Justo Zambrana, autor de ‘El ciudadano
conforme’
ES NECESARIO MANTENER LA TRASCENDENCIA
El esoterismo ha sustituido a la religión
y a las ideologías, los dos expendedores de esperanza del hombre. Los problemas
que dominan la escena pública están ligados a los fundamentalismos y a las
identidades culturales, que desde el punto de vista de los valores representan
un mundo anterior a
la Ilustración. Mientras
,
las sociedades occidentales han renunciado a los ideales sucumbiendo a la
euforia de lo joven y lo nuevo. El filósofo, economista y actualmente
subsecretario de Defensa, Justo Zambrana, explica por qué y cómo ha llegado el
mundo del siglo XXI a lo que denomina la pérdida del relato en El ciudadano
conforme. Mística para la globalización (Taurus) y se pregunta si el motor
religioso y político que durante siglos han movido al hombre no pueden ser
reflexivamente asumidos como impulsos válidos hacia un mundo
diferente.
Por V. M.
—Hace poco aparecía publicado que Felipe
González, analizando la situación política actual, hablaba de la pérdida del
relato, un concepto suyo recogido en “El ciudadano conforme”. ¿De qué se
trata?
—El relato es el ordenamiento del mundo de
valores que te hace aspirar a otra situación. Dedico el primer capítulo a
explicar por qué en el mundo occidental se han perdido los relatos; me alegró
ver que Felipe González la estuviera analizando en sus análisis. Casi siempre la
humanidad ha tenido unos relatos cada vez más racionales pero siempre
necesarios; han sido los expendedores de esperanza. Históricamente, la gran
manufactura de relatos ha sido la religión. Llega
la Ilustración
y el relato, con
Hegel, Marx y otros, deja de ser religioso y pasa a ser histórico; se trata de
traer Dios a la tierra, de construir un futuro completamente diferente. Así
nacen las ideologías. Ahora se constata que ni Jesucristo ni Marx; no hay ya
expendedurías de esperanza porque los relatos han ido decayendo y se han
sustituido por un mercado de abalorios que responden a la misma necesidad. No
hay fábricas de relatos con una aceptación social plena, pero mientras tanto el
mundo está plagado de esoterismo, la gente necesita trascendencias y cuando no
las tiene articuladas socialmente las busca en otra parte. Y el mercado que está
a la que salta, enseguida lo comercializa. Pero, ¿por qué no sustituimos este
tipo de esoterismo por ideales? Lo que vengo a decir es que si han muerto las
ideologías, ¡viva el idealismo! La pérdida del relato tiene como causa un exceso
de crítica interna de la cultura occidental, que ha pretendido reducir todo a
unos límites de racionalidad tremenda. De hecho, la realidad se está
configurando de otra manera precisamente por esa tala permanente del
hipercriticismo. Es verdad que la razón no puede renunciar a su propia
autoexigencia, pero a ver si logramos recomponer la fuga por donde corresponde y
no con los libros o películas fantasiosos del nuevo mercado de
abalorios.
—Dice que el propósito del libro es
recuperar los horizontes de trascendencia para la acción política.
—El planteamiento es que si las ideologías
han dejado de tener vigencia, lo que no pueden dejar de tener vigencia son los
ideales. A los ideales, absolutamente irrenunciables y necesarios para encauzar
la acción del hombre, les llamo trascendencia. La trascendencia ha sido de dos
tipos; una en vertical, cuando se ha buscado a Dios, y otra en horizontal,
cuando se ha buscado el futuro. Ahora parece que tenemos que vivir aquí y ahora
y el único valor es el presente. Sabemos que en muchas cosas ésta es la mejor
época histórica que ha tenido la humanidad, pero sería ciego pensar que estamos
en lo ideal. Es necesario recuperar la capacidad crítica, por eso hablo de
mantener la trascendencia como la necesidad de querer otra cosa. Yo que no soy
creyente creo que la trascendencia religiosa, si se entiende como la búsqueda de
un ser absoluto y si se respetan los parámetros de comportamiento democrático,
también puede ser una fuente de comportamientos y de valores.
—Dice también que estamos experimentando
una regresión cultural.
—La palabra regresión la empleo con una
frase gráfica: “
la Edad
Media
circula por Internet”. Los problemas que están dominando
la escena pública, a menudo ligados a los fundamentalismos o a la gestión de la
identidad, representan, desde el punto de vista de los valores, un mundo
anterior al siglo XVIII, a
la Ilustración
y al devenir
histórico que desde entonces tuvo lugar. No deja de ser sorprendente que cuando
el mundo tecnológico está consiguiendo unos despliegues jamás imaginados, los
problemas políticos y sociales que acompañan a ese mundo hipertecnificado sean
los relativos a un mundo de valores que creíamos haber superado.
—¿Por qué el fundamentalismo se responde
con más fundamentalismo?
—El equilibrio que ha habido en las
democracias durante dos siglos entre el mercado, la economía y las instituciones
políticas parece estar roto. El desarrollo económico, la invasión de todas las
áreas de la realidad por parte del mercado, ha crecido mucho. En cambio las
instituciones, la articulación política y el mundo de valores que la acompañan
no ha crecido en la misma proporción, generando un desequilibrio que trato de
señalar en el libro. En este vértigo, puesto que los asideros ya no los dan las
ideologías, la gente echa mano de los asideros más irracionales que son los
fundamentalismos. Por si alguien tiene la tentación de pensar que el
fundamentalismo se produce en una cultura como la árabe, sepamos que del otro
lado también se están produciendo otros muchos, en concreto el fundamentalismo
de tipo cristiano en Estados Unidos.
—En el libro se detiene especialmente en
el sistema estadounidense.
—Porque lo que pasa en Estados Unidos
termina por pasar 20 años después en Europa. La democracia americana con un
sistema de partidos absolutamente descompuesto y dominado por el marketing de
mercado. Frente a lo que decían muchos clásicos como Adam Smith, la competencia
conduce a la excelencia, estamos viendo que en determinadas zonas la competencia
lleva a la degradación. El mercado se va adueñando de las relaciones humanas, de
las producciones culturales, de las instituciones... es una marea invasora a la
que posiblemente haya que poner diques.
—También habla de los
nacionalismos.
—En tanto que una tradición estabiliza la
identidad y une a los conciudadanos, es algo razonable. Ahora, en la medida en
que esa armazón y raíz que se busca, que muchas veces no tiene nada de racional,
se convierte en lo primero y va más allá de los valores que se deducen del
pensamiento racional del hombre, me parece una sinrazón.
—Lo joven y lo nuevo, ¿son una
religión?
—Sí para una parte del mundo; la otra
aterriza en los fundamentalismos. La parte rica, ese 20% de la humanidad que
puede sustituir la trascendencia por el cambio y que se dedica al consumo
permanente de bienes y experiencias, tiene como códigos de valores los
macroparques de ocio y consumo que rodean todas las urbes del mundo
desarrollado. En esa euforia que se convierte casi en una obligación, lo joven y
lo nuevo son dos valores que inundan la cultura actual. Hasta hace poco las
cosas cotizaban por ser duraderas. Ahora nacen con la fecha de obsolescencia
incorporada.
—¿El progreso ha muerto por
éxito?
—Sí, lo insinúo en el libro. Si a un
hombre ilustrado progresista de principios del XIX se le trae a la época actual,
seguramente vería mucho más de lo que hubiera podido concebir hace siglo y
medio. Sin embargo, ahora es cuando menos se cree en el progreso, ha dejado de
tener el valor inspirador y de atracción y, como dice Lipovetsky, ya nadie se
sacrifica para que llegue un gran día y parece que la palabra progresista tiene
una connotación evanescente.
—¿La política se decide en los
medios?
—Más que la decidan, se hace cada vez más
en los medios. El moderno foro son los medios de comunicación, donde lo personal
prima sobre lo colectivo, donde el mensaje simple prima sobre el mensaje
compuesto y articulado. Una serie de parámetros rigen el comportamiento de los
medios, que por otra parte también se supeditan al mercado. Con lo cual tenemos
una democracia muy condicionada por los circuitos de comunicación. De hecho, hay
comunicadores que pesan por 30 diputados a la hora de crear opinión pública, por
tanto a la hora de ejercer un poder sobre la democracia. Algo está pasando
cuando voto a un señor en función de lo que me informa otro. Y desde luego,
aunque ahora parece que las cosas se están abordando de inmediato, cuando los
asuntos políticos están ya decididos en el juego de la opinión pública antes de
que lleguen al Parlamento.
—El ministro Bono dice que el mundo iría
mejor si hubiese más mujeres militares. ¿También si hubiese más filósofos en
la
Defensa
?
—Hombre, yo no lo sé... Esto de unir la
realidad con las ideas siempre es bueno. Lo cierto es que el bagaje del libro sí
lo lleva uno en la cabeza a la hora de intentar la solución de los
problemas.