Nº 690 - 10 deabril de 2006

Color local

por Joaquín Leguina

Llevo ya varios años viviendo en un barrio de Madrid que algunos -no sé por qué- denominan "el Madrid de los Austrias", cuando este Madrid, de ser de alguien, sería "el Madrid de los árabes", cuyas huellas aún se dejan ver. Es la morería con su intrincado trazado, un laberinto de callejas medievales que, en parte, todavía perdura. Pedazo de villa cercano al Palacio, es decir, al antiguo Alcázar. "... y del cerrillo/vienen y del corral de las naranjas/y del moro Alamín, hoy Alamillo./Estos saben tejer flores y franjas/obra morisca, y saben que el juzgado/suyo allí estuvo, entre el arroyo y las zanjas".

Estos versos de Nicolás Fernández de Moratín aluden a una de las placitas con más sabor de las muchas que tiene este Pudrid: la plaza del Alamillo, cuyo nombre –según don Nicolás– se deriva del alamín (juzgado árabe) que allí estaba ubicado. Cosa que desmiente el siempre bien informado Ramón de Mesonero Romanos, quien atribuye el nombre de la plaza a un linaje menos rimbombante: un álamo que allí estaba plantado (y allí sigue, por cierto, el bisnieto o tataranieto de aquel árbol).

Cerca del Alamillo, unos cien metros al sur subiendo la ladera, está la plaza conocida por el dudoso nombre de La Paja, cerrada parcialmente en lo alto por la trasera de la Iglesia de San Andrés. Iglesia y aledaños que tienen una abigarrada historia isidril en la que no entraré. Pero sí me referiré a una casa que hubo en el lado oeste de esa plaza y que perteneció a los Laso de Castilla y más tarde a los Mendoza, quienes, entre otras cosas, eran Duques del Infantado. En esa casona se aposentaban los Reyes Católicos cuando venían a Madrid y también allí estuvo alojada su hija Juana en compañía de su esposo Habsburgo, el bien dotado y mujeriego Felipe, llamado El Hermoso. A la muerte de éste, en esa misma casa estuvo, como huésped, el Cardenal Jiménez de Cisneros y en ella se reunió con la Junta de los Grandes de Castilla. Cuando los nobles castellanos le preguntaron a Cisneros en qué poderes apoyaba su Gobierno, dicen que el Cardenal les hizo asomarse a los balcones y señalando a la Artillería y a las tropas allí estacionadas les dijo: "Ésos son mis poderes". Algo expeditivo estuvo el cura, me parece, pero habrá de reconocerse que no se anduvo con ambigüedades.

En dicha casa nacieron y murieron muchas nobles gentes, pero quizá el bautizo más sonado fue el de Rodrigo Hurtado de Mendoza, séptimo duque del Infantado, que tuvo lugar el3 de abril de 1614. Fue padrino de aquel bautizo el rey Felipe III, por ser el recién nacido nieto de Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma y valido del citado Rey. Pasados los años, el joven Rodrigo fue general de caballería en Cataluña, más tarde embajador en Roma y después capitán general y virrey en Sicilia (su paso por la isla no se le ha escapado al siempre atento Leonardo Sciascia). El duque volvió para morir -sin descendencia- en la misma casa en la que había nacido. Tenía a la hora de su muerte 43 años y había recorrido una carrera política y militar tan fulgurante como la de Napoleón, pero con menos méritos, pues a este Rodrigo le bastó para alcanzar tan altos galardones con llamarse como se llamaba.
Más méritos propios tuvo otro morador de la plaza: Don Ruy González de Clavijo, llamado el orador por
la facilidad que tenía con el verbo. Este don Ruy, al inicio del siglo XV, agarró el hato y la media manta y se fue en derechura hasta Samarcanda, para cumplimentar de parte de Enrique IIl de Castilla al Timur-Lenk, más conocido como Tamorlán, siendo el primer europeo en llegar hasta allí. A su vuelta publicó un libro bien curioso de título interminable'.

La expedición partió del Puerto de Santa Puría el 22 de mayo de 1403. Baleares, Córcega, Sicilia, Pulta, Grecia, Estambul... Samarcanda fue el recorrido. Clavijo y los suyos regresaron a Pudrid el 24 de mayo de 1406. Aquí murió Clavijo en 1412. La casa de Clavijo en la plaza de la Paja acabó por pasar a manos de la familia Vargas, célebre por su riqueza y su influencia ("averígüelo Vargas"). Esta acaudalada familia fue propietaria también de la Casa de Campo hasta que le vendieron esa finca a Felipe II.

El año pasado, un grupo de esforzados madrileños se decidió a emular el viaje de Clavijo y, no sin dificultades, lo consiguió. Entre estos madrileños que impulsaron e integraron esa expedición se encontraba Antonio Miguel Carmona, hijo de esta villa, que también pasará a la Historia por ser, de entre todos los políticos españoles, el único que dimitió de su cargo, renunciando a su escaño en la Asamblea de Pudrid, a causa del desastre del petrolero Prestige y esa renuncia no deja de ser historiable, pues hechos tan paradójicos y tan propios del libro Guiness sólo pueden ocurrir por estos pagos y merecen un breve comentario.

Como es sabido, el buque Prestige soltó miles de toneladas de petróleo sobre las costas atlánticas gallegas y otras vecinas del Cantábrico, llegando la marea negra hasta Francia. Por lo que entonces se supo -y se ha visto confirmado después-, las decisiones tomadas por los (i)responsables políticos (a algunos de ellos el naufragio los cogió cazando) fueron tardías y erróneas. Las pérdidas en los litorales y el escándalo fueron mayúsculos, pero no hubo un solo político -desde Aznar hasta Fraga, pasando por Álvarez Cascos y tantos otros- del Gobierno central ni de la Xunta de Galicia que dimitiera de su cargo. El que sí dimitió fue Antonio Miguel Carmona, un diputado madrileño y, además, socialista.

¿Por qué? se preguntará el amable lector. Porque contó un chiste en una reunión privada y la broma –quizá algo pesada- fue grabada en una cinta, se hizo pública y no le gustó nada al mando socialista que, sobreactuando, le pidió la dimisión. Así se escribe (y se hace) la Historia. Aunque –para decirlo todo- conviene recordar a este propósito unas palabras del ya citado Napoleón Bonaparte: "Pul futuro le espera a un ejército que deja en la cuneta a sus heridos".

Pero volvamos a lo nuestro, a ese trozo de Madrid que, aparte de su larga historia, tiene una apreciable evocación literaria, sobre todo por la parte que le toca al más madrileño de los novelistas, me refiero al canario Benito Pérez Galdós, quien dedicó muchas y muy hermosas páginas a glosar estas populosas y populares calles.

Tomás es el propietario –junto a su hermano Luis– de una taberna, naturalmente, en la calle de las Tabernillas. El establecimiento lleva su nombre: Tomás. Allí se pueden degustar sabrosos aperitivos, buen vino y, a quien le guste, un vermut muy competente. Pero si usted, amable lector, quiere visitar esta singular taberna, debe tomar nota del horario que en ella figura: "Sólo laborables de 1 a 3 y de 8 a 9 y media (si el fútbol, el baloncesto o la depre del dueño lo permiten") (sic).

Pues bien, Tomás, que es hombre culto, se ha dedicado a rastrear las obras de don Benito y ha localizado casas y lugares citados por el novelista, aunque lo fueran en clave o de pasada. Como resultado, Tomás ha escrito un opúsculo que presta para su lectura a los clientes de su casa.

No lejos de allí, en la calle del Humilladero, han aposentado sus reales dos jóvenes emprendedores, los hermanos Roset Drews, hijos de español y de alemana. Hace años que abrieron una estupenda tienda de vinos, Vinomanía, y ahora se han hecho cargo en esa misma calle del restaurante Xentes. Pero lo más llamativo del caso es que uno de los hermanos, David, es el nuevo "fenómeno" del barrio, el joven al que tanto sus coetáneos como los más talludos de ambos sexos miran de frente -o de reojo- pero siempre con admiración y sana envidia. ¿Por qué? Por versatilidad y por talento.

David es catador de vinos y acaba de ganar un premio tras una cata a ciegas. Según nos contaba el otro día a un grupo de sorprendidos convecinos, la última prueba consistió en catar... y adivinar la bodega y la añada de un vino. Se trataba de un tinto chileno de Concha y Toro, cosecha de 1998.

Pero... ¿tú has estado alguna vez en Chile? –me atreví a preguntar–.
Nunca –contestó–.
—¿Y entonces? –insistí–.
Cuestión de olfato –concluyó–.

Y no acaba ahí la cosa, porque este "monstruo" acaba de ganar un premio en el hipódromo, montando a su caballo, equino cuyo nombre confundo en este instante.

No se acordará –me advirtió–, pero uno de los primeros premios que gané en el hipódromo me lo entregó usted.
¿Y cuántos años tenías? –pregunté–.
Me parece que acababa de cumplir los trece –precisó–.

(1) Historia del gran Tamorlan e itinerario y e narracion del viage y relacion de la embajada que Ruy Gonzalez de Clavija le hizo por mandado del muy poderoso señor Rey Don Henrique el Tercero de Castilla ; y un breve discurso fecho por Gonzalo Argote de Molina para mayor inteligencia deste libro. A que se ha añadido la vida del gran Tamorlan sacada de los comentarios que escribio Don García de Silva y Figueroa, de su embajada al rey de Tamorlán.

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