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| Nº 690 - 10 de abril de 2006 |
Por José María Ridao Si un rasgo diferencia a Vassili Grossman del resto de los
escritores perseguidos por el régimen soviético, si un rasgo lo convierte en un
autor singular, es la voluntad de continuar con su tarea como si no pesara
ninguna amenaza sobre él. Cuando, obligado por los trámites oficiales, entregó
el manuscrito de Vida y destino a los censores, el encargado de su lectura le
comunicó con categórico desdén que no vería la luz antes de doscientos o
trescientos años. Las mil páginas de la novela, en la que se relata con tanta
minuciosidad como visión de conjunto el sangriento cerco de Stalingrado,
llegó a manos de los editores occidentales a principios de los años ochenta del
pasado siglo. La traducción francesa, la primera de Vida y destino en cualquier
lengua, apareció en 1983, y el éxito resultó fulgurante e inmediato. Grossman, que había muerto veinte años atrás, se convirtió
a título póstumo en uno de los mayores novelistas rusos del siglo XX. El fin de
Tras
el empeño épico, monumental de Vida y destino, el autor dedicó sus últimos años
a una novela, Todo pasa, en la que la concisión, por un lado, y la descripción
de la vida cotidiana al morir Stalin, por otro, le
permite concentrarse en la disección de la naturaleza del régimen soviético,
analizando sus consecuencias en todos los aspectos de la existencia, desde las
relaciones humanas hasta la ciencia o el arte. Todo pasa arranca escuetamente
con la llegada de un tren a Moscú, en 1954. Dentro viaja Iván Grigoriévitch, un hombre ya maduro que ha pasado treinta
años en
Grigoriévitch no puede conjurar la sensación de que el tiempo se ha fosilizado,
de que, en lugar de una ciudad en la que la vida ha dejado huellas, estratos
diferentes, historia, el Moscú de su juventud truncada y al que ahora regresa
es un decorado inmóvil habitado por figurantes obligados a permanecer en los
puestos que el poder les ha señalado. Perdido en unas calles que siguen siendo,
sin embargo, las calles que conoció, extraviado entre gentes que, aunque
desprovistas de individualidad, de gestos distintivos, siguen siendo las gentes
con las que se cruzaba, Grigoriévitch se dirige a la
única persona en la que piensa encontrar calor humano: un primo del que no ha
sabido nada durante el tiempo que ha durado su cautiverio. Su presencia es
comprometedora, pero le acoge y da ocasión, así, a una de las escenas que mejor
resumen el drama de una ausencia forzada. Entre 1924, fecha en la que Iván es
deportado a
La mirada exterior que Grigoriévitch arroja sobre la realidad que encuentra a su
regreso, el estigma que sigue pesando sobre él como antiguo deportado, como
contrarrevolucionario o enemigo del pueblo, le permite enjuiciar el sistema
soviético con una clarividencia en la que Grossman no
duda en subrogarse cuando así le conviene a sus propósitos. Refiriéndose a la
literatura que el régimen obliga a producir, Todo pasa la condena con unos
argumentos que remiten, punto por punto, a la actitud de otros autores que, a
lo largo de la historia, han denunciado que la esclerosis de los géneros
literarios, y más cuando es sugerida o impuesta desde el poder, acaba
conduciendo a la esclerosis del pensamiento, a la inhibición de la crítica, a
la claudicación, a la renuncia. Para Grigoriévitch, y
en resumidas cuentas, para Grossman, “la literatura
que se declaraba “realista” no era menos convencional que las novelas bucólicas
del siglo XVIII”. La prueba residía en que “los miembros de los kolzojs, los obreros, los agricultores” del realismo
socialista eran resultado de una idealización tan inverosímil como “las
aldeanas finas y engalanadas, los pastores con rizos que tocaban el caramillo y
bailaban en las praderas en medio de corderos blancos y con cintas azuladas”. Grossman explica este fenómeno a través del sometimiento,
no ya del arte o la literatura, sino de la simple observación, a una causa
superior. “En las novelas y los poemas soviéticos como en el arte medieval
–escribe Grossman-, los personajes expresan la idea
de
El propósito de Todo pasa es radicalmente
el contrario: denunciar al dios y a
Grossman sólo alcanzó a terminar el manuscrito de Todo pasa la víspera de su muerte, en 1961. Más que desentenderse de la suerte que una burocracia criminal depararía a su obra, a toda su obra, Grossman asumió sin concesiones que su tarea de escritor no debía plegarse a los imperativos del tiempo que le tocó vivir. Había decidido poner la libertad por encima de cualquier otra consideración y, por lo tanto, su obligación era escribir como un espíritu libre para que, algún día, en Rusia o fuera de Rusia, otros espíritus libres pudieran entender sus palabras. La epopeya individual de Iván Grigoriévitch reintegrándose a la vida después de treinta años de injusto cautiverio alcanzaría de este modo su fabulosa dimensión. El individuo, que había sido la nada, triunfaría entonces contra la tiranía, que había pretendido encarnar el todo. |