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La hora de la verdad
Este país vive desde hace más de treinta años la paradoja de que el heredero oficial de la dictadura haya llegado a ser el representante máximo de la democracia. Juan Carlos I es uno de los símbolos más respetados del vigente régimen de libertades. En momentos cruciales fue uno de sus valedores más decisivos. Quien fuera designado por el Caudillo sucesor suyo a título de Rey acabó traicionando de hecho el legado recibido.
Destituyó al presidente del Gobierno nombrado por Franco, el continuista Arias Navarro. Nombró presidente a Suárez, procedente también del viejo régimen, pero dispuesto a llevar a término todos y cada uno de los cambios exigibles para que España se convirtiera en un Estado homologable al de sus vecinos europeos. En este caso el formato no sería republicano, sino monárquico. Una monarquía de corte británico, o belga, o nórdico. La soberanía reside en el pueblo que elige a sus gobernantes, que son quienes gobiernan. El Rey reina apenas sin competencias sustantivas.
¿Qué habría sucedido en España si el Rey hubiera sido fiel a su juramento ante las Cortes franquistas, tras la muerte del general que se alzó en armas contra la República, que venció en una guerra estremecedora de casi tres años, que se mantuvo en el poder a lo largo de más de casi cuatro décadas, que implantó un sistema de carácter totalitario, teocrático o medieval, inspirado en el fascismo?
Nunca se sabrá. Probablemente hace tiempo ya que se habría proclamado la Ill República. El Rey habría abdicado por voluntad propia o forzado por la presión de la ciudadanía. La Transición no habría sido pacífica y la prórroga de la dictadura coronada hubiera sido terrible. España habría retrasado su formidable salto a la modernidad. Se habría retrasado asimismo el crecimiento económico extraordinario, así como la cohesión social, o socialdemócrata, que atempera las diferencias tradicionales, aborrecibles e injustas, entre los más ricos y los más pobres.
Pero lo cierto es que las cosas acontecieron como acontecieron y el Rey sigue ahí, como jefe del Estado. Durante su reinado, cinco presidentes han gobernado: desde la derecha moderada a la menos moderada y los socialistas en dos versiones no concordantes del todo en la forma y en el fondo. Pasan los gobiernos y el Rey continúa. Va envejeciendo aunque todavía es relativamente joven. Más joven que el presidente francés, Chirac, por ejemplo. O la reina de Gran Bretaña. Tiene arrugas. Tiene nietos. Su aureola o su buena estrella no han desaparecido, pero el susurro de la crítica –más bien impulsada desde la derecha extrema más o menos conectada con el PP– ha ido dando paso a un griterío censor difícilmente refrenable. Ya no es intocable ni ajeno, al parecer, a ciertos asuntos vidriosos y poco transparentes.
Se acerca inexorable la hora del relevo en el palacio de la Zarzuela. El príncipe Felipe aspira lógicamente a sustituir pronto a su padre. ¿Convendría que el Rey abdicara ya? Dicho de otro modo: ¿convendría que se retirara el actual monarca? España es más juancarlista que monárquica. ¿Será en el futuro felipista? Zapatero dijo el miércoles 5 de abril, a punto de cumplirse el 75 aniversario de la II República: "La España de hoy mira con orgullo y satisfacción a la II República". El presidente del Gobierno proclamó y elogió la vigencia de los valores republicanos. La hora del relevo será para la Corona la hora de la verdad. Felipe ha de hacer suyos esos valores. Ése es el reto.
Enric Sopena
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