Hemeroteca Esta semana
Nº 689 - 3 de abril de 2006

Justo Zambrana, autor de ‘El ciudadano conforme’

ES NECESARIO MANTENER LA TRASCENDENCIA  

El esoterismo ha sustituido a la religión y a las ideologías, los dos expendedores de esperanza del hombre. Los problemas que dominan la escena pública están ligados a los fundamentalismos y a las identidades culturales, que desde el punto de vista de los valores representan un mundo anterior a la Ilustración. Mientras , las sociedades occidentales han renunciado a los ideales sucumbiendo a la euforia de lo joven y lo nuevo. El filósofo, economista y actualmente subsecretario de Defensa, Justo Zambrana, explica por qué y cómo ha llegado el mundo del siglo XXI a lo que denomina la pérdida del relato en El ciudadano conforme. Mística para la globalización (Taurus) y se pregunta si el motor religioso y político que durante siglos han movido al hombre no pueden ser reflexivamente asumidos como impulsos válidos hacia un mundo diferente.

Por V. M. 

—Hace poco aparecía publicado que Felipe González, analizando la situación política actual, hablaba de la pérdida del relato, un concepto suyo recogido en “El ciudadano conforme”. ¿De qué se trata?

—El relato es el ordenamiento del mundo de valores que te hace aspirar a otra situación. Dedico el primer capítulo a explicar por qué en el mundo occidental se han perdido los relatos; me alegró ver que Felipe González la estuviera analizando en sus análisis. Casi siempre la humanidad ha tenido unos relatos cada vez más racionales pero siempre necesarios; han sido los expendedores de esperanza. Históricamente, la gran manufactura de relatos ha sido la religión. Llega la Ilustración y el relato, con Hegel, Marx y otros, deja de ser religioso y pasa a ser histórico; se trata de traer Dios a la tierra, de construir un futuro completamente diferente. Así nacen las ideologías. Ahora se constata que ni Jesucristo ni Marx; no hay ya expendedurías de esperanza porque los relatos han ido decayendo y se han sustituido por un mercado de abalorios que responden a la misma necesidad. No hay fábricas de relatos con una aceptación social plena, pero mientras tanto el mundo está plagado de esoterismo, la gente necesita trascendencias y cuando no las tiene articuladas socialmente las busca en otra parte. Y el mercado que está a la que salta, enseguida lo comercializa. Pero, ¿por qué no sustituimos este tipo de esoterismo por ideales? Lo que vengo a decir es que si han muerto las ideologías, ¡viva el idealismo! La pérdida del relato tiene como causa un exceso de crítica interna de la cultura occidental, que ha pretendido reducir todo a unos límites de racionalidad tremenda. De hecho, la realidad se está configurando de otra manera precisamente por esa tala permanente del hipercriticismo. Es verdad que la razón no puede renunciar a su propia autoexigencia, pero a ver si logramos recomponer la fuga por donde corresponde y no con los libros o películas fantasiosos del nuevo mercado de abalorios.

—Dice que el propósito del libro es recuperar los horizontes de trascendencia para la acción política.

—El planteamiento es que si las ideologías han dejado de tener vigencia, lo que no pueden dejar de tener vigencia son los ideales. A los ideales, absolutamente irrenunciables y necesarios para encauzar la acción del hombre, les llamo trascendencia. La trascendencia ha sido de dos tipos; una en vertical, cuando se ha buscado a Dios, y otra en horizontal, cuando se ha buscado el futuro. Ahora parece que tenemos que vivir aquí y ahora y el único valor es el presente. Sabemos que en muchas cosas ésta es la mejor época histórica que ha tenido la humanidad, pero sería ciego pensar que estamos en lo ideal. Es necesario recuperar la capacidad crítica, por eso hablo de mantener la trascendencia como la necesidad de querer otra cosa. Yo que no soy creyente creo que la trascendencia religiosa, si se entiende como la búsqueda de un ser absoluto y si se respetan los parámetros de comportamiento democrático, también puede ser una fuente de comportamientos y de valores.

—Dice también que estamos experimentando una regresión cultural. 

—La palabra regresión la empleo con una frase gráfica: “ la Edad Media circula por Internet”. Los problemas que están dominando la escena pública, a menudo ligados a los fundamentalismos o a la gestión de la identidad, representan, desde el punto de vista de los valores, un mundo anterior al siglo XVIII, a la Ilustración y al devenir histórico que desde entonces tuvo lugar. No deja de ser sorprendente que cuando el mundo tecnológico está consiguiendo unos despliegues jamás imaginados, los problemas políticos y sociales que acompañan a ese mundo hipertecnificado sean los relativos a un mundo de valores que creíamos haber superado.

—¿Por qué el fundamentalismo se responde con más fundamentalismo?

—El equilibrio que ha habido en las democracias durante dos siglos entre el mercado, la economía y las instituciones políticas parece estar roto. El desarrollo económico, la invasión de todas las áreas de la realidad por parte del mercado, ha crecido mucho. En cambio las instituciones, la articulación política y el mundo de valores que la acompañan no ha crecido en la misma proporción, generando un desequilibrio que trato de señalar en el libro. En este vértigo, puesto que los asideros ya no los dan las ideologías, la gente echa mano de los asideros más irracionales que son los fundamentalismos. Por si alguien tiene la tentación de pensar que el fundamentalismo se produce en una cultura como la árabe, sepamos que del otro lado también se están produciendo otros muchos, en concreto el fundamentalismo de tipo cristiano en Estados Unidos.

—En el libro se detiene especialmente en el sistema estadounidense.

—Porque lo que pasa en Estados Unidos termina por pasar 20 años después en Europa. La democracia americana con un sistema de partidos absolutamente descompuesto y dominado por el marketing de mercado. Frente a lo que decían muchos clásicos como Adam Smith, la competencia conduce a la excelencia, estamos viendo que en determinadas zonas la competencia lleva a la degradación. El mercado se va adueñando de las relaciones humanas, de las producciones culturales, de las instituciones... es una marea invasora a la que posiblemente haya que poner diques.

—También habla de los nacionalismos.

—En tanto que una tradición estabiliza la identidad y une a los conciudadanos, es algo razonable. Ahora, en la medida en que esa armazón y raíz que se busca, que muchas veces no tiene nada de racional, se convierte en lo primero y va más allá de los valores que se deducen del pensamiento racional del hombre, me parece una sinrazón.

—Lo joven y lo nuevo, ¿son una religión?

—Sí para una parte del mundo; la otra aterriza en los fundamentalismos. La parte rica, ese 20% de la humanidad que puede sustituir la trascendencia por el cambio y que se dedica al consumo permanente de bienes y experiencias, tiene como códigos de valores los macroparques de ocio y consumo que rodean todas las urbes del mundo desarrollado. En esa euforia que se convierte casi en una obligación, lo joven y lo nuevo son dos valores que inundan la cultura actual. Hasta hace poco las cosas cotizaban por ser duraderas. Ahora nacen con la fecha de obsolescencia incorporada.

—¿El progreso ha muerto por éxito?

—Sí, lo insinúo en el libro. Si a un hombre ilustrado progresista de principios del XIX se le trae a la época actual, seguramente vería mucho más de lo que hubiera podido concebir hace siglo y medio. Sin embargo, ahora es cuando menos se cree en el progreso, ha dejado de tener el valor inspirador y de atracción y, como dice Lipovetsky, ya nadie se sacrifica para que llegue un gran día y parece que la palabra progresista tiene una connotación evanescente.

—¿La política se decide en los medios?

—Más que la decidan, se hace cada vez más en los medios. El moderno foro son los medios de comunicación, donde lo personal prima sobre lo colectivo, donde el mensaje simple prima sobre el mensaje compuesto y articulado. Una serie de parámetros rigen el comportamiento de los medios, que por otra parte también se supeditan al mercado. Con lo cual tenemos una democracia muy condicionada por los circuitos de comunicación. De hecho, hay comunicadores que pesan por 30 diputados a la hora de crear opinión pública, por tanto a la hora de ejercer un poder sobre la democracia. Algo está pasando cuando voto a un señor en función de lo que me informa otro. Y desde luego, aunque ahora parece que las cosas se están abordando de inmediato, cuando los asuntos políticos están ya decididos en el juego de la opinión pública antes de que lleguen al Parlamento.

—El ministro Bono dice que el mundo iría mejor si hubiese más mujeres militares. ¿También si hubiese más filósofos en la Defensa ?

—Hombre, yo no lo sé... Esto de unir la realidad con las ideas siempre es bueno. Lo cierto es que el bagaje del libro sí lo lleva uno en la cabeza a la hora de intentar la solución de los problemas.

Hemeroteca Esta semana