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Paraíso marbellí
Hay corrupciones que todo el mundo conoce,
corrupciones entrañables, tan
nuestras que no las vemos. La corrupción marbellí se extiende desde el extinto
Jesús Gil hasta nuestros días, cuando otro GIL, con mayúsculas aunque sin tanta
oronda humanidad, se ha convertido en las siglas de un partido organizado para
prevaricar.
La
Junta
de Andalucía tardó lo suyo en reaccionar, quizás porque
entre los implicados en la gran melé se encontraba la socialista Isabel García
Marcos, perseguidora implacable de
la Gran Corrupción
y que ahora
en
la Corrupción
Permanente
es la segunda de a bordo y quizás la inspiradora
intelectual de la alcaldesa, Marisol Yagüe, en su calidad de primer teniente de
alcalde de la ciudad y gerente de Puerto Banús, el escaparate del pijerío
internacional.
La
Junta
tardó pero finalmente desposeyó al ayuntamiento de sus
atribuciones urbanísticas. Fue tardía y se quedó corta pues debería haber
excitado el celo de la justicia para que se depuraran responsabilidades
penales.
Ahora ha sido un juez, Miguel Ángel
Torres, estimulado por
la Fiscalía
Anticorrupción
, quien ha excitado su propio celo, que en este
caso se puede llamar vergüenza torera, para investigar ese nido de corrupción que es
la Alcaldía
de Marbella que, entre
otras irregularidades, ha autorizado la construcción de 30.000 viviendas
ilegales. El juez ha montado un operativo de cine y le ha puesto nombre de
película: Operación Malaya, movilizando a un comando policial que irrumpió por
sorpresa en el Ayuntamiento para llevarse los papeles incriminatorios y detener
a la alcaldesa, Marisol Yagüe, y a cinco responsables del Consistorio a los que
imputó delitos de prevaricación y maquinación para alterar el precio de las
cosas, y que se unen a los once concejales, del gobierno y de la oposición, ya
imputados.
La glamurosa ciudad malagueña es el
símbolo del pelotazo inmobiliario, refugio de las mafias del mundo entero y
paradigma de la dolce vita y de la permisividad extrema. Es el refugio de los
magnates árabes del petróleo, de la mafia rusa y países ex satélites y de los
capos de la droga del universo. Si no hay permisividad no hay mafia y Marbella
se había convertido en un paraíso fiscal y de los otros. No tenía el estatus
legal que ostentan Las Bahamas, Panamá, las islas del Canal o Gibraltar pero era
un paraíso de la evasión por la vía de la vista gorda. La fama universal de
Marbella, el que no tiene una casa allí no es nadie, no era muy respetable, sino
una muestra de que nuestro país seguía teniendo un algo de paraíso bananero.
Más allá del espectáculo marbellí, el
Gobierno debería tomarse en serio la corrupción del ladrillo. Sabemos que todo
el proceso de recalificaciones, urbanización, promoción, construcción y venta
genera un rastro de corrupciones, pero no podemos resignarnos a que la
corrupción sea inseparable de este sector que es la punta de lanza del
crecimiento del PIB. Esperemos que Marbella haya sido el aldabonazo necesario
para una Administración que había tirado la toalla demasiado pronto. Hay que
converger con Europa pero también en los niveles de fraude. Luis Pedroche,
director de
la
Agencia Tributaria
, está empeñado en ello. Su objetivo es
reducir el fraude a menos de la mitad, pasando del 25 por ciento en que se
estima la defraudación fiscal en España al 10 o 12 por ciento de la media
europea. Concluida la reformita fiscal de Pedro Solbes, el ministro podría
ponerse manos a la obra para aflorar economías sumergidas.
No es tarea fácil en una economía
movilizada por el ladrillo, un sector opaco en el que muchas operaciones se
cierran en negro y donde los beneficios empresariales se consiguen a veces
gracias a recalificaciones del suelo que propician las corrupciones, y a todo un
proceso que va dejando estelas de dinero sin control en sus distintas fases:
urbanización, promoción, construcción y venta.
No es de extrañar que el 27 por cien de los billetes de
500 euros, los llamados Bin Laden porque todo el mundo habla de ellos y nadie
los ha visto, circulen en España, que no es el 27 por ciento de
la Union Europea
y a la
que sólo supera Alemania. Antes un millón de pesetas en billetes de mil pesaban
un kilo, aproximadamente, que terminó dando nombre a dicha cantidad. Ahora, un
kilo de euros son unos 73 millones de las antiguas pesetas y un millón de
pesetas necesitan sólo doce billetes de 500 euros. Estas son las cuentas que
realizaba la semana pasada Ana Sánchez Arjona en el semanario El Nuevo Lunes en
un interesante reportaje en el que se destacaba que el dinero negro ha alcanzado
en España un record histórico.
José García Abad
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