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Presumen, sí,
de patriotas pero...
El magistrado Fernando Grande-Marlaska lleva camino de convertirse en un nuevo juez estrella. La Audiencia Nacional es una buena cantera de notoriedad para algunos de sus componentes. El hasta hace bien poco fiscal jefe de la misma, Eduardo Fungairiño, ya se ha instalado en la leyenda que -para muchos conocedores de los entresijos del personaje y de su trayectoria- es sin duda negra. Pero, en todo caso, formar parte de la leyenda -que es un concepto tan etéreo como atractivo-viene a ser como entrar en la historia, aunque ésta pueda no ser con mayúsculas. En la historia ya se hallan Baltasar Garzón o Javier Gómez de Lidio, éste con una sentencia condenatoria del Tribunal Supremo. Ambos fueron amigos antaño y, más tarde, adversarios irreconciliables.
El juez que más se ha acercado al estrellato ha sido Garzón. Sobre él se han escrito numerosos panegíricos y hasta un libro apologético de Pilar Urbano, titulado con ribetes legendarios: "El hombre que veía amanecer". Otro libro circula, sin embargo, en el que Garzón no aparece precisamente como el bueno de la película, sino todo lo contrario. Según ese libro Garzón estaría ubicado más cerca de la ruindad que de la heroicidad. Me refiero a "La conspiración. El último atentado de los GAL", escrito por José Amedo, ex subcomisario de Policía, condenado por su vinculación a los GAL. Su comportamiento como magistrado de la Audiencia Nacional –conforme a la versión mencionada que, por otra parte, confirma hechos ya narrados periodísticamente con anterioridad-pudo ser todo salvo modélico.
O sea, que detrás de los encumbramientos de algunos jueces o fiscales se esconden a veces episodios oscuros, incluso siniestros, que revelarían móviles escasamente nobles y ,ciertamente, muy ale-jados de los bellos ideales de la Justicia. Es probable y deseable que el juez revelación de esta temporada, Grande-Marlaska, no incurra en semejantes vicios y que su hiperactividad profesional contra, por ejemplo, Arnaldo Otegi, Juan María Olano, ex portavoz de las Gestoras pro Amnistía o Díaz Usabiaga, líder del sindicato LAB obedezca estrictamente a la lógica de la legislación vigente. Dura lex sed lex, puede pensar Marlaska. La ley es dura pero la ley debe en efecto cumplirse. No siempre, sin embargo, es así.
Ocurre que todas las leyes pueden ser interpretadas, y de hecho lo son, de modo más o menos severo o aplicadas con mayor o menor diligencia. Cuando conviene, incluso se cambia sobre la marcha la doctrina vigente, tal como ha hecho en estas últimas semanas el Tribunal Supremo –no sin provocar un cierto asombro y no poco pavor- respecto a la duración real de las penas impuestas a etarras como Henri Parot. Existe, por consiguiente, la sospecha o el temor de que la actuación de determinados jueces y fiscales pretende, so capa de acatar escrupulosamente el Código Penal, entorpecer el proceso de paz en Euskadi que propicia José Luis Rodríguez Zapatero.
Aparte del ámbito de la judicatura, lo cierto es que, entre otros, algunos políticos de gran influencia, como los que integran la cúpula del PP, ciertos obispos, abundantes periodistas próximos a Génova, mandos del Ejército o el presidente de la CEOE, José María Cuevas, por supuesto, vienen dedicándose, con gran fervor y perseverancia, a poner palos en las ruedas de la paz de modo que se trunquen abruptamente las esperanzas de terminar con ETA. Presumen, sí, de patriotas pero muchos de ellos entre que la derecha vuelva a la Moncloa o el fin de ETA escogen el palacio presidencial.
Enric Sopena
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