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Minaretes y campanarios
Recientemente, en mi calidad de presidente del Parlamento Europeo, tenía la
ocasión de visitar oficialmente Croacia y Macedonia. Dos países candidatos a la adhesión a la UE, pero cuyas situaciones relativas son bien diferentes.
Pese a haber formado parte de la antigua Yugoslavia, no hay muchos puntos comunes entre Zagreb y Skopje. El contraste entre las dos capitales refleja las diferentes trayectorias históricas de los dos países. Croacia fue parte del imperio austrohúngaro durante 600 años y Macedonia del imperio otomano durante el mismo período de tiempo. Por ello, Zagreb es una ciudad típicamente centroeuropea y Skopje tiene un sabor oriental.
Minaretes y campanarios se mezclan en el paisaje urbano de Skopje y sus alrededores. Una convivencia que se repone de los conflictos étnico-religiosos que ensangrentaron el país hace pocos años, y que fueron iniciados por la minoría albanesa espoleada por los acontecimientos del vecino Kosovo.
En Croacia no hay minaretes. Allí las líneas de fractura étnico-religiosas pasan entre los católicos croatas y los serbios ortodoxos. La depuración étnica que unos y otros practicaron durante los años trágicos de 1991 y 1995, con su cortejo de refugiados y expulsados, tiene aún abiertas sus heridas.
Cuando, en 1991, Croacia declaró su independencia de la Federación Yugoslava nadie se esperaba el ataque de la Serbia de Milosevic. Con una tercera parte de su territorio ocupado y unos 400.000 refugiados expulsados por los serbios, el alto el fuego decretado por la ONU impuso unbreve periodo de paz. Pero en 1995, la operación Storm lanzada por el recién formado ejército croata recuperó el territorio y llevó al éxodo a 200.000 serbios, cuyas casas fueron sistemáticamente destruidas.
Diez años después, algunos de ellos intentan volver y la UE financia la reconstrucción de sus casas y les ayuda en su instalación laboral. Humildes casas marcadas con una pequeña chapa con la bandera europea perdidas entre las colinas de la Krajina. Podría ser la Toscana, sino fuera porque las huellas de la guerra están muy presentes. Edificios cosidos a tiros y pueblos medio destruidos en los que el recelo está a flor de piel.
Un coronel belga retirado dirige la ayuda a los retornados. Estuvo aquí durante la guerra y conoce bien el drama que esta gente sufrió. Y no basta con reconstruir sus casas, hay también que limpiar de minas sus campos. Una tarea ingente que la UE contribuye también a financiar, al coste de un euro por metro cuadrado. Pero hay decenas de miles de hectáreas con riesgo alto de contener minas antipersona sin que se disponga de mapas fiables de su posible localización.
Es difícil creer que este paisaje idílico pueda ser una trampa mortal. Pero Croacia es, junto con Bosnia-Herzegovina, uno de los países más infectados de minas del mundo; se calcula que puede haber un millón de ellas en las regiones que sufrieron la guerra, afortunadamente lejos de las que hoy viven un espectacular desarrollo turístico.
La contribución de la UE a la estabilidad de los Balcanes no puede hacernos olvidar que Europa no estuvo a la altura de las circunstancias cuando Yugoslavia se desintegró. Por esoes ahora tan importante mantener abierta la expectativa de adhesión para estos países, aunque cada uno deba hacerlo de acuerdo con sus circunstancias y capacidades.
Este año, el conjunto de las países que integraron la ex Yugoslavia han dado pasos importantes para superar el legado de las guerras en las que nacieron. El largo túnel del nacionalismo étnico y religioso deja entrever una posible solución para los estatus de Montenegro y Kosovo.
Todos necesitan que apoyemos a sus fuerzas democráticas para llevar a cabo las reformas necesarias y unirse a la gran familia europea. Es el peor momento para que Europa vacile y deje crecer la duda sobre su real voluntad de integrarlos, por largos que puedan ser, para alguno de ellos, los plazos necesarios para conseguirlo. ¿Cómo si no exigirles que cooperen con el Tribunal Penal de La Haya, o animarles a que alcancen acuerdos viables sobre el futuro de Kosovo, si sus líderes no pueden ofrecer a la población una perspectiva europea clara?
Para ello hará falta, sin duda, que la UE resuelva sus problemas de funcionamiento interno y adapte sus instituciones. Pero en su historia los procesos de ampliación y de profundización en la integración han ido siempre en paralelo. La Historia no detiene su ritmo, pero puede repetirse si no se aprende de sus lecciones.
Cuando, hace 10-15 años, los Balcanes ardían, en Bruselas silbábamos mirando hacia otro lado. Ahora hemos de resolver nuestros problemas internos para poder acoger a minaretes y campanarios, contribuyendo a su pacífica convivencia.
José Borrell
* Presidente
del Parlamento Europeo
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