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Lectura política del terremoto
Por Ignacio Ruperez
Como recordarán ustedes el 8 de octubre de 2005 un terremoto de 7,6 puntos dé la Escala de Richter, el más devastador que azotó la región en todo un siglo, destruyó decenas de ciudades y pueblos en la Cachemira pakistaní y Azad Jammu, así como en la provincia de la frontera noroccidental, con su capital, Muzzafarabad. Días después se calculó que la catástrofe causó 88.000 muertos y unos 100.000 heridos. En las conferencias de donantes convocadas con rapidez, el 19 de octubre en Ginebra y el 19 de noviembre en Islamabad, se comprometieron y entregaron generosas ayudas, indudable reflejo del elevado interés occidental en sostener al régimen del general Pervez Musharraf y en impedir la desestabilización de Pakistán. Hasta cuatro años se estiman como necesarios para la reconstrucción de viviendas, escuelas, hospitales, etc., y para proporcionar medios de vida a los millones de supervivientes. En esta lar ga operación, como al estallar la tra- gedia y en los días subsiguientes, será de gran interés seguir las actuaciones de los militares pakistaníes, así como de las organizaciones de ayuda locales y extranjeras, para conocer mentalidades y saber qué fisonomía adquirirá el país.
De gran interés porque en el caso de este terremoto, como en el de otras tragedias recientes, se procede ya no sólo a facilitar rápida ayuda y asistencia inmediata, también a una lectura política y social de lo ocurrido, a analizar el comportamiento previo y ulterior ante una catástrofe que podría haberse detectado, prevenido y aminorado en sus efectos y, lo que igualmente es muy importante,a controlar y justificar el gasto de los fondos asignados para ayuda y reconstrucción. En ninguna de las tragedias bastan los espasmos emocionales y el relato de sacrificios heroicos, que incluso sobran cuando, como por desgracia suele ocurrir, bajo tal cobertura se facilitan manejos particulares, corrupción y desviación de fondos, no fáciles de denunciar, aunque se denuncian cada vez más, contra gentes que dicen actuar por amor a Dios, amor a la Humanidad, etc. El Gobierno pakistaní hasta ahora ha demostrado gran resistencia a la intervención civil en las operaciones de ayuda y reconstrucción, al control occidental y la presencia de ONGs extranjeras, e incluso a la supervisión del propio Parlamento nacional.
Tampoco ha servido el terremoto para calmar las relaciones entre Pakistán e India por la cuestión de Cachemira, territorio especialmente castigado en la parte que Pakistán controla. Rechazó la oferta de helicópteros indios, que habrían duplicado su capacidad en el transporte de ayuda de emergencia. A su vez India tardó en levantar las restricciones para cruzar la Línea de Control, para beneficiar el acceso a pueblos remotos en la zona pakistaní de Cachemira, sin ayuda de ningún tipo durante tres semanas después del terremoto. Tampoco ayudó a restaurar una cierta confianza bilateral que, precisamente después de la catástrofe, se registrara un incremento en las actuaciones terroristas, como si los grupos yihadistas pakistaníes quisieran demostrar que la tragedia no había mellado el filo de su espada. Pocas semanas después del terremoto, el 29 de octubre, 62 personas murieron en Nue1 va Delhi por la explosión de dos bombas. Aparte el sufrimiento y la desesperanza de las poblaciones afectadas, que suscitó una rápida respuesta internacional, lo cierto es que determinados agentes locales tuvieron más bien especial interés en mantener y mejorar posiciones tras el terremoto.
En líneas generales, la lectura del terremoto pakistaní evidenciaría la voluntad de las fuerzas armadas en dirigir, supervisar y controlar las operaciones; y la voluntad de las numerosas organizaciones yihadistas, deobandis, salafistas o wahabitas, en activar su presencia religiosa y social, contando para ello con el rechazo militar a organizaciones civiles locales y extranjeras, cierta ignorancia de las agencias de la ONU respecto al terreno, así como con la atención preferente de las fuerzas armadas hacia todo aquello que promueva su propio programa político. De esta manera no es extraño
que se haya marginado al Parlamento o a ONGs laicas, o que se hayan registrado roces entre militares pakistaníes y de la OTAN. Las tensiones continuarán porque los yihadistas se benefician del patronazgo militar, han servido intereses estratégicos en Cachemira y Afganistán y se consideran como una prolongación del ejército. A militares y yihadistas el terremoto puede suponer una magnífica oportunidad para realizarse, pero con el riesgo de escandalizar a Occidente si de aquí a cuatro años se dedican a promover la construcción de madrasas e institutos religiosos en lugar de escuelas y hospitales destruí-dos por el terremoto.
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