Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 689
3/4/2006

Paraíso marbellí

  Hay corrupciones que todo el mundo conoce, corrupciones  entrañables, tan nuestras que no las vemos. La corrupción marbellí se extiende desde el extinto Jesús Gil hasta nuestros días, cuando otro GIL, con mayúsculas aunque sin tanta oronda humanidad, se ha convertido en las siglas de un partido organizado para prevaricar. La Junta de Andalucía tardó lo suyo en reaccionar, quizás porque entre los implicados en la gran melé se encontraba la socialista Isabel García Marcos, perseguidora implacable de la Gran Corrupción y que ahora en la Corrupción Permanente es la segunda de a bordo y quizás la inspiradora intelectual de la alcaldesa, Marisol Yagüe, en su calidad de primer teniente de alcalde de la ciudad y gerente de Puerto Banús, el escaparate del pijerío internacional. La Junta tardó pero finalmente desposeyó al ayuntamiento de sus atribuciones urbanísticas. Fue tardía y se quedó corta pues debería haber excitado el celo de la justicia para que se depuraran responsabilidades penales.

Ahora ha sido un juez, Miguel Ángel Torres, estimulado por la Fiscalía Anticorrupción , quien ha excitado su propio celo, que en este caso se puede llamar vergüenza torera,  para investigar ese nido de corrupción que es la Alcaldía de Marbella que, entre otras irregularidades, ha autorizado la construcción de 30.000 viviendas ilegales. El juez ha montado un operativo de cine y le ha puesto nombre de película: Operación Malaya, movilizando a un comando policial que irrumpió por sorpresa en el Ayuntamiento para llevarse los papeles incriminatorios y detener a la alcaldesa, Marisol Yagüe, y a cinco responsables del Consistorio a los que imputó delitos de prevaricación y maquinación para alterar el precio de las cosas, y que se unen a los once concejales, del gobierno y de la oposición, ya imputados. 

La glamurosa ciudad malagueña es el símbolo del pelotazo inmobiliario, refugio de las mafias del mundo entero y paradigma de la dolce vita y de la permisividad extrema. Es el refugio de los magnates árabes del petróleo, de la mafia rusa y países ex satélites y de los capos de la droga del universo. Si no hay permisividad no hay mafia y Marbella se había convertido en un paraíso fiscal y de los otros. No tenía el estatus legal que ostentan Las Bahamas, Panamá, las islas del Canal o Gibraltar pero era un paraíso de la evasión por la vía de la vista gorda. La fama universal de Marbella, el que no tiene una casa allí no es nadie, no era muy respetable, sino una muestra de que nuestro país seguía teniendo un algo de paraíso bananero.

Más allá del espectáculo marbellí, el Gobierno debería tomarse en serio la corrupción del ladrillo. Sabemos que todo el proceso de recalificaciones, urbanización, promoción, construcción y venta genera un rastro de corrupciones, pero no podemos resignarnos a que la corrupción sea inseparable de este sector que es la punta de lanza del crecimiento del PIB. Esperemos que Marbella haya sido el aldabonazo necesario para una Administración que había tirado la toalla demasiado pronto. Hay que converger con Europa pero también en los niveles de fraude. Luis Pedroche, director de la Agencia Tributaria , está empeñado en ello. Su objetivo es reducir el fraude a menos de la mitad, pasando del 25 por ciento en que se estima la defraudación fiscal en España al 10 o 12 por ciento de la media europea. Concluida la reformita fiscal de Pedro Solbes, el ministro podría ponerse manos a la obra para aflorar economías sumergidas.

No es tarea fácil en una economía movilizada por el ladrillo, un sector opaco en el que muchas operaciones se cierran en negro y donde los beneficios empresariales se consiguen a veces gracias a recalificaciones del suelo que propician las corrupciones, y a todo un proceso que va dejando estelas de dinero sin control en sus distintas fases: urbanización, promoción, construcción y venta.

No es de extrañar  que el 27 por cien de los billetes de 500 euros, los llamados Bin Laden porque todo el mundo habla de ellos y nadie los ha visto, circulen en España, que no es el 27 por ciento de la Union Europea y a la que sólo supera Alemania. Antes un millón de pesetas en billetes de mil pesaban un kilo, aproximadamente, que terminó dando nombre a dicha cantidad. Ahora, un kilo de euros son unos 73 millones de las antiguas pesetas y un millón de pesetas necesitan sólo doce billetes de 500 euros. Estas son las cuentas que realizaba la semana pasada Ana Sánchez Arjona en el semanario El Nuevo Lunes en un interesante reportaje en el que se destacaba que el dinero negro ha alcanzado en España un record histórico.

José García Abad

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