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Nº 692 - 24 deabril de 2006

El gobierno de Bush:un peligro mundial

por Santiago Carrillo

Los generales norteamericanos empiezan a criticar públicamente al Gobierno de su país. Es una extraordinaria anomalía. En Gran Bretaña lo hizo también un teniente médico de aviación, que tuvo el coraje de afrontar un Consejo de Guerra por negarse a servir en Iraq, declarando que la invasión de este país era un acto ilegal y condenable. Pero un teniente no es un general y menos aún siete generales, que son hasta el momento de escribir estas líneas los que han reclamado la dimisión de Rumsfeld. Ese hecho muestra hasta qué punto ha sido quebrantada la democracia por la tan criminal como estúpida guerra de lraq. No sólo se han suprimido derechos civiles fundamentales y puesto en vigor la tortura; no sólo se han violado las leyes internacionales dando alas al terrorismo; se han roto reglas sagradas de la democracia como la del silencio de los militares en las polémicas políticas, lo que revela la gran crisis del sistema norteamericano, crisis susceptible de afectar a todo el equilibrio político mundial.

Es gravísimo que por obra y gracia de la Administración Bush, la gran superpotencia mundial se haya convertido en el gran enfermo político del mundo, con una peligrosa capacidad de contagiar al resto del planeta. En este momento el Gobierno de los EE UU es una amenaza general. Cuando es evidente que la invasión de Iraq ha sido una locura que se cometió inventando una gran mentira para tratar de justificarla, locura que tiene en pie de guerra a todo el mundo islámico, la banda de Bush trata de imponernos unafuga adelante contra lrán. Al mismo tiémpo la situación en Palestina se complica cada día más y parece que el conflicto entre árabes y judíos no tiene solución viable por los caminos seguidos hasta aquí, con todo lo que este conflicto tiene de cáncer propagador de múltiples metástasis que se difunden implacablemente por todo el Oriente.

Aplicar medidas de fuerza contra lrán, como propone Condoleezza Rice, es otro acto de locura que multiplicaría los efectos del impasse iraquí. Quien recuerde los batallones iraníes que en la guerra no tan lejana –entre lraq e lrán– iban al combate vestidos con la mortaja en lugar del uniforme, puede imaginarse los miles de suicidas dispuestos a inmolarse en atentados terroristas que podrían infiltrarse en Occidente.

Por otra parte, si la guerra de lraq ha puesto en peligro la economía de Occidente, siendo la principal causa del encarecimiento del petróleo, la extensión del conflicto a lrán ampliaría dolorosamente las consecuencias.

Y, ¿hasta qué punto podrían resistir los gobiernos oligárquicos, sostenidos hoy por Occidente en países como Arabia Saudí, Egipto, Pakistán, los Emiratos del Golfo, frente al posible levantamiento de las masas fanatizadas?

Otra pregunta no menos pertinente: si los generales que están en la retaguardia empiezan a pedir quedimita Rumsfeld, ¿cuál será el estado de ánimo de los soldados y oficiales que están sobre el terreno en una guerra sin perspectivas, que se ha convertido en una auténtica trampa? No hace falta ser adivino para percatarse de que la moral de las tropas implicadas en la ocupación debe hallarse en las horas más bajas desde que empezó la guerra.

¿Tiene arreglo esta situación? Sí, desde luego. Pero todo depende de tres factores:
El primero es el pueblo, los ciudadanos de EE UU, que en su mayoría hoy desaprueban la política de Bush. De su decisión para enfrentarse a un Gobierno que está arruinando el prestigio y la influencia de su país en el mundo.

El segundo factor debe ser Europa, que no puede dejarse arrastrar por la vesania del grupo que hoy ocupa el poder en EE UU y que tendría que ayudar a éstos, oponiéndose a lo que intentan Bush, Cheney, Rumsfeld, Condoleeza y Cía. Europa tendría que hacer un gran esfuerzo de reflexión y elaborar su propia política autónoma en materia internacional, considerando su papel de puente entre civilizaciones.

Y, en tercer lugar, el Consejo de Seguridad que debería ser capaz de llegar hasta el veto, si es necesario, para impedir la extensión de una guerra suicida.

La diplomacia y no los Ejércitos es quien debe resolver esta situación.

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