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Regreso a Katmandú En cuanto a Nepal se refiere, más de uno tenemos que arrepentirnos de la frivolidad del turista y la superficialidad del viajero que se dice ilustrado, por no haber visto o no haber querido ver lo que en realidad sucedía, relegando sensaciones y ciertos malos olores al archivo que no existe en un país bellísimo, que incluso nos llegó a parecer como de juguete, con gente cordial y amable, mucho más que los indios, al menos para el hombre blanco, un país de alpinistas, refugiados tibetanos y soldados gurkas, aunque también fuera el país de la guerrilla maoísta y el monarca enloquecido. Nos arrepentimos, digo, porque tras varias semanas de protestas y una huelga general masiva pidiendo la restauración de la democracia, al fin, el rey Gyanendra ha anunciado públicamente que devolverá al pueblo el poder que ejercía de forma absoluta desde febrero de 2005. No es improbable que tal devolución adquiera efectos tan amplios que el propio rey sea también devuelto a su casa o enviado al exilio, que la monarquía desaparezca en Nepal después de una larga historia de ineficacia y episodios rocambolescos. El Rey Gyanendra ha asegurado estar comprometido con la monarquía constitucional, pero tal cambio de posición se produce en una grave coyuntura nacional en que la misma continuidad de la institución está sometida a muy serias objeciones, no hay líderes políticos visibles y reconocidos y, por si fuera poco, la guerrilla maoísta parece más fuerte que nunca. Se constituyó en 1996 con apenas un centenar de personas, pero que hoy serían cien veces más, operando en un tercio de las provincias de Nepal, controlando la administración incluso en algunas de ellas. Lo que durante algún tiempo no se sabía sobre las cuestiones militares en lo que era una verdadera guerra civil, sí se conocía respecto a las cuestiones humanitarias. Porque ya desde julio de 2005 diversas organizaciones internacionales venían denunciando, por ejemplo, que los niños eran las principales víctimas de la guerra de Nepal, objeto de reclutamiento militar, secuestrados y torturados, muertos o incapacitados por las minas y las bombas caseras, desplazados de sus famillas y domicilios, etc. La dinastía nepalí se ha destruido a sí misma y, de paso, ha podido destruir al país. El drama y el esperpento se entremezclaron desde el primero de junio de 2001, con el asesinato de varios miembros de la familia real, entre ellos el propio rey Birenda, a manos de su hijo y heredero al trono, el príncipe Dipendra. Éste se disparó a sí mismo después de hacerlo contra los demás pero no murió inmediatamente, y en los tres días que permaneció en coma pese a todo, Ionesco y Jarry nos valgan, fue considerado rey de Nepal. Al morir, fue nombrado rey su hermano Gyanendra, que no es un parricida pero sí un rey torpe y arbitrario, capaz de culminar la ruina de Nepal. Ha traído y llevado primeros ministros, usurpado poderes que la Constitución no le otorga, faltado a sus compromisos de convocar elecciones, etc. Hasta que el primero de febrero de 2005 el monarca disolvió el Gobierno y el Parlamento, anunciando que asumía todos los poderes del Estado y que el ejército se encargaría del orden en el país. En estos momentos en que parecería haberse recuperado un relativo optimismo en Nepal, comenzaría también una delicada transición en que verdaderamente no abundan líderes políticos capaces, el descrédito del rey se ha generalizado y la guerrilla, con sensación de victoria, no estaría muy decidida a abandonar las armas. En ese país, en apariencia idílico y pacífico, como creíamos, ha sorprendido conocer el alto nivel de crueldad y ensañamiento en las operaciones, dejando heridas y rescoldos que para desaparecer necesitarán también de una activa asistencia internacional. Aunque los asuntos domésticos determinen el ritmo y la dirección del inevitable cambio político, asimismo los diversos actores internacionales deberán utilizar sus medios y su influencia para estabilizar la situación y crear mínimas condiciones de paz, en un país cuya extremada pobreza ha ido acompañada de una crispación política y social también extremada desde hace diez años. Además, es inquietante la inseguridad en un país precisamente situado entre China e India. Ignacio Rupérez |
