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Nº 688 - 27 de marzo de 2006

El fracaso de la invasión de Iraq

por Santiago Carrillo

Tres años después de comenzada la invasión de Iraq, la guerra sigue. Y además se ha complicado al provocar una doble guerra, la civil. ¡Un desastre mayúsculo! Bush, con un nivel de desaprobación popular alcanzado antes que por él solo por Nixon, sigue no obstante insistiendo en considerarla un acierto. Atención: el grupo que encabeza el actual presidente está pensando en salir del pantano en que se ha metido con una fuga hacia delante todavía más loca: atacar militarmente a Irán, si consigue implicar en la aventura al conjunto de Occidente. Es decir, Bush está dispuesto a repetir la leyenda de Sansón: hundirse, hundiendo a la vez el templo, o sea, el precario orden mundial con una guerra entre civilizaciones

El dominio del petróleo ha provocado ya numerosas catástrofes en este mundo; pero la que, en su extravío, posiblemente está premeditando Bush sería la más espantosa que pueda imaginarse.

Tres años después se ha demostrado hasta la saciedad que la invasión de Iraq fue el disparate más grande de esta época. En vez de la democracia a este país le ha llevado la muerte, la destrucción y la guerra civil. Fue provocada con una mentira deliberada: la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Sadam. Y su desencadenamiento, firmado en las Azores por tres personajes concretos: Bush, Blair y Aznar, la suerte de los cuales debería ser el ostracismo político más absoluto. Para Blair parece que la suerte está echada y que se anuncia su abandono de Downing Street; con él podría ser enterrado un espejismo: el nuevo laborismo. Por su parte, Bush según los sondeos va camino de lo mismo. El único que intenta aprovechar su retirada aparente para lavarse las manos y seguir estando en la política por persona interpuesta es José María Aznar.

Mucha gente se plantea hoy cómo salir del pantano en que nos han metido Bush y sus amigos. Y, efectivamente, la salida es complicada. Porque quizá la única sea la evacuación de Iraq por las tropas ocupantes. Pero eso sería igual que reconocer el fracaso de los EE UU como superpotencia dirigente del mundo actual, y aunque la experiencia fundamental del desastre de Iraq sea que el mundo de hoy sigue siendo multipolar y que ninguna potencia, por fuerte que sea, puede abrogarse el monopolio de su dirección, los actuales dirigentes norteamericanos se resisten a encajar la derrota de sus desvaríos.

Los gobernantes norteamericanos actuales se niegan estúpidamente a aprender la lección vietnamita. También en Vietnam, años antes del final, fue claro que aquella guerra no se podía ganar. Y, sin embargo, se empeñaron, prisioneros de la trampa que ellos mismos se habían preparado. Y lo que hubiera podido ser una retirada ordenada se convirtió en un vergonzoso y auténtico "sálvese el que pueda".

A estas alturas, cada día es más difícil una posible solución de la que se ha hablado alguna vez: la sustitución de las tropas ocupantes por Ejércitos árabes que posibiliten la creación más sólida de estructuras de poder -un nuevo Estado iraquí- en un período transitorio. Porque esto podría ser peligroso para el poder impuesto en estos países por oligarquías, en definitiva dependientes del imperialismo occidental. El equilibrio inestable que disfrutan hoy esas oligarquías podría venirse abajo. En definitiva, cada vez es más claro que el desaguisado provocado en toda la zona por la invasión es de difícil solución. Y como la fuga adelante en la que piensa el clan Bush es inaceptable, las salidas no son muchas. Los EE UU deberán salir de Iraq y cuanto más tarden en hacerlo, peor.

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