes e intermediación

Por José María Benegas

Nunca en los llamados "procesos de paz" que hemos conocido dentro y, fuera de nuestro país ha habido tantos negociadores, intermediarios, mensajeros, mediadores, correveidiles, asesores, clérigos, consejeros y charlatanes como en el caso de ETA desde que la estrategia del presidente Rodríguez Zapatero, principal artífice de todo cuando ha ocurrido obtuviera su primer éxito con la declaración de alto el fuego permanente por parte de la organización terrorista. Parece como si fuera un desdoro "no estar" en el núcleo de la decisión. Los diferentes nacionalismos vascos no saben ya que inventar para "estar", añadiendo de paso, como en el último Aberri-Eguna, algún problema más a un asunto que tiene un recorrido difícil. O Imaz se impone o el principal problema del proceso no será ETA, que sabe lo que se juega, sino sectores del nacionalismo vasco que tratarán de aprovechar el viaje para levantar los listones de las reivindicaciones políticas en nombre de los llamados "derechos históricos del pueblo vasco". Por eso me parece imprescindible a la vista de las declaraciones y también del injusto desprecio de la Constitución de 1978 de que hacen gala una y otra vez los nacionalistas que los procesos se separen y no haya mesas simultáneas. Primero se trata de lograr el abandono definitivo de las vías violentas por parte de ETA y acordar los pormenores del final de la "lucha armada". Después, sin la coacción de las metralletas, discutir un proyecto político de convivencia para todos los vascos. Esta es la mejor metodología para que nadie exija un precio político y tam-bién para que nadie tenga la tentación de pagarlo.

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No dudo que para los países que respetan las reglas de un orden internacional sometido al Derecho, al imperio de la ley y a las decisiones de Naciones Unidas, tener que relacionarse o ayudar a un gobierno que no rechaza el terrorismo, sino que lo ha defendido, como es el gobierno de Hamas en Palestina, resulta una situación difícil de aceptar. De alguna manera así se entiende la decisión de la Unión Europea de suspender la ayuda a un gobierno elegido democráticamente pero que no condena el terrorismo. Debo confesar que, aun entendiéndola porque es preciso concentrar toda la presión para que Hamas abandone la violencia, no me gusta la decisión. Las partidas en muchas zonas del mundo se juegan en tableros en los que casi todas las casillas están llenas de rencor, de odio, de fanatismo y de posiciones extremistas que pueden crecer todavía más aunque parezca imposible. Una decisión de esta naturaleza puede hacer más difícil la necesaria reconversión de Hamas hacia la aceptación de unas reglas del juego que excluyan la violencia, puede incrementar los riesgos de enfrentamiento civil entre los palestinos y servirá, sin duda, para alimentar nuevos victimismos y exacerbar los ánimos y deseos de venganza contra Occidente bajo la acusación de ahogar económicamente a un gobierno democrático que defiende los derechos de su pueblo, como así lo ha hecho ya Ben Laden a través de un comunicado. España no puede permanecer expectante simplemente respetando los acuerdos de la Unión Europea, sino que debe desplegar toda su capacidad de influencia en la zona, como se está haciendo, para desbloquear la situación y recomponer una hoja de ruta viable, en la que es preciso tener en cuenta que los representantes de ambas partes son nuevos y recién elegidos por sus respectivos pueblos.

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Paradojas del mundo en que vivimos. La China comunista se está convirtiendo en el país en el que impera el capitalismo en su estado más salvaje y en el que las protestas sociales todavía no muy extendidas acaban con los trabajadores en prisión. China es ya hoy uno de los países con más desigualdades, alcanzando niveles similares a los de Latinoamérica. El problema no reside solamente en los bajos salarios que perciben los trabajadores, sino en las condiciones de trabajo y el trato que reciben, en muchas ocasiones inhumano. Desde el punto de vista de la historia y su evolución produce un estremecimiento intelectual comprobar cuáles son los restos del sistema económico surgido de la revolución comunista-maoísta. La larga marcha hacia el capitalismo salvaje podría ser el título resumen de lo acontecido.

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Aumenta el racismo en Francia. Uno de cada tres franceses se declara racista. El 63% estima que determinados comportamientos pueden justificar reacciones racistas. Los que piensan que los franceses musulmanes son franceses como los otros descienden notablemente. Aumentan significativamente los que entienden que hay demasiados inmigrantes y que este hecho dificulta el empleo de los franceses. Es evidente que las cosas no van bien en Francia.

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