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El ‘comando Rubalcaba’ entra en acción
Los del Partido Popular, tras una semana de un silencio desconcertado, caminan en el zigzag marcado por sus contradicciones internas. Por el contrario, las contradicciones del Gobierno se han evaporado con la marcha de Bono y el nombramiento de Alfredo Pérez Rubalcaba, todo un comando al servicio del presidente; de los presidentes, valdría decir. Cuando indicaba, más arriba, que había cambiado la relación de fuerzas en presencia no me refería sólo a las del Gobierno y las de la oposición, sino también a las que se manifiestan en el seno del gabinete y en el del partido que sostiene al Gobierno. La presencia de Bono, el adversario de ZP en el Congreso que le dio la Secretaría General, provocaba chirridos que se hacían especialmente embarazosos en los dos grandes propósitos del presidente: El Estatut sobre el que el ministro de Defensa no disimuló su discrepancia y la negociación con ETA. Eran, sin embargo, contradicciones de menor envergadura que las que atormentaron a los gobiernos de González, a las luchas feroces entre renovadores y guerristas que convivían de mala manera como en un gobierno de coalición. Bono ha sido leal en su discrepancia y creo que es sincero cuando dice que su partido acertó al elegir a Zapatero. Un reconocimiento que viniendo de quien viene se acerca a lo sublime. La dimisión de Bono ahorrará algún malestar al presidente y le permitirá disfrutar de un equipo monocolor así como de la ayuda de un todoterreno con quien ya venía consultando con más frecuencia que con sus vicepresidentes. La marcha del ministro, voluntaria –”me voy porque quiero”– pero obligada en aras de la coherencia del manchego y de la funcionalidad del proyecto presidencial, tiene un algo de fin de época. No es en puridad de conceptos otra vuelta de tuerca en la purga de la vieja guardia, aunque dramatiza un cambio en el estilo del PSOE que tiene algo que ver con el relevo generacional. La elección de Rubalcaba suaviza la ruptura con lo que representó González, de quien el nuevo ministro fue amigo y eficaz colaborador. Por otro lado, si bien es cierto que Zapatero hizo una purga de la vieja guardia que recuerda a la de Stalin con la gente de Bujarin, ha mantenido en su núcleo duro a felipistas confesos: los dos vicepresidentes, su hasta ahora portavoz parlamentario y nuevo ministro, y el director de su gabinete. Rubalcaba es algo más que la perfecta bisagra entre los dos socialismos que en España han sido. Es, además, un político del viejo y del nuevo estilo, un personaje correoso, un lince de la negociación debajo de la mesa y un virtuoso del corto plazo que le va como anillo al dedo al estilo posmoderno del presidente. Por otro lado, aunque tanta tensión le ha marcado las facciones, no tiene más que 55 años, por lo que tampoco hay un abismo generacional ente ellos. Comprendo el malestar de Rajoy pero las objeciones morales que plantea no se tienen en pie. En las tensas horas previas al 14-M, el portavoz socialista reaccionó con reflejos y elocuencia en legítima defensa ciudadana ante un Gobierno que pretendía hacernos comulgar con ruedas de molino. Fue Rajoy quien se saltó las reglas con la entrevista en El Mundo el día de la jornada de reflexión y su comparecencia en rueda de prensa. La contrariedad de Rajoy se origina más bien en que el nuevo ministro le ganó el pulso en aquellas circunstancias dramáticas. Me malicio que el talante de ZP, la cintura y el pico de Rubalcaba e Iñaki Gabilondo dieron el triunfo a los socialistas. En el momento justo el presidente ha sacado la carta de dimisión de Bono de su bolsillo y ha nombrado a la persona adecuada para lo que ahora toca. Rubalcaba será un vicepresidente de facto sin menoscabo alguno para la omnipresente Teresa, que ha adquirido destreza como portavoz, un menester en el que brilló el nuevo ministro. Pocos podrían gestionar la tarea que tiene por delante como este hombre ambidextro para ir enjaretando acuerdos que lleven al abandono de las armas sin que se caigan los principios. Rajoy, que ahora se rasga las vestiduras, tiene la oportunidad de crearse su propio espacio y desprenderse del lastre que le vara. Es un nuevo panorama en el que Aznar tiene muy poco que aportar.
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